Todo era un caos absoluto desde que la noticia estalló en las pantallas. Dominic, tuvo que pedir refuerzos de inmediato para sacar a Diana de su apartamento; incluso a nosotros se nos dificultó entrar al edificio de Leo. La prensa estaba como loca, rodeando las entradas como buitres esperando un cadáver. Andreas y Mikos también habían llegado, y el ambiente en el salón era eléctrico, casi asfixiante. Estaban furiosos con Aron y Leo por haberles ocultado el embarazo; incluso Andreas nos lanzaba miradas de reproche a Mara y a mí por no haber dicho nada.
Diana caminaba de un lado a otro, mordiéndose el labio con tanta fuerza que temía que sangrara. Intentaba no estallar en llanto mientras hablaba por teléfono con su madre, pero era inútil; podía escuchar los gritos alterados de la mujer incluso desde el otro lado del salon. Mara y yo estábamos sentadas en el sofá de Leo, observando en silencio cómo los chicos y Víctor intentaban contener el incendio.
—Artes, te hablo en serio: ¡quédate en Los Ángeles! —gruñó Víctor contra el teléfono.
Marcos el guardaespaldas de Artes le había avisado a Víctor que este ya había comprado un boleto de avión para Nueva York. Traer a Artes al ojo del huracán era lo último que necesitábamos.
—Mierda, haz caso una puta vez en tu vida... —Víctor suspiró, frotándose las sienes con desesperación—. Solo un poco de sentido común, Artes... ¡Artes!
Víctor apartó el móvil de su oreja con una expresión de odio puro. Le habían colgado.
—Lo voy a matar —gruñó, tecleando con furia en la pantalla.
Mara y yo nos miramos entre nerviosas y preocupadas.
—Todo se está saliendo de control —dijo Mara, mordiéndose el labio mientras jugaba con sus dedos de forma compulsiva.
—Todo tiene solución, ¿verdad? —dije tomando su mano para intentar transmitirle una calma que yo tampoco sentía—. Víctor podrá solucionar esto así como ha solucionado todo lo demás. Él va a redirigir esta atención de una u otra forma.
—No lo sé, Phoebe... esto es diferente —respondió Mara, desviando la mirada hacia Víctor.
Seguí su mirada y pude ver cómo él seguía tecleando furiosamente en su teléfono, como si buscara un milagro digital. Diana se acercó finalmente con los ojos inundados en lágrimas, aunque se esforzaba por no dejarlas caer frente a los chicos. Se sentó a mi lado y yo rodeé sus hombros con mi brazo, atrayéndola hacia mí. Ella se acurrucó de inmediato, escondiendo el rostro en mi cuello.
—¿Qué te dijeron? —pregunté en un susurro.
—Están decepcionados... otra vez —soltó ella con una amargura que me partió el alma—. Qué novedad. No sé por qué me sorprende, ya los conozco.
—Es porque los quieres, Di. Porque son tu familia —le dije, pero ella se separó bruscamente para mirarme.
—Están avergonzados de que su única hija vaya a tener un bebé sin estar casada. Textualmente, mi madre dijo: "Sabía que arruinarías tu vida el día que decidiste irte a Nueva York a ser una de esas chicas vulgares".
—Solo habló desde el enfado, Diana —intervino Mara tratando de animarla—. Sabes que te quieren... a su manera.
—No lo sé. Desde que llegué aquí ha sido una lucha constante para que me apoyen, pero no les interesa. Quieren que sea la perfecta ama de casa que cuida de su familia y va a la iglesia los domingos. Y yo no soy esa chica. Yo... yo...
La voz de Diana se quebró y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas. La abracé con fuerza, acariciando su cabello mientras ella temblaba. Sentí una opresión en mi pecho; odiaba verla así. Conocía a sus padres y sabía lo estrictos y religiosos que eran.
Diana había crecido en una familia complicada. Cuando anunció que vendría a Nueva York se enfadaron muchísimo, pues esperaban que ella tomara otros caminos. Pero Diana, desde niña, tenía muy claro lo que quería hacer con su vida y, definitivamente, no era ir a misa todos los domingos.
Su primer año en la ciudad fue difícil porque sus padres no le hablaban, pero después de que a su padre le dio un infarto, Diana estuvo en el hospital día y noche. Aunque su madre no le dirigía la palabra, ella no se movió de allí. Después de tres días, su madre levantó la "ley del hielo" y su relación mejoró un poco; le seguían pidiendo que regresara a casa y dejara el modelaje, pero al menos ya no le retiraban el habla ni intentaban manipularla tanto para que volviera. Hasta ahora.
—Lamento interrumpir, chicas —la voz de Víctor, ahora más calmada pero cargada de pesadez, nos hizo levantar la vista. Le extendió un pañuelo a Diana—. Necesitamos una reunión urgente.
Diana limpió sus lágrimas y el resto de los chicos se acercó al salón. Aron se sentó en el sofá individual frente a nosotras. Leo se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá, justo al lado de Mara, quien de inmediato empezó a acariciarle el cabello en un gesto automático de consuelo. Mikos y Andreas se acomodaron en el otro extremo, mientras los guardaespaldas permanecían como estatuas en las sombras.
—Bien, esto es un desastre —empezó Víctor, posicionándose para que todos lo viéramos—. Y la verdad, no tengo la menor idea de cómo resolverlo sin que alguien se lleve la peor parte.
—Gracias por la honestidad —soltó Leo con sarcasmo. Víctor rodó los ojos.
—Todo esto se podría haber evitado si alguno de ustedes aprendiera a ponerse un puto condón —espetó Víctor, perdiendo la paciencia de nuevo.
—Nosotros... —Andreas intentó hablar.
—¡No, Andreas, mejor cállate! —lo cortó Víctor—. Si seguimos con lo acordado de no continuar con el embarazo, las cosas se pondrán peor. Quiero que lo sepan: esto puede arruinar la carrera de ambos, incluso la de la banda. El público es despiadado con el tema del aborto; los que estén en contra se irán sobre nosotros, e incluso sobre Phoebe y Mara por asociación.
Diana me apretó la mano, aterrada.
—Sé que no estaba en nuestros planes, pero... —empezó Víctor de nuevo.