—¿Aceptas mi corazón? —preguntó Jimin, con las peonías temblando en su mano.
—Sí —dije. De forma tímida. _Mentira ensayada._
Jimin tomó suavemente la mano de Rebeca para colocar el anillo en el dedo anular izquierdo de ella. _Este significa que ella le pertenece._
—Es lindo —miré el anillo, forzando una sonrisa—. Encaja muy bien en mis manos.
—Rebe, escucha —su voz se volvió grave—. Nunca lo pierdas y asegúrate de llevarlo siempre, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo —sonreí. _Otra mentira._
_Es un bonito detalle. Los anillos son lindos. Nunca creí llegar a este punto… pero será de ayuda. Para la herencia. Para Andrew._
—Fue difícil encontrar un anillo —confesó Jimin, mirando el mío—. Así que decidí no comprar ninguno. Pero este es único por un defecto de fábrica. Aquel defecto lo distingue y lo hace único. Quizá te preguntes por qué te di algo así…
—Creo que es porque nadie es perfecto… —completé, bajito.
—Sí —asintió, y sus ojos no eran de novio. Eran de niño herido—. Pero eso nos hace únicos. Con el tiempo entenderás bien a ese anillo y verás que es como yo.
—¿El anillo es como tú? —pregunté, sintiendo el metal frío.
—Sé paciente y deja que el tiempo lo diga —se tocó su propia mano. Vacía—. En cuanto a mi anillo, lo llevaré siempre. Tal y como lo prometimos. —Tomemos algunas fotos para recordar este momento.
_Acepto el anillo. Realmente lo acepto…_
*Flashback*
—Jimin, hoy cumpliste la mayoría de edad —dijo el abuelo Park, tendiéndole una cajita pequeña de madera—. Eso significa que tienes edad para cuidar de esto. ¿Qué esperas? Ábrelo.
—Es… es el anillo de mi… —Jimin no pudo terminar.
—De tu abuela, sí —el abuelo asintió, solemne—. Eres mi único nieto. Esto te pertenece. Se lo darás a esa persona con la que deseas vivir para siempre. Es muy valioso. Ha estado por muchas décadas en la familia Park. Es un anillo que te ayudará a identificar a una buena chica. Si lo rechaza, no es la indicada.
*Fin del Flashback*
Observé por mucho tiempo este anillo y comprendí por qué alguien lo rechazaría a primera vista. Tiene una pequeña fisura en el diamante. Un defecto. _Pero ella no se fijó en eso._
_Ella. Yo. La mentirosa que dijo que sí por una herencia._
—Parece que se está enfriando —señalé la comida, para romper el silencio.
*Horas más tarde…*
—Llegamos —Jimin apagó el motor frente a mi casa—. Descansa, que mañana necesitarás fuerzas para enfrentar nuestro castigo —se rió, bajito.
—Ni lo recuerdes —me bajé rápido, con el anillo pesándome como grillete.
—¡Rebeca! ¿Dónde has estado? —gritó una voz.
Jo Se Rim. Parada en mi portal, con los brazos cruzados y cara de _“te voy a matar”_.
—Jo Se Rim… ahh, olvidé que vendrías —mentí. Otra vez.
—No mientas —bufó—. Te mandé muchos mensajes y te llamé unas mil veces como mínimo.
—Se Rim, entiende —suspiré—. Sabes que no deseaba verte. No te odio a ti, solo que… hablemos dentro. Estás helada. —me giré hacia el auto—. Jimin, nos vemos mañana, ¿sí?
—Está bien —contestó él—. Paso por ti a las siete.
*Dentro de la casa…*
—El viernes… —Se Rim apretó los puños—. El viernes ya no serás Collins.
—No me lo recuerdes —me quité los tacones. _Dios, dolía_—. Sabes que de ese día en adelante no te conozco a ti ni a la señora Jo. No tendrás que verme si así lo deseas, Se Rim.
—¿Estás bien con eso? —su voz se quebró.
Me giré. El anillo brilló bajo la luz. Defectuoso. Maldito.
—No tengo la culpa de que tu padre y mi madre se enamoraran —dije, y cada palabra fue hielo.
Y así, con un anillo de 100 años en mi dedo y una hermanastra en la sala, entendí algo:
_El defecto de fábrica no era del anillo._
_Era mío._