El trayecto de regreso a la realidad comenzó en el instante en que las puertas automáticas del aeropuerto se cerraron a nuestras espaldas, dejando atrás el eco lejano de los gritos de las fans. Caminamos hacia el estacionamiento en un silencio pesado, roto únicamente por el repiqueteo de nuestros pasos.
Antes de subir a nuestros respectivos vehículos, Mara se detuvo y me puso una mano en el hombro, rompiendo la tensión con una mirada cargada de empatía.
—¿Quieres que hagamos algo juntas hoy? —me preguntó en un susurro, intentando disimular la tristeza en sus propios ojos—. Podríamos llamar a Diana, salir a comer o hacer algo para distraernos un rato.
Esbocé una sonrisa triste y negué suavemente con la cabeza. Agradecía con el alma su intención, pero en ese momento sentía que no sería una buena compañía para nadie.
—Gracias, Mara, de verdad —le respondi, apretando su mano con cariño—. Pero prefiero ir al penthouse. Necesito... estar un momento a solas, procesar todo esto.
Mara asintió con total comprensión, me dio un último abrazo de apoyo y se dirigió a su auto. Por mi parte, subí a la parte trasera del vehículo mientras Julián cerraba la puerta por mí.
Durante todo el camino a casa, no se escuchó ni un solo ruido dentro del coche. Me senté de lado, apoyando la sien contra el cristal de la ventana, viendo cómo los edificios y las calles de la ciudad pasaban borrosos ante mis ojos. Tenía la mirada completamente perdida y la mente fija en un avión que, a esas alturas, ya debía estar surcando el cielo. Me sentía extrañamente flotando en la nada, como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada en aquella sala de embarque privado.
Cuando el ascensor finalmente se abrió directamente en el penthouse, la realidad me golpeó en el pecho como un balde de agua helada.
Di un par de pasos hacia el centro del salón y me detuve en seco. El lugar se sentía inmenso, extrañamente frío y sumido en un vacío sepulcral que me asfixió de inmediato. Apenas hace unas horas Aron estaba aquí, llenando cada rincón con su risa ronca, con sus comentarios picantes, con el desorden de sus cosas y su presencia arrolladora. Ahora, el silencio era absoluto.
No pude contenerlo más. Sentí cómo las defensas que había mantenido firmes en el aeropuerto se derrumbaban por completo. Los ojos se me llenaron de lágrimas y un sollozo ahogado escapó de mi garganta mientras me cubría el rostro con las manos, rota por la soledad que de repente me envolvía. Mis rodillas fallaron, dejándome caer sobre la alfombra.
Podía sentir la presencia de Julián detrás de mí en absoluto silencio. No intentó interrumpir mi llanto ni me presionó con palabras vacías; simplemente se limitó a quedarse allí, firme, dándome el espacio y el tiempo que necesitaba para desahogar todo el dolor que llevaba retenido en el pecho.
Después de unos minutos, cuando logré respirar con más calma y me limpié las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano, rompí el silencio sin atreverme a voltear.
—Es tonto, ¿no? —solté con una risa seca, amarga y sin pizca de gracia, mirando hacia la enorme ventana del salón—. Solo serán unos meses... Y yo... me estoy comportando como una niña pequeña.
—No lo creo —la voz grave, pausada y sumamente tranquila de Julián resonó a mis espaldas—. Es completamente normal estar triste, Phoebe. Aron y tú son una pareja, están viviendo juntos y esta es la primera gira que afrontan desde que están juntos. Es lógico que estes triste.
—Pero me siento como una niña tonta y caprichosa —insistí, reprochándome internamente por no ser más fuerte.
—No lo eres en absoluto. Créeme, conozco a muchas chicas caprichosas y tú no eres una de ellas.
El sonido de sus pasos firmes sobre el suelo me hizo voltear. Julián se había acercado y me miraba con una mezcla muy sincera de preocupación y cariño en sus ojos. Rompiendo su habitual postura rígida de escolta, se agachó con paciencia hasta quedar exactamente a mi altura para poder mirarme de frente, y me dedicó una sonrisa cálida que de inmediato mi transmitió un enorme alivio.
—Ten por seguro que, en este mismo instante, Aron debe estar llorando por ti en ese avión —me dijo con un tono ligeramente divertido, logrando que arqueara las cejas—. Y probablemente esté torturando al resto de los chicos porque no pudo meterte en su maleta para llevarte con él.
Solté una risa genuina entre los restos de mis lágrimas, incapaz de contenerla ante la imagen mental.
—Hablo muy en serio —insistió Julián, ensanchando su sonrisa al ver que lograba animarme—. Ese chico es un llorón cuando se trata de ti. Debe estar haciendo un berrinche monumental ahora mismo en primera clase, logrando que los chicos tengan ganas de lanzarlo del avión en pleno vuelo.
El nudo asfixiante que tenía en el estómago se aflojó notablemente gracias a sus palabras. Miré a Julián, sintiendo una profunda gratitud por tenerlo a mi lado para cuidarme.
—Gracias, Julián —le dije de corazón, dedicándole una sonrisa sincera y mucho más ligera.
—No hay de qué, Phoebe. No solo estoy aquí para cuidarte —me devolvió la sonrisa de manera afectuosa antes de ponerse en pie y extenderme la mano, la cual acepté—. De hecho... —habló de nuevo mientras me ayudaba a levantar—, te traje algo que estoy seguro de que te animará. Dame un segundo.
Lo miré con curiosidad mientras caminaba hacia la entrada principal. Pensé que iría a buscar algún detalle que se le había quedado en el auto, pero cuando abrió la puerta del penthouse, mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
No era un objeto. Al otro lado del umbral estaban Mara y Diana, sosteniendo varias bolsas repletas de comida y envases de helado. Justo detrás de ellas, Terri se asomaba con una enorme sonrisa cómplice en el rostro.
Giré la cabeza hacia Julián y él me dedicó una mirada amable y una sonrisa de suficiencia.
—Creí que una noche de chicas sería divertido en un momento como este —comentó con su habitual tono tranquilo.