¿Romance falso?
Esto es cada vez más frustrante. Andrew ya me envió la fecha de la cena: cinco días. Cinco. Ni una semana para fabricarme un novio creíble. No será fácil convencer a mi medio hermano. Y mucho menos a mi abuela.
¿Cómo se supone que Jimin sea mi novio si ni siquiera sé cuántos años tiene? ¿18? ¿19? ¿25? Con los Park nunca se sabe. Podría tener un doctorado y tres empresas, por lo que sé.
Tengo tantas cosas en la cabeza que el apetito se me fue. Mejor voy al instituto. Aire. Distracción. Algo.
Abrí la puerta de mi departamento y…
—Hola. ¿Estás bien? No fuiste a clases ayer —dijo una voz detrás de mí.
Casi me da un infarto.
—Ji… Min —logré decir, llevándome una mano al pecho—. Ah, sí. Estoy bien.
¿Qué hace aquí? ¿Otra vez? Miré por encima de su hombro hacia la calle. Y ahí estaba. Auto negro, vidrios polarizados, estacionado frente al edificio desde hace veinte minutos. Andrew.
_Cree que soy tan tonta para no darme cuenta._
—Podemos… ¿podemos ir juntos al instituto? —pregunté, bajando la voz. Sonreí. La sonrisa más falsa de mi vida—. Por favor.
Jimin me estudió un segundo. Esa mirada suya que no sé si es de aburrimiento o de rayos X.
—Está bien —dijo al fin, metiendo las manos en los bolsillos—. En realidad mi madre insiste en que te acompañe.
_Tu madre. Claro. La señora del contrato. La que me quiere de nuera en tres meses._
—No tengo ningún interés en ella —añadió él, como si me leyera la mente.
Ya. Seguro.
Empezamos a caminar. El silencio era peor que los gritos. Necesitaba un tema. Cualquiera.
—Y la señora Park, ¿cómo está? —solté. Lo primero que se me ocurrió.
—Trabajando —contestó, sin mirarme—. En la cafetería.
¿Cafetería? ¿La mujer que viste de Chanel tiene una cafetería? Anotado: mentira número uno.
El nervio me ganó. La lengua se me soltó antes que el cerebro.
—¿Tienes novia?
Me quise morir ahí mismo. _¿Por qué dije eso? Tierra, trágame. Ahora._
Vi cómo Jimin bajaba la vista a mis manos. Me las estaba retorciendo. Seguro sudaba como si corriera un maratón.
—No —dijo. Seco—. Y no estoy interesado en tener una. O por lo menos… tendría que llenar mis requisitos.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Requisitos? ¿De qué hablas?
Jimin suspiró. Por primera vez no sonó a robot. Sonó a chico de 18 años con demasiado peso encima.
—El amor es complicado —dijo, pateando una piedrita—. Y aunque me gusta alguien… ella no cumple mis expectativas. Mi madre sufrió mucho por causa de mi padre. Hasta cierto punto me da miedo ser como él. Quiero encontrar a la persona indicada. Alguien con quien tenga la seguridad que necesito. Y si alguien quiere ser mi novia… tiene que ser aprobada por mi madre.
Parpadeé.
—¿Por tu madre? —repetí. Como disco rayado.
_Esto será más complicado aún._ No solo tengo que fingir que es mi novio. Tengo que lograr que su mamá, la misma que me hizo firmar un contrato matrimonial, apruebe la mentira.
Jimin se detuvo. Me miró directo. Y sin piedad, remató:
—Por cierto, te lo dejo claro. No me gustas. Solo soy cortés.
Y empezó a caminar más rápido, dejándome atrás con la boca abierta y el orgullo en el suelo.
_No me gustas. Solo soy cortés._
Perfecto.
Ahora tengo cinco días para convencer al chico que no me soporta de fingir que me ama, frente a la familia que me odia, para salvar una herencia que no pedí, y todo mientras evito el contrato real que firmé con su madre.
¿Qué podría salir mal?