El ambiente en el penthouse ya era denso, pero la entrada de Víctor terminó de congelar el aire. Tenía una expresión de cansancio absoluto que no auguraba nada bueno. Se plantó en el centro de la sala, mirándonos a todos con los brazos cruzados.
—Creo que en estos momentos necesitamos una buena noticia —dijo Aron mientras apretaba con cuidado mi hombro. Estábamos sentados juntos en el sofá con su brazo rodeándome; incluso a través de su toque, podía sentir lo tenso que estaba.
—La gira continúa —soltó Víctor sin rodeos, permitiendo que un suspiro de alivio colectivo recorriera a los chicos, pero lo cortó de inmediato con un gesto de la mano—. Pero no canten victoria. En la disquera están bastante enojados con todo el caos que están provocando. Los inversionistas están al límite, el equipo de relaciones públicas no da abasto y exigen que se resuelva el problema del embarazo lo más pronto posible.
Víctor clavó la mirada en Leo y Diana por un segundo antes de regresar al grupo en general.
—Los altos mandos piden que se mantengan a raya, sin un solo escándalo más de aquí a que se vayan a la gira. Y para asegurarme de que cumplan, las cosas van a cambiar desde hoy mismo. He reservado un piso completo en un hotel de alta seguridad cerca de la disquera. Toda la banda se mudará ahí por el tiempo que falta para irse de gira. Ensayan, comen y duermen ahí bajo supervisión.
—Ni de broma, Víctor —Aron fue el primero en levantarse del sofá y dar un paso al frente, con la mandíbula apretada y los puños cerrados—. No voy a irme y dejar a Phoebe sola en el penthouse con todo este caos.
—No voy a escuchar quejas, Aron —lo cortó Víctor con una frialdad cortante—. Ninguno de ustedes tiene derecho a opinar en estos momentos. Sus acciones nos han puesto en el ojo del huracán y ahora se hace lo que yo diga.
—¡¿Y ella qué?! —gritó Aron, señalándome enojado—. ¿Pretendes dejarla sola mientras a mí me tienen en un hotel con seguridad y a ella la dejas con todo el caos?
—¡Por supuesto que no dejaré a Phoebe ni a ninguna de las chicas sin protección! —gritó de vuelta Víctor, encendido por la actitud desafiante de Aron.
Víctor se giró hacia Diana, suavizando apenas una fracción su tono, aunque manteniendo la misma firmeza ejecutiva.
—Diana, la disquera también te alojará en un pequeño apartamento de seguridad. Es un lugar discreto, protegido y completamente fuera del radar de los medios, al menos mientras deciden qué hacer con todo esto —luego, regresó la vista al centro del salón—. Lo que me lleva a la siguiente pregunta... Sé que es rápido, pero ¿ya tienen una respuesta sobre qué van a hacer con el bebé?
Leo miró a Diana y luego al suelo, manteniéndose en un silencio tenso. Diana simplemente negó con la cabeza de forma casi imperceptible. No había respuesta aún.
Víctor soltó un bufido de frustración.
—Necesitamos contener el desastre. Necesitamos pensar con la cabeza fría qué estrategia vamos a usar con la prensa, y para ello necesito que colaboren y encuentren una solución ya. Pero no puedo tenerlos dispersos por la ciudad siendo blancos fáciles.
—¡Víctor, esto es ridículo! —se quejó Mikos, ganándose el respaldo de Andreas, quien también empezó a protestar por el encierro en el hotel—. Nos estás aislando como si hubiéramos cometido un crimen. Tenemos compromisos, vidas...
—¡Me importa un demonio sus vidas fuera del estudio ahora mismo! —estalló Víctor, perdiendo finalmente la paciencia. Su voz retumbó en las paredes del penthouse, haciendo callar a los chicos de golpe—. Estoy cansado de limpiar sus malditos desastres. No hay negociaciones, no hay opiniones y no hay excepciones.
Miró a Aron con una severidad que no admitía réplica, extinguiendo cualquier otro intento de protesta.
—Empaquen lo esencial. Los quiero a todos en ese hotel esta misma tarde.
Sin esperar a que nadie dijera una sola palabra más, Víctor dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia la salida, azotando la puerta detrás de él con tanta fuerza que el eco pareció vibrar en nuestros pechos durante varios segundos.
El regreso al penthouse de Aron solo sirvió para que la burbuja de tensión se inflara un poco más. En cuanto pusimos un pie dentro de la habitación, él dejó caer las llaves sobre la cómoda y se cruzó de brazos, plantándose firme frente a su armario cerrado. No tenía la menor intención de tocar una sola maleta.
—No voy a empacar nada, Phoebe —soltó con una fijeza que me dio escalofríos—. Víctor no me va a obligar a irme. No me importa lo que diga la disquera. No pueden obligarme a dejar mi casa, a dejarte aquí sola.
Por más lindo que se sentía ver a Aron tan decidido a quedarse conmigo y cuidarme, sabía que no podíamos tentar a la paciencia de Víctor, especialmente ahora que todo pendía de un hilo. La carrera de los chicos estaba comprometida y yo no podía dejar que, por mi culpa, Aron tomara decisiones que pudieran costarle su futuro en la música. Sabía perfectamente que la banda era su vida.
Me acerqué a él, tomándolo suavemente por los brazos para intentar hacerlo entrar en razón.
—Aron, por favor, tienes que ir —le pedí, mirándolo a los ojos—. Las cosas ya están lo suficientemente mal con la disquera como para que sumes un acto de rebeldía. Esto te puede costar tu carrera; piensa en la banda, en los chicos.
Aron suavizó la mirada al ver mi preocupación, pero no dio su brazo a torcer. Me rodeó con sus brazos de inmediato, apegándome a su pecho y dejando un tierno beso sobre mi frente.
—No te preocupes por eso, preciosa —susurró con esa voz segura que siempre intentaba calmarme—. Yo lidiaré con lo que sea, pero no voy a dejarte aquí sola.
Apenas terminó de decirlo, escuchamos ruido en la entrada del penthouse. Aron y yo salimos de la habitación y caminamos hacia el salón, donde Kai y Julián ya nos esperaban. Kai miró a su alrededor, inspeccionando el lugar con el ceño fruncido.