Todas las chicas que conozco tienen novio. Mis compañeras de la universidad, las vecinas del dormitorio, hasta la chica que me vende tteokbokki en la esquina. Todas.
Yo no.
Y no, no quiero terminar a los 40 rodeada de gatos, viendo dramas en Netflix y comiendo ramen instantáneo directo del bote. Aunque el ramen suene tentador.
Mi mamá me llama cada domingo para decirme lo mismo: “Rebeca, mija, elige con cuidado a quién le entregas el corazón. Un mal amor te marca para toda la vida”. Lo dice como si amar fuera meter la mano en una trituradora. ¿De verdad es tan grave? ¿Te deja deudas? ¿Te quita un riñón? Porque hasta ahora lo único que me ha quitado es la paciencia.
—¡Rebeca! —La puerta del aula se abrió de golpe e Ivette entró como si hubiera ganado la lotería—. ¡John se me declaró! ¡Le dije que sí! ¡Somos novios!
La miré. Ojos brillando, mejillas rojas, sonrisa de comercial de pasta dental. Estaba feliz. Feliz de verdad. Y yo me alegré por ella. En serio. Solo que… también me dieron ganas de tirarme por la ventana del tercer piso.
Porque seamos honestas: soy la única a la que el amor trata como si tuviera lepra. Llevo cuatro meses viviendo en Seúl y mi círculo social es un punto. Un punto llamado Ivette. Que es de Veracruz, igual que yo. No he hecho ni una sola amiga coreana. Ni una. Mi coreano es decente, mi expediente es impecable, pero parece que tengo un letrero invisible que dice: “No te acerques, esta está salada”.
—Ya, cállense todos. Tomen asiento —ordené, golpeando el escritorio con la lista de asistencia. Ser capitana del aula es el peor castigo inventado por la Universidad de Yonsei. La profesora Kim otra vez no vino, así que me toca a mí recoger los 30 ensayos de Literatura Moderna y fingir que me importa quién escribió qué sobre Han Kang.
Dejé mi mochila en el escritorio y saqué la carpeta. El salón por fin se calló. Todos menos Minho, que seguía tirándole bolitas de papel a Jisoo. Lo fulminé con la mirada.
—¿Rebeca Collins? —La voz vino de la puerta. Grave. Nueva.
Levanté la vista.
Un chico. Alto. Uniforme de la universidad pero con la chaqueta abierta, camisa por fuera. Pelo negro, medio despeinado, como si acabara de bajarse de una moto. Y me estaba mirando directo a mí, con una media sonrisa que no supe leer.
El salón entero se giró.
—Sí —contesté, enderezándome—. Soy yo. ¿Se te perdió algo?
Él dio dos pasos dentro del aula. No pidió permiso. No parecía que lo necesitara.
—Me dijeron que tú tienes los ensayos de la profesora Kim —dijo. Su coreano era perfecto, pero había algo en la forma de arrastrar las vocales—. Vengo a entregar el mío. Tarde.
Ivette me dio un codazo por debajo de la mesa. _Cállate_, le dije con la mirada.
Dejé la carpeta sobre el escritorio y crucé los brazos.
—Nombre —pedí. Porque capitana o no, aquí las reglas las pongo yo.
Él ladeó la cabeza. La sonrisa se hizo más grande.
—Jimin —contestó—. Park Jimin.
Y ahí fue cuando el estómago se me cayó a los pies. Porque ese nombre sí lo conocía.
De los rumores. De los contratos. De la razón por la que mi mamá me dijo: “Nunca te metas con un Park, mija. Nunca”