—Ve el lado positivo, Phoebe —dijo Mara mientras me miraba con los ojos chispeantes de emoción—. ¡Estás viviendo con el mismísimo Aron Davis! —chilló, agitando las manos en el aire.
Rodé los ojos, aunque una pequeña sonrisa delataba que no me era indiferente, mientras Andreas soltaba una carcajada a mi lado mientras abría una bolsa de patatas.
—Te recuerdo, Mara, que la fan de Neon Ghost eres tú, no yo —le solté, tratando de mantener mi postura de "chica difícil de impresionar".
—¡Auch, Phoebe! Eso dolió —Andreas se agarró el pecho con fingida agonía y Mara soltó una risita—. Además, te recuerdo que, como novia de Aron, automáticamente te conviertes en la presidenta del club de fans. No solo de él, sino de toda esta gloriosa banda. Es una ley.
—No recuerdo haber visto esa cláusula en mi contrato —bromé, apoyándome en la encimera de mármol.
—Eso te pasa por no leer la letra pequeña, pelirroja —dijo Andreas guiñándome un ojo antes de meterse un puñado de patatas a la boca.
—Pensé que estarías dando saltos de alegría por quedarte con Aron—insistió Mara, ignorando a Andreas—. Ya sabes, es tu novio... un novio increíblemente sexy, un nvio increíblemente sexy con la voz de un Dios... —Mara empezó a parlotear, casi babeando con su espíritu de fan poseyéndola por completo mientras señalaba lo perfecto que era Aron.
Andreas y yo intercambiamos una mirada de complicidad y negamos con la cabeza entre risas, divertidos por sus delirios. Estábamos en la cocina de Aron preparando algunos snacks para el grupo. Mientras tanto, Aron, Leo, Mikos, Kai y Julián terminaban de subir las últimas cajas de mi apartamento.
Todavía me sentía en una especie de sueño extraño al saber que, a partir de hoy, este penthouse sería mi hogar por ahora. Para mi sorpresa, Víctor no solo estuvo de acuerdo, sino que casi pareció aliviado con la mudanza; supongo que tenernos bajo el mismo techo le facilitaba el trabajo de seguridad. Habíamos pasado todo el mediodía empacando mi vida en cajas, y los chicos se habían volcado a ayudar con una energía que me recordaba por qué, a pesar de la fama, seguían siendo un grupo de amigos muy unidos.
—Es bastante descarado de tu parte babear por otro hombre con tu novio presente, ¿no crees? —soltó Leo divertido, entrando en la cocina con el pelo revuelto y los brazos cargados de cables. Dejó las cosas a un lado para abrazar a Mara por la espalda. Ella se puso tensa y se sonrojó al instante, delatada por su propia emoción.
—Yo... yo no estaba... —trató de articular, pero la vergüenza le ganó la partida, haciéndola esconder el rostro.
Leo soltó una carcajada profunda y dejó un beso tierno en su mejilla antes de apartarse un poco, aunque manteniendo una mano en su cintura.
—Tienes suerte de que te ves demasiado adorable cuando entras en "modo fan" de Neo. Es imposible ponerme celoso de mis propios amigos —dijo Leo, acariciando su cabello con una ternura que me hizo sonreír.
Sin embargo, no la soltó. Noté cómo su expresión juguetona se transformaba en algo más denso, casi magnético. Le guiñó un ojo con esa picardía suya, pero sus ojos se oscurecieron de una forma que me hizo entender que la "broma" tenía un trasfondo muy real.
—Aunque ya sabes lo que dicen, linda Mara: se mira pero no se toca —continuó Leo. Se inclinó sobre ella, bajando la voz lo justo para que Andreas y yo captáramos el tono burlón, pero asegurándose de que Mara sintiera el peso de cada palabra—. Y en tu caso... mejor asegúrate de que esos suspiros solo lleven mi nombre cuando estemos a solas. No querrás que me ponga "territorial" y tenga que recordarte a quién le perteneces frente a todos, ¿verdad?
Vi cómo Mara se quedaba de piedra, reteniendo el aliento mientras un rojo intenso trepaba por sus mejillas. El brillo en sus ojos delataba que el corazón le iba a mil por hora. Leo le dedicó una sonrisa ladeada, cargada de esa confianza peligrosa que sabía que la desarmaba por completo, antes de dejarle un beso rápido en la sien.
—Demasiado empalagoso y posesivo para mi gusto —masculló Andreas arrugando la nariz con una mueca de asco, mientras se daba la vuelta para salir de la cocina—. Búsquense una habitación, por favor.
—¡Solo estás celoso porque nadie te aguanta, Andreas! —le gritó Leo, pero el otro lo ignoró olímpicamente con un gesto de la mano mientras desaparecía por el pasillo.
Leo soltó una última risita y nos ayudó a llevar las bandejas de comida a la sala. Al entrar, el ambiente era mucho más relajado; Mikos ya estaba prácticamente fundido con el sofá Mientras que Aron y Andreas compartía anécdotas en voz baja. Apenas crucé el umbral, los ojos de Aron se iluminaron, buscándome entre el grupo. Sin soltar el control remoto que tenía en la mano, me tomó de la muñeca con suavidad y me atrajo hacia él, obligándome a sentarme a su lado.
Me dedicó una sonrisa triunfal, una de esas que solo me reservaba a mí. Se notaba que, a pesar del estrés evidente por el live que se avecinaba y el agotamiento físico tras el caos de la mudanza, estaba disfrutando genuinamente de tenerme allí. No era solo una visita; era el hecho de que mis cosas estaban en sus armarios y mi presencia ahora era parte de su espacio.
—¿Dónde están los chicos? —pregunté, frunciendo el ceño al no ver a Julián ni a Kai entre el grupo.
—Están abajo, terminando de revisar el perímetro con el equipo de seguridad —respondió Mikos, recostado con los pies sobre la mesa de centro hasta que Aron lo fulminó con la mirada y los bajó.
—Pero les hicimos comida también a ellos... —dijo Mara, señalando el banquete que habíamos preparado.
—Más para nosotros —sentenció Andreas, atacando un sándwich sin la menor ceremonia.
—Tranquila, preciosa —me susurró Aron al oído, su aliento cálido erizándome la piel—, ellos también están comiendo. Julian es un sargento, no deja que nadie pase hambre en su guardia.
Asentí, relajándome contra su hombro.