Habían pasado apenas cinco minutos desde que Víctor soltó la noticia, pero se sentían como una hora eterna. Leo no había despegado la vista de los papeles; recorría las líneas una y otra vez como si buscara un error de impresión o una señal divina de que todo era una equivocación. A mi lado, Aron estaba pálido como la cera. El agarre firme que mantenía sobre mi mano se había debilitado a los pocos segundos de escuchar la confirmación; parecía perdido en el espacio, procesando que la vida de su mejor amigo acababa de cambiar para siempre.
Víctor, a pesar de que la tristeza por Leo se reflejaba en sus ojos, carraspeó. En un segundo volvió a ser el mánager, la figura de autoridad que la banda necesitaba en momentos de crisis.
—Leo —lo llamó, pero él no reaccionó—. Necesitamos tomar decisiones, Leo.
Víctor soltó un suspiro. Estaba genuinamente preocupado, pero su parte lógica sabía que alguien debía mantener la cabeza fría.
—¡Leo! —dijo esta vez con más fuerza, haciéndome sobresaltar.
Leo finalmente levantó la mirada y Aron salió de su trance. Los ojos de Leo estaban inyectados en sangre, nublados por una mezcla de frustración, miedo y una profunda tristeza.
—Sé que esto es difícil, pero necesito que seas un hombre ahora —Víctor miró también a Diana—. Necesito que ambos tomen una decisión.
—Yo... no... —Leo todavía estaba en shock. Apretó los papeles entre sus manos—. ¡Mierda! —gritó de repente, golpeando el escritorio con el puño. Diana se sobresaltó, encogiéndose en su asiento—. ¡Mierda, mierda, mierda! Esto no puede estar pasando.
Se levantó de golpe, como si la silla le quemara, y Aron lo imitó de inmediato para interceptarlo.
—¿Qué carajo se supone que voy a hacer? —le espetó Leo a Aron con la voz quebrada.
Aron lo tomó firmemente por los hombros, obligándolo a sostenerle la mirada.
—¿Qué voy a hacer? —repitió Leo, esta vez en un susurro desesperado—. Soy una mierda de persona, Aron. ¿Cómo se supone que voy a tener un hijo? Yo, de todos nosotros... la voy a cagar de mil maneras. Apenas estoy aprendiendo a ser un novio y acabo de saltarme mil pasos. ¡Mierda, Mara! —Su rostro se desencajó aún más—. ¿Qué se supone que le voy a decir?
—Leo, escucha. Mara ya sabe lo del embarazo —dijo Aron, tratando de infundirle calma—. Ella decidió estar contigo pasara lo que pasara.
—¿Crees que se quedará conmigo cuando se dé cuenta de que soy un padre del asco?
—Eso no lo sabes.
—¡Por favor, Aron, me conoces! —exclamó Leo con amargura—. Sabes que soy un bastardo, mi padre es un bastardo... no he tenido precisamente los mejores ejemplos. ¿Cómo voy a ser un buen ejemplo para alguien?
—Leonish, escúchame bien —Aron lo sacudió ligeramente para que se concentrara—. Aunque no lo creas, eres una buena persona. No eres un santo, has cometido errores, sueles ser un idiota arrogante y un mujeriego...
Leo soltó un gruñido defensivo, pero Aron no lo soltó.
—Lo que quiero decir es que todo eso no es nada comparado con lo increíblemente leal que eres. Más que un amigo, has sido un hermano para mí. Ambos tuvimos infancias complicadas, pero desde que nos conocimos nos convertimos en familia. Eres de las mejores personas que conozco, Leo. Siempre sé que puedo contar contigo; cualquiera de la banda lo sabe, Víctor lo sabe. Pondría las manos al fuego por ti porque sé que esa mierda que arrastramos de nuestra niñez no te define. Si decides tener a ese bebé, serás un gran padre, precisamente porque nunca querrás parecerte a tus padres. Y sobre Mara... ¿has visto cómo te mira? A ella le importa un carajo tu pasado; ella está conociendo al Leo real y ve exactamente lo mismo que yo veo.
Leo guardó silencio un momento, asimilando las palabras.
—¿Un tipo guapo y sexy? —soltó con una chispa de su antigua arrogancia, tratando de ocultar el nudo en su garganta.
Aron sonrió de lado.
—Aparte de eso —rio suavemente—. Ve al gran hombre que eres.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que puedo hacerlo?
—Porque te conozco. Es simple.
Leo asintió con una sonrisa triste y ambos se fundieron en un abrazo fraternal. Se susurraron algo que no logré captar y luego Leo se volvió hacia Víctor, asintiendo en señal de que estaba listo para escuchar. Después, miró a Diana, que jugueteaba con sus manos, visiblemente nerviosa.
—¿Qué quieres hacer tú? —le preguntó Leo con una suavidad que me sorprendió.
—Yo...
—Te apoyaré, Diana —la interrumpió él cuando ella dudó—. Sé que tienes un concepto pésimo de mí y me lo merezco. Pero lo que dije la última vez iba en serio: te dejo esta decisión a ti. Es tu cuerpo y estaré ahí para lo que decidas.
—Creo que... necesito pensarlo —susurró ella, bajando la mirada.
—No quiero ser el malo aquí —intervino Víctor—, pero hay que decidir rápido. Mientras más tiempo pase, el embarazo avanza. Si deciden no tenerlo, tiene que ser ya. Pero si deciden seguir adelante... —Víctor soltó un suspiro pesado—, tenemos que preparar el terreno para el caos mediático que se avecina.
—¿Podemos no pensar en la prensa por un segundo? —se quejó Leo.
—Por desgracia, sabes que no podemos.
—Dame una semana —pidió Diana.
—Tienes tres días —sentenció Víctor con firmeza profesional.
Diana me miró, buscando algún tipo de ancla. Le asentí con la cabeza en señal de apoyo y ella, tras soltar un suspiro largo, aceptó las condiciones de Víctor.
—Muy bien. Durante estos tres días, les pido a los cuatro que mantengan la boca cerrada —advirtió Víctor—. Si esto se filtra antes de que tomemos una decisión, las consecuencias serán imparables.
—¿Puedo contárselo a Mara? —preguntó Leo. Víctor pareció querer fulminarlo con la mirada, pero terminó sobándose las sienes—. Bien, dile a Mara. Ahora, si me disculpan, necesito organizar algunas cosas.
Salimos de la oficina en un silencio sepulcral que solo se rompió cuando llegamos al pasillo.