—Quiero algo a cambio —dije, y mi voz no tembló.
_Probablemente esta sea mi única oportunidad para lograr mi objetivo. Cinco días. Una cena. Andrew riéndose en mi cara si llego sola._
La señora Park me miró, con esos ojos que ya no eran de empresaria, sino de madre enferma que acaba de recibir una esperanza.
—Claro, pide lo que quieras —contestó, casi sin aliento—. Será mi manera de agradecer lo que haces por mí. Por darme una oportunidad más.
Respiré hondo. Aquí vamos.
—¡Quiero a Park Jimin! —solté.
El silencio fue tan denso que escuché el reloj de la cocina.
—¿Mi hijo? —dijo ella, como si no hubiera entendido. Como si _Jimin_ y _querer_ no pudieran ir en la misma frase.
Decidí dejar de temblar. Seré más directa. Más Kallings.
—Seré clara y precisa, señora Park —la miré fijo—. Quiero que él sea mi novio.
Ella retrocedió un paso. Literal. Como si la hubiera abofeteado.
—Pero… no puedo obligar a mi hijo a amar a alguien —negó, rápido—. ¿Puedes pedir otra cosa? Cualquier cosa. Dinero. Contactos. Una beca. Lo que sea.
Me miró con una esperanza rota, rogando que yo cediera.
Negué con la cabeza. Lento. Seguro.
—No acepto un no por respuesta —dije. Y me dolió decirlo, pero más me dolía perderlo todo—. Usted dijo que podía pedir lo que quisiera. Lo siento, pero no puedo darle más opciones.
La señora Park cerró los ojos. Cuando los abrió, había una tristeza ahí que pesaba toneladas.
—Yo… yo no puedo —susurró—. Temo que tendré que rechazar tu propuesta. Jimin es mi hijo. Mi único hijo. Y él es libre de amar a quien quiera. No puedo… no debo influir en sus sentimientos. No después de todo lo que le hizo su padre. El amor del contrato debia surgir de forma natural.
_No después de todo lo que le hizo su padre._ Ahí estaba. El anexo 4B otra vez.
Di un paso hacia ella. Bajé la voz. Esto ya no era chantaje. Era ajedrez.
—Sí que puede, señora Park —dije—. Jimin tiene una perspectiva diferente sobre amar. Él mismo me lo dijo esta mañana. Cito: _“Si alguien quiere ser mi novia, tiene que ser aprobada por mi madre”_.
Ella se quedó inmóvil.
—Además —continué, jugando mi última carta—, estamos hablando de su vida. Y la vida es lo más valioso, ¿no lo cree? La suya. La de él. La mía, si pierdo la herencia y termino en la calle.
_Jimin solo aceptará a alguien si yo lo apruebo._
La vi procesarlo. Vi la guerra en su cara: la madre que quiere que su hijo elija, contra la mujer que se está muriendo y acaba de recibir un milagro con condiciones.
Suspiró. Un suspiro que le vació los pulmones.
—Está bien —dijo al fin. Derrotada. Humana—. Hablaré con él. Pero, Rebeca… si él no reacciona de buena manera, si te rechaza, no podré hacer nada al respecto. No lo voy a forzar. No seré como _él_.
Asentí. Una victoria a medias es mejor que una derrota completa.
—No se preocupe —le aseguré, y hasta sonreí—. Él actuará rápido. Jimin quiere que usted sea feliz. Y si usted le dice que yo la hago feliz… él va a escuchar.
La señora Park me miró largo. Y entonces vi algo cambiar en sus ojos. Ya no era gratitud. Era cálculo. Era una Park.
—Quiero mucho a mi hijo —dijo, despacio—. Y por eso… quiero algo más.
El estómago se me fue al suelo por tercera vez en una hora.
_Claro. Los Kallings no son los únicos que no dan nada gratis._
—¿Qué cosa? —pregunté, tragando saliva.