—¿Está enferma? —dije en voz baja, sin poder apartar los ojos del papel—. Estos exámenes son del Hospital Rexin.
Vi cómo Rebeca levantaba otro folio del suelo y empezaba a leer. Mi estómago se hundió.
—Disculpa, dame eso —le pedí, extendiendo la mano. _Ella no debe saber. Podría decírselo a Jimin._
Rebeca no me lo devolvió. Sus ojos recorrían las líneas demasiado rápido para ser casualidad.
—Señora Park, disculpe el atrevimiento, pero… estos papeles son los resultados de una biopsia —dijo, alzando la vista—. Y el Hospital Rexin solo atiende a mujeres. Ginecología. Oncología.
Intenté mantener la cara de piedra.
—Por favor, Rebeca, solo son exámenes de rutina. No tienen importancia —mentí, desviando la mirada hacia la cocina.
—Tiene cáncer, ¿verdad? —insistió ella, dando un paso hacia mí—. ¿En qué etapa está?
—Vamos, comencemos a cocinar —dije, ignorándola. Abrí el refrigerador aunque no tenía hambre.
—¿Es grave?
Su voz no era de chismosa. Era de alguien que ya había perdido a alguien. Eso me rompió.
Suspiré. Dejé la puerta del refrigerador abierta. El frío me golpeó las piernas.
—Grado 2. HER2 positivo, ER positivo, PR positivo. Etapa IB —solté de una. Cada palabra sabía a metal.
Escuché cómo Rebeca tomaba aire. Cuando la miré, no había morbo en su cara. Había una tristeza que reconocí: la misma que vi en el espejo hace seis meses.
—No esté triste —dijo, acercándose—. Todavía puede tratarlo. El Hospital Nacional de Seúl es el mejor. Puede recibir tratamiento allí. Tienen las tasas de supervivencia más altas del país.
Amarga. Me reí. Una risa seca, rota.
—Es que no lo entiendes, Rebeca —negué con la cabeza—. No puedo pagar esos tratamientos. ¿Sabes lo que cuesta una ronda de quimio dirigida? ¿Las inmunoterapias? Millones. Por sesión. No gastare dinero en eso.
Se quedó callada un segundo. Luego susurró:
—Pero… ¿y Jimin lo sabe?
La pregunta me cayó como un balde de agua helada. _Lo que sería una cena amigable se convirtió en la noche que marcaría su vida. Y la mía._
—No —contesté, cortante—. Él no sabe nada. Y por favor, Rebeca, te lo ruego… no le digas nada.
Me tembló la voz. Odio que me tiemble.
—Él ya tiene suficientes cargas —continué—. Si se entera, dejará la universidad. Dejará sus negocios. Se va a enterrar vivo intentando salvarme. Y no quiero ser una carga más. No para él. No después de todo lo que ya vivió.
No sé en qué momento mis rodillas cedieron. Solo sé que, cuando parpadeé, ya estaba en el suelo. Frente a ella.
_Yo. Hae-Won Park. Arrodillada._
—Señora Park, tranquila —Rebeca se agachó al instante y tomó mis manos. Las suyas estaban frías, pero firmes—. Le juro que no le diré nada a su hijo. Y aun así, estoy segura de que usted nunca sería una carga para Jimin. Jamás. Pero tiene que recibir tratamiento. No puede dejar pasar más tiempo.
Negué, las lágrimas ya sin permiso.
—Aunque quisiera, no puedo —susurré—. Mi sueldo no me alcanza ni para la primera consulta. Jimin tiene sus negocios, sus ahorros… pero ha trabajado como un condenado desde los 15 para tener algo propio. No voy a dejar que invierta cada won en mantener viva a su madre. No voy a hacerle eso.
Rebeca me apretó las manos. Y entonces alzó la cara. Y por primera vez vi a la nieta de los Kallings, no a la chica que le hace ramen a mi hijo.
—Señora Park, míreme a los ojos —dijo, con una autoridad que no era de chica de 18—. Usted va a recibir ese tratamiento. Y yo voy a ayudarla con los gastos.
Me reí, esta vez con incredulidad.
—Pero Rebeca, no digas tonterías. Solo eres una estudiante. ¿Con qué dinero?
Ella se puso de pie. Me ayudó a levantarme. Y sonrió. No la sonrisa tímida del instituto. La sonrisa Kallings. La que sale en Forbes.
—Soy Rebeca Collins —dijo—. Y todo Seúl sabe que el apellido Collins hace milagros.
Me quedé helada.
—¿Collins? ¿Hablas en serio? —_¿Cómo puede esta jovencita ser de esa familia? ¿La heredera legítima?_
Rebeca ya tenía el teléfono en la mano. Marcó sin dudar.
—Doctor Shao Yu Han —dijo, en un coreano perfecto y cortante—. Habla Rebeca Collins. Necesito registrar a una paciente nueva en Oncología. Sí, prioridad uno. Hae-Won Park. Mi futura… —se detuvo un segundo, me miró— …mi familia política.
Colgó a los dos minutos.
—Su cita es mañana a primera hora. 7 AM. Un auto las recoge a las 6:30 —guardó el teléfono y me miró fijo—. Gastaré hasta el último centavo en su tratamiento, señora Park.
El alivio me pegó tan fuerte que casi me vuelvo a caer. Pero entonces ella añadió, bajando la voz:
—Pero quiero algo a cambio.
El estómago se me volvió a cerrar.
_Ahí está. Los Kallings nunca dan nada gratis._
—¿Qué… qué quieres, Rebeca? —pregunté.