Novio en renta | Park Jimin |

◑﹏◐Park Jimin, mi opción ¯\_(ツ)_/¯

No dormí.

Cada vez que cierro los ojos veo a Jimin diciendo _“Mi padre nos pegaba hasta dejarnos inconscientes”_ con la misma calma con la que yo pido un café. Cada vez estoy más segura: Jimin no es raro. Jimin es peligroso. Y siento que me vigila.

Aunque una parte idiota de mí quiere creer que solo estaba siendo honesto. Que quería que viera quién es de verdad.

Mi familia tampoco ayuda. ¿A quién se le ocurre tocar la puerta a las seis de la madrugada?

Bajé arrastrando las pantuflas y el mal humor.

—Señorita Rebeca, gusto en verla —dijo el chofer de mi abuela, sombrero en mano—. Su abuela ha convocado una junta de última hora. Requiere su presencia inmediata.

Y aquí voy. Cruzando media Seúl a las 6:30 AM, con ojeras y sin café, porque la matriarca de los Kallings chasquea los dedos y todos corremos.

Hace dos años que no veo a mi abuela en persona. Solo espero que Andrew no esté allí. Andrew es mi medio hermano. Y “no estamos en buenos términos” es decir poco. Nos odiamos desde que su mamá intentó meterlo al testamento como _“hijo legítimo”_ cuando mi papá ni siquiera se había divorciado de mi mamá.

Esto tiene que apuntar a lo del testamento del abuelo. El Grupo Kallings. Cadenas hoteleras, bienes raíces, medio Gangnam. Mi abuelo siempre dijo que yo era la única nieta legítima. Espero que eso me dé ventaja. Aunque con mi suerte, lo dudo.

La mansión Kallings sigue igual: blanca, gigante, y fría como mi ex-madrastra. En la entrada ya estaban todos.

Andrew. Con traje de tres piezas a las 7 AM, porque obvio.
Su esposa, Vanessa, colgada de su brazo con una sonrisa de tiburón.
Rachel, mi prima. La única que me cae medio bien, aunque es más fría que el aire acondicionado de este lugar.

Somos los únicos nietos. Una cuna de lobos con corbatas caras.

Pasé de largo. Ignoré a Andrew. Ignoré a Vanessa. Por suerte a ella no la dejaron entrar a la sala. _Solo sangre Kallings_, dijo el guardia. Primer punto para la abuela.

La abuela Eleanor estaba en la cabecera de la mesa. 78 años, espalda recta, mirada de francotiradora. No se levantó.

—Están aquí para saber cómo elegiré al heredero del Grupo —dijo, sin preámbulos. Su voz cortaba el mármol—. Su abuelo dejó instrucciones muy claras antes de morir: el heredero o heredera tiene que tener una pareja. Él siempre decía que _dos cabezas piensan mejor que una_. Así que estaré observando no solo a ustedes, sino también a sus esposos, esposas, novios o novias.

El silencio cayó como un piano.

¿Perdón? ¿Pareja? Yo no tengo ni planta. ¿Con quién voy a llegar? ¿Con mi almohada?

—Abuela, con todo respeto, pero ¿no cree que es injusto? —Rachel fue la primera en hablar. Dejó su té intacto sobre la mesa—. No pienso seguir esas reglas. Renuncio al puesto. Jamás he considerado casarme.

La abuela ni parpadeó. —Anotado, Rachel. Puedes retirarte.

Rachel se levantó, me dedicó una mirada de _suerte con estos psicópatas_, y se fue.

Y así, quedamos dos: Andrew y yo. El hijo del engaño y la nieta legítima sin novio.

Salí de la mansión con la cabeza a mil. ¿Cómo compito contra Andrew? El tipo tiene esposa, contactos, y la moral de una serpiente. Yo tengo… deudas de la universidad y a Ivette como única amiga.

—Rebeca —la voz de Andrew me detuvo en las escaleras—. Ya está claro quién ganará, ¿no? Tú no tienes novio. ¿O sí?

El veneno en su tono me hizo responder antes de pensar.

—Claro que tengo uno —solté. Presipitada. Estúpida. Suicida.

Andrew alzó una ceja. Vanessa sonrió como si ya hubiera ganado.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es su nombre? —preguntó él, con esa insolencia de niño rico que nunca ha escuchado un _no_.

—Su… ¿nombre? —La boca se me secó. La mente se me puso en blanco. Todos los nombres del mundo desaparecieron. Todos menos uno. El que no debía decir. El que me tiene con pesadillas desde anoche.

—Park Jimin —dije.

Silencio.

Porque de todos los chicos en Seúl, en Corea, en el planeta, dije _su_ nombre. Estoy frita. Completamente frita.

Andrew se quedó helado un segundo. Luego su sonrisa se volvió más grande. Más cruel.

—Jimin —repitió, saboreando el nombre—. Ya veo. Qué… interesante elección, hermanita.

La abuela apareció en el marco de la puerta. Había escuchado todo. Claro que sí.

—Park Jimin —dijo, asintiendo lento—. Quiero conocerlo. Le diré a mi secretario que agende una cena. Esta semana.

Una cena. Con mi abuela. Con Andrew. Con Jimin.

Esto escaló de _mala idea_ a _entierro con violines_ en 0.2 segundos.

Oscar, el chofer, me abrió la puerta del auto sin decir nada. Me dejé caer en el asiento como si me hubieran disparado.

—Señorita, ¿cómo piensa ganar? —preguntó cuando arrancó—. Usted no tiene novio.

Oscar me conoce desde los 10. Sabe todo. Mentirle es perder energía.

—No lo sé —admití, masajeándome las sienes—. Esto me frustra. No tengo tiempo, no tengo opciones, y ahora tengo que fingir un noviazgo con el chico más peligroso de Seúl.

—Park Jimin —dijo Oscar, mirándome por el retrovisor—. ¿Lo conoce?

—Sí —suspiré—. Pero ¿qué cambia con conocerlo? No va a aceptar ser mi novio de la noche a la mañana. Tener sentimientos por alguien conlleva tiempo. Confianza. Y yo no confío en él. Ni él en mí.

Oscar guardó silencio un semáforo entero. Luego dijo:

—Tiene razón. Pero hay otra salida. Quizá acepte… si le paga. Ya sabe. Un romance falso. Un contrato.

Levanté la cabeza de golpe.

¿Un contrato?

Con Park Jimin.

Otro contrato.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que pensé que iba a vomitar.

—¿Romance falso? —repetí, y la palabra me supo a pólvora.

Porque yo ya firmé uno.

Hace tres meses.

Con su mamá.

Y ahora tendría que firmarle otro.

A él.



#77 en Fanfic
#2758 en Novela romántica

En el texto hay: amor, bts, jimin

Editado: 06.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.