Aron logró salirse con la suya una vez más. Después del revuelo por la escapada en la motocicleta y de la regañada en la camioneta, convenció a Víctor y a Kai de quedarse a pasar la noche en mi suite. No iba a desaprovechar ni un solo segundo del poco tiempo que nos quedaba antes de retomar sus compromisos con la gira.
Pasamos esas últimas horas en una burbuja perfecta, alejados del caos y de las exigencias de nuestros respectivos trabajos. Nos acomodamos en el amplio sofá de la suite, pidiendo comida a la habitación. Tenerlo tan cerca, sintiendo el calor de su cuerpo y escuchando su risa baja sin el estrés de los fotógrafos ni las miradas ajenas, era un refugio al que no quería renunciar.
Apoyé la cabeza en su hombro mientras jugaba distraídamente con los anillos de sus dedos.
—Oye... ¿dónde aprendiste a manejar moto así? —pregunté con curiosidad, alzando la mirada hacia él—. Te mueves como si hubieras nacido sobre una.
Aron me miró de reojo con una sonrisa llena de misterio y subió las cejas con desfachatez.
—Tengo un pasado oscuro que todavía no conoces, preciosa.
Le di un golpe juguetón en el brazo, haciéndolo soltar una carcajada baja antes de acomodarse mejor en el sofá y pasarme un brazo por los hombros para pegarme a su pecho.
—Está bien, está bien —admitió con una sonrisa que fue apagándose poco a poco, volviéndose más pensativa—. Cuando era adolescente tuve una etapa bastante rebelde... Fui un completo idiota que solo buscaba llamar la atención de mis padres como fuera. El tío de Leo tenía una motocicleta vieja y nos enseñó a usarla a los dos. En ese tiempo nos sentíamos los más rudos del vecindario, unos verdaderos chicos malos. A las chicas les encantaba, pero la verdad es que yo solo lo hacía para ver si lograba provocar alguna reacción de preocupación en mi casa.
Aron hizo una pausa, contemplando el techo por un segundo.
—Un día les pedí que me compraran una moto, convencido de que me dirían que no, que era demasiado peligroso, que me iba a matar... —Aron soltó una risa amarga, negando con la cabeza—. ¿Sabes qué hizo mi padre? Me la compró. Me compró la jodida moto sin dudarlo. Ni siquiera me dio la típica charla de que fuera con cuidado o que manejara con prudencia. Nada. Y mi madre tampoco dijo mucho; solo me pidió que no la dejara atravesada en la entrada para que su auto pudiera salir por las mañanas al trabajo.
El pecho se me oprimió al escucharlo. Apreté su mano entre las mías, entendiendo el dolor disfrazado de rebeldía que había arrastrado durante años. Aron notó mi mirada y me dedicó una sonrisa suave, besándome la coronilla para disipar el ambiente pesado.
—En fin... al menos conseguí chicas —bromeó con una sonrisa traviesa, volviendo a su tono pícaro.
Le di un golpecito en el pecho mientras soltaba una risita, a lo que él respondió envolviéndome en sus brazos con una carcajada baja que disipó por completo la tristeza de la conversación.
Nos quedamos así, abrazados en el sofá hasta que el sueño nos venció. Sin embargo, la despedida llegó demasiado rápido a la mañana siguiente.
Aron me tomó de la cintura, pegándome suavemente a su pecho mientras me miraba con esa intensidad que siempre me robaba el aliento. Me retiró un mechón de cabello detrás de la oreja y se inclinó para darme un beso lento, profundo, impregnado de una promesa silenciosa.
—Te voy a extrañar muchísimo, preciosa —susurró contra mis labios, sin soltarme del todo.
—Y yo a ti —confesé, apretando mis manos en las solapas de su chaqueta—. Pero sabías que esto pasaría... la gira no puede esperar.
Aron dibujó una sonrisa de lado, con ese toque rebelde que tanto me gustaba, y me besó la frente con extrema ternura.
—Francia está a la vuelta de la esquina —me recordó en un murmullo cómplice—. En un par de semanas estaremos juntos en París y podremos escaparnos de nuevo.
No pude evitar soltar una carcajada por su descaro.
—¿Acaso quieres que Víctor nos mate?
—Es un riesgo que estoy dispuesto a tomar si estoy contigo.
Saber que nos reencontraríamos en la Semana de la Moda en París fue el único alivio al que me aferré para no dejarme vencer por la nostalgia. Le dediqué una sonrisa sincera y asentí.
—Esa es mi chica —dijo Aron para luego darme un último beso corto en los labios. Me guiñó un ojo y, tras revolverme el cabello con delicadeza, salió de la habitación.
Escuchar el chasquido de la puerta al cerrarse dejó un vacío opresivo en el aire. Me quedé unos segundos de pie en el centro de la suite, asimilando el silencio. Pero la melancolía no tendría espacio para quedarse por mucho tiempo: las pasarelas, los eventos de Vogue y la vorágine de Milán ya nos estaban esperando.
La marcha de Aron dio paso a un ritmo frenético e implacable. La Semana de la Moda de Milán no esperaba por nadie, y el equipo de Rebeca funcionaba como una maquinaria de alta precisión. Como editora asociada de Vogue, mi responsabilidad era enorme: junto a Kate y Max, nos encargábamos de liderar la cobertura de las pasarelas más influyentes, coordinar las editoriales relámpago y asegurar que cada detalle mantuviera la excelencia de la revista.
El punto cumbre de la jornada llegó durante el desfile de una prestigiosa casa de moda italiana. El recinto estaba abarrotado por lo más selecto del mundo del espectáculo, diseñadores y figuras de la alta sociedad. Mientras conversaba con Rebeca, Kate y Max cerca de la zona VIP revisando unas escaletas de fotos, la llegada de una figura deslumbrante no pasó desapercibida para nadie.
Unos brazos me rodearon por los hombros desde atrás, seguidos de una risa delatadora que conocía a la perfección.
—¡Sabía que te encontraría por aquí, hermosa y sensual pelirroja! —exclamó Olivia con puro entusiasmo.
Al girarme, me encontré con el rostro radiante de Olivia, la famosa actriz y gran amiga de la banda. Llevaba un espectacular vestido de alta costura y sus gafas de sol sujetando su cabello. Nos abrazamos con verdadero cariño.