—¿Mochis? —Jimin alzó una ceja, sosteniendo uno entre el índice y el pulgar como si fuera evidencia de un crimen.
—Si no los quieres, devuélvelos —solté, cruzándome de brazos. _Maldito orgullo Kallings._
—Cuando regalas algo no puedes pedirlo de vuelta —dijo él, y sin pedir permiso se llevó uno a la boca—. Yo puedo hacer lo que quiera con ellos. Incluso tirarlos a la basura. ¿Los compraste?
Masticó. Lento. Evaluándome a mí, no al mochi.
—Claro que no —respondí, ofendida—. Yo los hice.
Jimin se detuvo a medio masticar.
—¿Y estás segura de que son totalmente comestibles? —bromeó, pero sus ojos no reían.
—Pues si amaneces vivo mañana, sí —le sonreí, falsa dulzura—.
Él tragó. Y luego sonrió. Una de verdad. Pequeña. Peligrosa.
—Entonces moriré feliz —dijo.
_Bueno, a decir verdad, nunca había visto ese lado de él._ Tenía razón la señora Park. Jimin es como un mochi: es tierno por fuera, pero si no tienes cuidado, te puede matar. [Para los que no saben: si no se mastica bien, la masa pegajosa se atasca en la garganta y puede provocar asfixia]. Además… tiene unos cachetes regordetes cuando come. _Concéntrate, Rebeca._
—Te dejaré quedarte con la caja —dije, recuperando el aire—. Solo si me prometes algo.
—Esto fue un regalo —contestó, limpiándose una esquina de la boca con el pulgar—. No puedes poner condiciones.
Le lancé mi mirada fulminante. La que usaba en las juntas cuando Andrew intentaba robarme una idea.
Jimin suspiró. Derrotado. _Por ahora._
—Está bien —cedió—. ¿Qué es lo que quieres?
—Que tengamos otra cita —solté, directo a la yugular—. ¿Aceptas?
Y entonces… me ignoró.
Se levantó, fue a la barra que él mismo estaba atendiendo y empezó a preparar algo. _Odio a ese tipo de personas que se hacen de oídos sordos._
Regresó con una taza humeante. La puso frente a mí.
—Ten, esta es tu bebida —dijo—. Te daré una respuesta después de que tomes esto.
—¿Qué es? —pregunté, desconfiada.
No dijo nada. Solo hizo una señal con la barbilla: _bebe_.
_Bueno, el color es bonito_, pensé. _Rosa pálido, con espuma de leche dibujada en forma de luna. Realmente tengo que acabarlo si quiero su respuesta. Estoy a punto de estallar._
Tomé un sorbo.
El sabor me golpeó. Dulce, cremoso, con un toque de fresa y algo más… ¿vainilla? ¿Condensada?
¿Cómo puede esto saber tan rico?
Tomé otro sorbo. Más grande.
_Es adictivo._
—Por lo que veo, te gusta —dijo Jimin, apoyado en la mesa, estudiando mi cara como si fuera un experimento.
—Amm, no está mal —mentí, dejando la taza con calma fingida.
—¿Y? ¿Te gusta? —insistió, inclinándose.
—Si tanto insistes en saberlo… claro que sí —admití, rodando los ojos—. Aunque me gustan más las bebidas amargas.
Jimin se quedó quieto. Luego negó con la cabeza, una sonrisa torcida en los labios.
—No hablo del café, Collins —dijo, y señaló con la cabeza hacia la entrada—. Hablo de _ese_ hombre.
Me giré.
Y el corazón se me cayó a los pies.
Lucas. Parado en la puerta de Go Express, con una rosa en la mano y cara de _“vine a arruinarte la vida”_.