Novia Fugitiva

Capítulo 40 Chanel

El reloj de la pared marcaba casi el mediodía cuando por fin logré abrir los ojos. El peso del desvelo se sentía en cada músculo de mi cuerpo; un cansancio denso pero extrañamente placentero que me mantenía pegada a las sábanas. Tenía las ojeras marcadas y el cuerpo pidiendo clemencia tras haberme quedado despierta casi hasta el amanecer devorando cada segundo del concierto, pero por dentro sentía que flotaba. Estaba radiante, con el eco de la voz de Aron resonando en mi cabeza y una sonrisa boba que simplemente no se me borraba del rostro.

Me arrastré fuera de la cama, me calcé unas pantuflas y, después de cepillar mis dientes y lavarme la cara, caminé hacia la cocina arrastrando los pies, envuelta en una de las camisas grandes de Aron que todavía conservaba su aroma. El penthouse estaba en un silencio sepulcral, roto únicamente por el suave murmullo del televisor que Julián ya había encendido en el salón.

Al llegar a la barra de la cocina, me preparé un desayuno tardío: un café cargado para espantar la pesadez de los párpados y un par de tostadas. Me senté en uno de los taburetes altos, apoyando los codos en el mármol, sintiéndome feliz y exhausta a partes iguales. Fue en ese momento cuando las imágenes en la pantalla del televisor capturaron por completo mi atención desvelada. Los noticieros y las redes sociales ya habían entrado en un estado de combustión absoluta.

—¡Y es que ese concierto fue una auténtica locura de amor que ha paralizado las plataformas digitales! —exclamaba una de las presentadoras del programa de espectáculos, inclinándose hacia la cámara con entusiasmo mientras de fondo reproducían el fragmento exacto en el que Aron pegaba su diadema al teléfono—. El mismísimo Aron Davis, líder de Neon Ghost, detuvo un estadio completo en Europa para llamar en vivo a su novia, Phoebe Collins. ¡Es oficial, chicas, Aron está completamente perdido de amor!

Solté una risa ahogada, cubriéndome el rostro con una mano mientras sentía el calor subirme a las mejillas. Era irreal verse ahí. En la pantalla comenzaron a proyectar una recopilación de imágenes mías; la producción del programa se había tomado el trabajo de buscar mis mejores looks de street style capturados por paparazis en las calles de Nueva York, intercalándolos con las glamorosas fotografías oficiales de la campaña de joyas que había hecho semanas atrás. Los conductores no escatimaban en elogios, alabando mi estilo y comentando de manera divertida lo mucho que el resto de la banda parecía adorarme por la forma en que me trataban.

Sin embargo, el tono del programa dio un giro que me hizo dejar la taza de café a medio camino. En casi todas las fotos mías tomadas en la calle por la prensa, una figura imponente, vestida de traje oscuro y expresión imperturbable, destacaba a mi espalda: Julián.

—Bueno, pero dejen de lado los detalles románticos por un segundo y hablemos de lo verdaderamente importante... —intervino otra de las entrevistadoras, arqueando una ceja con una sonrisa pícara y deteniendo una imagen donde Julián me abría la puerta del auto—. ¿Ya vieron detalladamente al guardaespaldas de Phoebe? ¡Es un absoluto bombón! Sinceramente, comienzo a creer que todos los guardaespaldas que contrata la seguridad de Neon Ghost salieron directo de una agencia de modelos de alta costura. ¿Estará soltero? Porque si es así, yo estoy totalmente disponible —remató con una sonrisa traviesa.

La risa me ganó por completo. En ese preciso instante, la puerta lateral de la cocina se abrió y Julián entró con su habitual paso firme, sosteniendo su tableta con los reportes de seguridad diarios. Estaba impecable, pulcro y con su usual seriedad de piedra. Al escuchar la televisión, se detuvo en seco, clavando la mirada en la pantalla donde su propio rostro congelado ocupaba la mitad del plano.

Lo miré de reojo, mordiéndome el labio para no soltar otra carcajada, aunque el cansancio de la noche anterior me hacía el doble de propensa a la risa.

—Vaya, parece que tienes fans —le solté con burla, dándole un sorbo a mi café.

Julián desvió los ojos de la pantalla, me miró con una paciencia infinita y rodó los ojos con una elegancia impecable antes de cruzarse de brazos.

—La prensa no tiene nada mejor que hacer con su tiempo de emisión —respondió con su tono plano y seco, aunque alcancé a notar un brillo divertido en sus ojos que me hizo soltar una sonora carcajada.

Esa oleada de energía y la inyección de confianza que el mundo exterior me estaba dando terminaron de disipar la neblina del sueño en mi mente. Me limpié las manos con una servilleta, tomé mi teléfono y busqué el contacto de Rebeca. Después de la charla con Aron, la manera en la que él me apoyaba —al igual que el resto de los chicos de Neon—, sumado al comentario que Max me había hecho en el taller el día anterior tocando mi orgullo con el tema de Chanel, e incluso el mismo respaldo de Rebeca... la decisión ya estaba tomada. No podía dejar pasar más tiempo.

—¿Phoebe? —la voz de Rebeca sonó al segundo tono, enérgica y ejecutiva como siempre.

—Hola, Rebeca. Siento llamar en tu día libre —comencé, enderezando la espalda en el taburete.

—Sabes perfectamente que yo no tengo días libres.

Me reí para mis adentros, sabiendo que era una verdad absoluta; mi jefa simplemente nunca paraba de trabajar.

—Escucha... lo estuve analizando mucho. Y acepto. Dile a la gente de Chanel que acepto ser la imagen de su campaña.

Al otro lado de la línea se instaló un breve silencio, el cual rápidamente fue sustituido por una risa suave y sumamente satisfecha.

—Sabía que no dejarías pasar esa oportunidad, Phoebe —declaró Rebeca con total seguridad—. Tienes una esencia que la marca busca desesperadamente, y Max tenía toda la razón al presionarte.

—Lo sabías, ¿verdad? —pregunté, como una confirmación de mis sospechas.

—Obviamente. Hablé con Max; no podíamos permitir que dejaras pasar esta oportunidad por simples dudas.




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