La luz suave del viernes se filtraba con timidez por las pesadas cortinas del dormitorio principal del penthouse, trazando líneas doradas sobre las sábanas de seda color marfil. Me removí lentamente, emergiendo del sueño entre el lujo y la calidez, mientras sentía el peso reconfortante y posesivo del brazo de Aron rodeando mi cintura. Incluso dormido, me sujetaba con esa intensidad que le caracterizaba, como si temiera que pudiera escaparme en cualquier momento.
Me quedé inmóvil un instante, escuchando su respiración pausada contra mi nuca. Era el único sonido en la habitación; un ritmo constante que me hacía sentir, por primera vez en una semana cargada de drama y tensiones, que estaba exactamente donde debía estar. Estar en sus brazos era mi lugar seguro, mi santuario privado. Era sentirme en casa, sin importar el caos que estallara fuera con la prensa, los rumores o las exigencias de la disquera.
Disfruté unos minutos más del calor de su piel —esa piel blanca adornada por el intrincado mapa de sus tatuajes que tanto me fascinaba recorrer con los dedos— antes de que la realidad golpeara suavemente a mi puerta con un recordatorio mental inevitable: Aron Davis tenía que regresar al hotel para ultimar los detalles de la gira.
Con mucha renuencia, logré zafarme de su agarre. Me puse su camisa negra de seda —la cual ya se había convertido en mi uniforme oficial de "mañanas de refugio"— y caminé descalza hacia la cocina. El aroma del café recién hecho ya inundaba el pasillo, una señal clara de que la burbuja de privacidad se estaba terminando.
Al llegar a la barra de mármol, me encontré con Kai. Estaba impecablemente vestido, como siempre, pero su expresión era una mezcla de cansancio absoluto tras haber lidiado con Víctor toda la noche y esa resignación profesional que solo se adquiere al conocer demasiado bien a alguien como Aron.
—Si no lo despiertas en los próximos cinco minutos, juro que dejaré que Víctor venga personalmente a arrastrarlo hasta el hotel —dijo Kai a modo de saludo. No apartó la vista de su teléfono mientras tomaba un sorbo de café negro.
—Buenos días para ti también, Kai —respondí con una sonrisa suave mientras me servía una taza.
—Buenos días, Phoebe —su expresión se suavizó un poco al verme, pero recuperó su tono profesional de inmediato—. En serio, la disquera está que arde. Víctor me ha llamado cada media hora preguntando si ya vamos de regreso. No sé cuánto tiempo más pueda contenerlo antes de que ruede mi cabeza.
En ese momento, Aron apareció en el umbral de la cocina. Se veía increíblemente sexy y desaliñado; su cabello negro le caía sobre los hombros en ondas rebeldes, sus ojos azules estaban entrecerrados por el rastro del sueño y solo llevaba unos pantalones de chándal bajos en la cadera, dejando a la vista el inicio de los tatuajes que descendían por su abdomen. Ignoró olímpicamente la presencia de Kai y caminó directo hacia mí, rodeándome la cintura para esconder su rostro en mi cuello.
—Diles que me morí —gruñó Aron. Su voz ronca por el sueño vibró contra mi piel, enviándome un escalofrío por la espalda.
Kai soltó un suspiro dramático y dejó su teléfono sobre la barra con un golpe seco.
—Davis, muévete. El auto está esperando abajo; tienes una prueba de sonido y tres reuniones antes del mediodía. No voy a perder mi trabajo porque decidiste convertirte en un ermitaño romántico justo hoy.
—Kai tiene razón, Aron —añadí, pasando mis manos por su cabello para acariciar su nuca, aunque por dentro una parte de mí deseaba que las palabras de Kai fueran mentira—. Tienes que irte. Además, Julián llegará en cualquier momento para llevarme a Vogue y lo último que queremos es que Víctor aparezca hecho una furia por esa puerta.
Aron se separó de mí lo justo para lanzarle una mirada cargada de fastidio a su guardaespaldas.
—¿No puedes simplemente decir que nos secuestraron? —preguntó, con esa mezcla de seriedad y sarcasmo tan suya.
—Deja de bromear, Davis. Anda, vístete —sentenció Kai, dándose la vuelta—. Te espero en el ascensor. No me hagas subir por ti.
En cuanto Kai cruzó el umbral de la cocina y nos dejó solos, Aron se giró lentamente hacia mí. Había algo en su rostro, una chispa traviesa y determinada iluminando sus intensos ojos azules, que me hizo mirarlo con absoluta sospecha.
Al verlo dar un paso firme en mi dirección, levanté una mano en el aire, intentando frenarlo.
—Ni lo pienses, Davis. Tienes que ir a vestirte ahora mismo —le advertí, esforzándome por sonar autoritaria.
Aron sonrió de par en par, exhibiendo esa picardía tan suya, y continuó acortando la distancia con pasos felinos. Retrocedí un paso, soltando una risa nerviosa que delató mi falta de firmeza.
—Aron, hablo en serio... ¡Para! —le pedí, pero él me ignoró olímpicamente.
Antes de que pudiera esquivarlo, se agachó con agilidad, me tomó por la cintura y, en un movimiento limpio, me cargó sobre su hombro como si fuera un saco de patatas. El mundo se me puso del revés en un segundo, y mi cabello pelirrojo cayó en cascada hacia el suelo.
—¡Aron! ¡Bájame ahora mismo! —grité entre risas, comenzando a golpear su espalda con los puños, aunque sin aplicar demasiada fuerza.
Él solo soltó una carcajada limpia, un sonido que amaba, y empezó a caminar con paso firme fuera de la cocina.
—¡Que me bajes, te digo! —le regañé de nuevo, pataleando un poco, pero él seguía repitiendo que no con total terquedad.
Desesperada y divertida, me incliné hacia adelante y, sin pensarlo dos veces, le propiné un mordisco firme justo en el trasero.
Aron se quedó completamente congelado a mitad del pasillo por un instante. No me lo vi venir en absoluto cuando, con una rapidez pasmosa, levantó la mano y me dio una nalgada sonora que me hizo soltar un chillido de sorpresa.
—Tú empezaste, preciosa —se burló, reanudando la marcha mientras yo me quejaba dramáticamente, sintiendo las mejillas encendidas de la vergüenza.