—¿A qué te refieres? —La voz me salió más aguda de lo que quería—. ¿Tener cuidado de qué?
Soo Hyun miró hacia la mesa donde Lisa le estaba sirviendo jugo a Jimin como si fuera un rey. Bajó la voz.
—Jimin… tiene mala fama —dijo—. De la que no sale en Instagram.
_Mala fama._ Las dos palabras se me quedaron rebotando en el cráneo todo el día. Ni las derivadas de la clase de cálculo pudieron sacarlas.
¿Mala fama? ¿Por eso se salió de la Academia Dream? ¿Lo expulsaron? Pero si parece un cachorro mojado. Aunque… también parecía inofensivo cuando dijo que yo sería su tutora sin preguntarme.
Mejor mantener la distancia. Regla nueva de vida.
Salí de la escuela como si me persiguiera la SAT. Doblé tres calles de más para evitar la avenida principal. Ya casi llegaba al edificio cuando escuché:
—Hola, Rebeca. —Me alegra verte. Mucho.
Me giré tan rápido que casi me tuerzo el cuello. Jimin. Con el uniforme de Yonsei High ahora, mochila al hombro, parado en la entrada de _mi_ edificio. De mi edificio.
—¿Tu… tu casa queda cerca de aquí? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Solo los inquilinos pueden pasar esa puerta.
—Ji… min —logré decir—. ¿Tú qué haces aquí?
Él ladeó la cabeza. La misma media sonrisa de la mañana, pero ahora no tenía público.
—Me mudé. Con mi madre —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Es… complicado volver a empezar.
_Ya veo._ Claro que es complicado. Especialmente cuando tu apellido es Park y tu madre es la mujer del contrato que firmé a los 17. _El_ contrato. El que dice que en tres meses seré su nuera si no logro cancelarlo.
El estómago se me fue al suelo. Otra vez.
—Ah. Bueno. Qué… coincidencia —mentí fatal—. Tengo que hacer unas compras. Nos vemos luego.
Me metí a la tienda de conveniencia de la esquina sin comprar nada. Solo para respirar. _Buena excusa, Rebeca Collins. Buena excusa. Pero no vas a escapar._
Y como el universo me odia, me odia de verdad, olvidé entregar el recibo de la renta.
Horas más tarde. 8:47 PM. Tocando la puerta del 3B.
La puerta se abrió y ahí estaba ella. Señora Park. Traje sastre aunque eran las 9 de la noche. Perfume caro. Sonrisa que no llega a los ojos.
—Rebeca —dijo, como si me esperara—. Estaba a punto de llamarte. Parece que tenemos telepatía.
_Sí, claro. Telepatía. Y yo soy la Reina de Inglaterra._
—Buenas noches, señora Park —le extendí el recibo—. Le traigo el de la renta. ¿Todo bien con las instalaciones? Cualquier cosa me dice. Para eso estoy.
Ella lo tomó sin verlo. —Todo perfecto, querida. Aunque el calentador del segundo baño… —Hablamos dos minutos de tuberías. Yo asentía. Ella evaluaba. Como si yo fuera otro contrato.
—Mamá, ¿dónde dejaste mi uniforme? —La voz salió de una de las habitaciones.
Se me heló la sangre.
Jimin apareció en el marco de la puerta, en pants y camiseta. Pelo húmedo. Descalzo. Parecía humano. Parecía de 18. No el hijo de la mujer que me quiere amarrar a su familia por papeles.
—Rebeca, él es mi hijo. Park Jimin —dijo la señora Park, con esa calma que da miedo.
—S… su hijo —repetí. Como si no lo supiera. Como si no hubiera leído su nombre cien veces en el anexo 4B del contrato.
—Jimin, ven acá. No seas tímido, saluda —ordenó ella.
Él dio dos pasos. Se paró a un metro de mí. Olía a jabón y a problemas.
—Es bueno verte de nuevo, casera —dijo. Y lo dijo con una intención que me puso la piel de gallina.
_Así que Rebeca es la casera._ Claro que lo sabía. Claro que todo esto estaba planeado.
—Bueno, me tengo que retirar —me giré hacia la puerta—. Que pasen bonita noche.
—Espera, te acompaño a casa —soltó Jimin—. Ya es tarde.
—No hace falta —dije rápido.
—Insisto —dijo la señora Park. No era sugerencia—. Jimin, acompaña a la señorita Collins. Asegúrate de que llegue bien.
Y así terminé caminando con Park Jimin a las 9 de la noche, con la mujer del contrato mirándonos desde la puerta como si acabara de cerrar un trato.
Caminamos en silencio dos calles. El único sonido eran nuestros pasos y mi corazón intentando salirse del pecho.
—¿Vives sola? —preguntó de repente.
Me tensé. _Por qué la pregunta. Sabes perfectamente dónde vivo. Sabes quién soy._
—Sí —contesté corta. Movimientos de defensa personal: activados.
—¿Tus padres…?
—Se divorciaron hace siete años —lo corté. No iba a darle mi historia—. Mi mamá es florista. Mi papá… no sé ni dónde está. Ni me importa.
Mentira. Está en Tijuana, haciéndose más rico que nunca con negocios que prefiero no preguntar. Pero eso no se lo iba a decir a un Park.
Jimin asintió. Y luego, sin contexto, sin anestesia, soltó:
—Mi padre murió hace dos años.
Me tropecé con mis propios pies.
—Su muerte fue lo mejor que me ha pasado —continuó, mirando al frente. Voz plana. Como si hablara del clima.
El aire se volvió hielo.
—Él nos maltrataba —siguió—. A mi madre y a mí. Solía pegarnos hasta dejarnos inconscientes.
Paré en seco.
_El anexo 4B. La foto granulada. El moretón. La fecha._
Ahora tenía cara. Tenía voz. Y estaba caminando a mi lado.
—Jimin, ya llegamos a mi casa —dije, señalando mi edificio con una mano que no me temblaba porque me la estaba enterrando las uñas—. Nos vemos en la escuela.
No esperé respuesta. Metí la llave. Entré. Puse tres seguros.
Y me recargué en la puerta, intentando respirar.
Esa fue la conversación más rara de mi vida.
Y también la más honesta.
Porque ahora entendía dos cosas:
Uno: Por qué Soo Hyun me dijo _“ten cuidado con Park Jimin”_.
Dos: Por qué la señora Park me quiere en su familia.
No por Jimin.
Sino por lo que Jimin sobrevivió.
Y por lo que yo firmé sin leer.