Novia Fugitiva

Capítulo 32 El peso del silencio

—¿Dónde estás? —susurré, colgando la llamada por tercera vez. No quería parecer una novia controladora, pero Aron siempre dejaba un mensaje; por más ocupado que estuviera, siempre encontraba el momento. Y ahora, el silencio del otro lado era absoluto.

​Leo me había dicho antes de ir a dormir que seguramente se habría ido de fiesta con Artes, pero no entendía por qué no contestaba. No podía evitar sentir esa opresión en mi pecho, una sensación punzante de que algo no estaba bien.

​—Te estás volviendo loca —me dije a mí misma en voz baja, acariciándome la sien para calmar la ansiedad.

​Necesitaba dormir, ya eran las 2 am. Hoy regresaríamos a Nueva York y el cansancio acumulado empezaba a pasarme factura. Me había levantado de la cama para no despertar a Diana, buscando un poco de aire o agua en la cocina de la posada.

​Solté un suspiro largo, apretando el teléfono contra mi pecho mientras me disponía a salir de la cocina. Al darme la vuelta, el corazón me dio un vuelco al ver a Max de pie, justo detrás de mí.

​—Te asusté —dijo con una sonrisa, cruzándose de brazos mientras me bloqueaba sutilmente el paso.

​—Sí —respondí, llevando una mano a mi corazón que latía desbocado—. ¿No te enseñaron a no quedarte mirando a las personas en la oscuridad sin decir nada? —me quejé, tratando de recuperar la compostura.

​—Me dijeron que no hablara con desconocidos, pero nunca escuché que me dijeran que no mirara a una chica linda mientras está distraída —respondió encogiéndose de hombros, con una naturalidad que me descolocó, mientras terminaba de entrar a la cocina.

​—Pensé que ya habías superado eso —dije alzando las cejas, recordándole los límites.

​Max rió, pero no respondió. Se movió por el espacio con confianza, abrió la nevera y sacó una botella de agua. Luego, se sentó frente a mí en la isla de la cocina, mirándome con una atención que me resultaba demasiado pesada.

​—¿Qué haces despierta?

​—¿Tú qué haces despierto? —le devolví la pregunta. Él arqueó una ceja y negó con diversión.

​—Tenía sed y bajé por agua, pero imagina mi sorpresa cuando te encuentro aquí, resoplando en la oscuridad.

​—No podía dormir —respondí sin entrar en detalles.

​—¿Preocupada por el novio famoso? —soltó en tono burlón. Rodé los ojos con fastidio.

​—Definitivamente no voy a hablar de eso contigo.

​—Tema sensible, ¿eh? —añadió con esa sonrisa arrogante que parecía ser su uniforme de trabajo.

​Me levanté del banco, decidida a terminar el encuentro, y él me imitó de inmediato, poniéndose de pie también.

​—Lo siento, ya no diré nada de tu novio famoso —dijo levantando las manos en señal de rendición, aunque la burla seguía en sus ojos.

​—Igual debería irme a la cama. Ya es tarde y saldremos temprano.

​—¿Estás huyendo de mí, Collins? —preguntó con una chispa de diversión.

​—¿Estoy en alguna posición de peligro aquí? —le pregunté, desafiándolo. Su sonrisa se ensanchó.

​—Tal vez —respondió sin dejar de sostenerme la mirada—. Pero tranquila, pienso portarme bien esta noche.

​—¿Debo sentirme aliviada? —arqueé las cejas y él asintió.

​—Solo por esta vez.

​—Solo por esta vez —repetí, negando con la cabeza mientras me alejaba del banco—. Buenas noches, Max.

​Él me sonrió de lado, apoyado contra la encimera.

—Buenas noches, Collins.

​Salí de la cocina bajo su atenta mirada. Me esforcé por caminar con paso firme, sin demostrarle que su presencia me ponía nerviosa. Mientras subía las escaleras hacia mi habitación, me di cuenta con un rastro de culpa de que Max había logrado que me relajara y olvidara, al menos por un momento, mi preocupación por Aron.

​Entré en la habitación y, antes de acostarme, le dejé un último mensaje a Aron. Cerré los ojos y me obligué a dormir, esperando que, al despertar por la mañana, por fin tuviera una señal de vida en mi teléfono.

​Me desperté con el sonido de un murmullo constante. Mis párpados pesaban toneladas y no quería levantarme, pero el cuchicheo no paraba; se filtraba en mis oídos como un zumbido persistente que no me dejaba volver al sueño.

​Al principio, no podía entender bien qué decían. En ese momento, mi cuerpo solo pedía a gritos seguir durmiendo, pero las voces seguían ahí, parloteando de manera rápida y nerviosa. Había una urgencia en el tono que me hizo darme cuenta de que no era una charla matutina normal. Era un murmullo cargado de tensión que cortaba el silencio de la habitación.

​Poco a poco, la consciencia empezó a ganarle la batalla al cansancio, y el presentimiento que me había llevado a la cama la noche anterior regresó con fuerza, golpeándome en el pecho.

​—Hay que decirle —pude entender esta vez. La voz de Mara sonaba cargada de una preocupación que me heló la sangre.

​—¿Y si mejor esperamos hasta llegar a Nueva York? —esta vez, la voz clara de Diana me puso en alerta máxima.

​—No podemos esperar. Además, ¿crees que no se dará cuenta? —insistió Mara.

​—Podemos esconderle el teléfono —respondió Diana con desesperación.

​Al escuchar la mención de esconder mi móvil, supe que algo realmente grave estaba pasando. El cansancio desapareció de golpe, reemplazado por una descarga de adrenalina. Rápidamente, estiré la mano hacia la mesa de noche, agarré mi móvil y lo desbloqueé antes de que pudieran reaccionar.

​—¡Nooo! —el grito de Diana me asustó mientras yo salía de mi escondite entre las sábanas.

​—¡Phoebe, espera! —suplicó Mara, acercándose a la cama.

​Pero las ignoré. Mis ojos se clavaron en la pantalla. Tenía una avalancha de notificaciones: decenas de mensajes de números desconocidos y una lista interminable de llamadas perdidas de mis padres, de mi hermano, y de un número que no tenía registrado.

​Sentí un jalón repentino; Diana me había arrebatado el teléfono, tratando de evitar que viera más. La miré sin entender nada, sintiendo cómo el corazón me golpeaba con violencia contra las costillas.




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