Novia Fugitiva

Capítulo 42 Destino, Milán

​ El zumbido de los motores del avión se sentía como el verdadero inicio de una nueva etapa. Después de semanas de videollamadas con interferencia, malentendidos y un océano de distancia, por fin estaba en camino a Europa. El vuelo hacia Milán era largo, pero los asientos de primera clase nos daban la comodidad necesaria para sobrevivir a las horas de trayecto.

Entré a la cabina cargando mi bolso de mano, seguida por Rebeca, su asistente, Max y Julián. Mi guardaespaldas, siempre metódico, evaluó el espacio con la mirada antes de tomar su lugar unos asientos más adelante, justo cerca del pasillo que daba a la entrada principal, ubicado estratégicamente para reaccionar ante cualquier situación.

Al ubicar mi fila, me deslicé hacia el asiento junto a la ventanilla. Max no perdió ni un segundo: prácticamente se dejó caer a mi lado, invadiendo el espacio con una soltura que me hizo rodar los ojos antes de siquiera abrocharme el cinturón.

Apenas despegamos, desplegó su tableta y sacó un par de bocetos impresos. Durante la primera hora, el trayecto se convirtió en una sesión de trabajo rápida y afilada. Cuando se trataba de moda, Max y yo podíamos hablar el mismo idioma, aunque eso implicara arrebatarle los papeles de las manos para corregirle los encuadres.

—Presta atención, Collins —dijo, pero en lugar de solo mostrarme la pantalla, se inclinó demasiado hacia mí, apoyando su brazo en el respaldo de mi asiento, acorralándome sutilmente contra la ventanilla—. Organicé el itinerario de Milán para que no te me desmayes entre los fittings. Es tu primera vez en la Semana de la Moda; nos pondremos en ridículo si nuestra editora asociada no puede seguirnos el pasos.

—Oh, muy amable de tu parte —dije con sarcasmo.

Él ignoró mi tono por completo y continuó pasando las páginas de su tableta.

—Mira, esto es lo que realmente quería mostrarte —agregó, volviendo a acercar la pantalla—. Tengo estas ideas para lo que haremos en Francia para la editorial de Chanel.

Traté de no hacer caso a su proximidad y me enfoqué en los esquemas. Para la fase francesa, Max había diseñado un concepto bastante bueno: arquitectura neoclásica parisina, el dramatismo del encaje negro con perlas y una iluminación fría y cinematográfica. Sus ideas eran impecables, exigentes y encajaban exactamente con lo que yo buscaba.

—Es una propuesta interesante, Max —admití, soltando un suspiro de resignación profesional—. Odio admitirlo después de la pelea que armaste el mes pasado, pero la dirección de luz es perfecta. Hacemos un equipo bastante bueno cuando te comportas como un profesional.

Ahí fue cuando Max aprovechó. Sin pedir permiso, deslizó su mano sobre la mía para quitarme el estilete con el que estaba marcando la pantalla. Su toque fue firme, lento, y su rostro quedó a escasos centímetros del mío, mirándome directo a los ojos con esa sonrisa arrogante que me daba ganas de empujarlo.

—Collins, Collins, Collins... tú y yo sabemos que lo nuestro funciona porque nos encanta llevarnos al límite —dijo en un murmullo bajo, descarado, sin apartarse un solo milímetro. Sus ojos bajaron hacia mis labios para luego subir lentamente de nuevo a mi mirada—. Es una lástima que no te des la oportunidad de ver hasta dónde pueden llegar esos límites.

Sentí el calor subirme por el cuello, pero no me dejé intimidar. Le arrebaté el lápiz digital de los dedos con un movimiento seco, empujando ligeramente su hombro para que regresara a su espacio.

—No tengo interés de ver hasta dónde pueden llegar esos límites —le solté con una sonrisa ácida y la ceja alzada.

—Las chicas con novio son tan aburridas, chéri.

—Y los playboys son tan predecibles —reviré sin dudar.

Max soltó una carcajada baja, completamente desvergonzado, y se reclinó en su asiento cruzándose de brazos, sin quitarme la mirada de encima.

—Oh, chéri... El viaje es bastante largo, así que creo que puedo hacerte cambiar de opinión.

—¿De qué? ¿De que no eres un playboy? —pregunté con la ceja alzada.

Él me sonrió de lado, negando suavemente con la cabeza.

—De que dejes a tu noviecito y salgas conmigo —soltó sin filtro.

El comentario me dejó helada. Max nunca había sido tan directo; nunca me había invitado a salir de manera formal. Siempre coqueteaba, pero jamás con una declaración tan frontal.

—Parece que te dejé sin habla —añadió con una risa descarada—. Es normal, siempre causo ese efecto en las mujeres.

—Idiota —susurré, acomodándome en mi asiento mientras lo escuchaba reír por lo bajo y murmurar que a él le gustaban los retos.

Subí la mirada, decidida a ignorar por completo al hombre sentado a mi lado. A unos metros de distancia, en el pasillo, alcancé a ver a Julián ajustándose el reloj mientras nos miraba de reojo con la mandíbula tensa, registrando el atrevimiento de Max pero manteniéndose en su margen de discreción profesional.

Me apoyé contra el respaldo, mirando por la ventanilla cómo el avión se adentraba en la noche sobre el Atlántico. La química y la tensión con Max eran un juego peligroso, pero yo tenía muy claro dónde estaba mi corazón.

El viaje iba a ser largo.

Próxima parada: Milán. Y lo más importante... Aron.

El aterrizaje en Milán fue tranquilo y sin contratiempos. Tras recoger el equipaje, salimos al vestíbulo del aeropuerto, donde nos esperaba el transporte. Sin embargo, antes de que pudiera subirme con Rebeca y Max, Julián me tomó suavemente del brazo y me desvió hacia un auto diferente que estaba estacionado unos metros más atrás.

—Phoebe, tú vienes conmigo en este —dijo Julián con una sonrisa misteriosa.

—¿A dónde vamos? Pensé que iríamos directo al hotel con los demás —pregunté, confundida, mientras Rebeca nos decía adiós con la mano desde el otro vehículo, claramente metida en el secreto.

—Ya lo verás —se limitó a responder él, cerrándome la puerta.




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