Hay días en los que uno debería quedarse en casa.
No porque estés enfermo. Ni porque tengas algo importante que hacer. Simplemente porque, por alguna razón que no puedes explicar, sientes que salir de tu cama va a terminar siendo una pésima decisión.
Ese día tuve exactamente esa sensación.
Y, por supuesto, la ignoré.
Porque era martes y tenía clases.
Y porque aparentemente en la universidad todavía existía esa maravillosa tradición de poner Matemáticas a primera hora de la mañana, como si los profesores estuvieran convencidos de que nuestro cerebro funcionaba antes de las ocho.
No funcionaba.
El mío, al menos, no.
Llegué diez minutos tarde.
Diez.
No era suficiente para que me expulsaran de la clase, pero sí para entrar con esa vergüenza absurda de saber que treinta personas iban a girarse para mirarte como si acabaras de cometer un crimen.
Empujé la puerta del salón despacio.
Demasiado despacio, pero el chirrido de la puerta sin engrasar delato que llegaba tarde.
_Llegas tarde -dijo el profesor sin siquiera levantar la mirada de su computadora.
Perfecto. Ni siquiera había terminado de entrar y ya estaba siendo humillado.
_Lo sé.
Algunas risas se escucharon al fondo.
Ignoré todas.
O al menos fingí hacerlo.
Caminé entre los pupitres con la mochila colgada de un solo hombro, intentando encontrar un lugar vacío mientras el profesor continuaba explicando algo relacionado con funciones que, honestamente, no me interesaban en absoluto.
Entonces lo vi.
El único asiento libre estaba al fondo.
Junto a Jeremías. Genial.
De todos los lugares posibles.
Jeremías levantó la mirada cuando me acerqué y apartó su mochila del asiento.
_Pensé que hoy sí ibas a llegar a tiempo.
_Yo también.
_ ¿Qué pasó?
_Mi alarma.
_ ¿Otra vez?
_No empieces.
Sonrió. Ese era Jeremías.
Siempre sonriendo de las desgracias de los demás.
Dejé la mochila en el suelo y me senté.
_ ¿Qué estamos viendo?
_Algo que deberías saber si hubieras llegado a tiempo.
_Gracias por tu apoyo.
_Para eso están los amigos.
Le lancé una mirada.
Él soltó una pequeña risa y volvió a mirar hacia el pizarrón.
Yo hice lo mismo, intenté concentrarme.
De verdad lo intenté.
Pero cinco minutos después mi celular vibró dentro del bolsillo.
Una y otra vez.
Lo saqué debajo de la mesa y vi el mensaje de mi novia apenas encendí la pantalla.
--Amor ❤️: ¿Dónde estás? --
Sonreí sin querer y tecleé lo más rápido que pude.
--En clase. Llegué tarde. --
La respuesta apareció casi inmediatamente.
--Te extraño. --
Y ahí estaba otra vez esa sensación, esa seguridad absurda de que todo estaba bien, de que yo tenía exactamente la vida que quería.
Una novia que decía quererme.
Un mejor amigo que llevaba años soportándome.
Una carrera que, aunque a veces odiaba, había elegido.
Y una vida bastante normal.
No sabía que, en realidad, estaba a unos cuantos días de perder la primera de esas cosas.
Tampoco sabía que la segunda estaba a punto de convertirse en algo que ninguno de los dos había planeado.
Mucho menos que, meses después, iba a mirar hacia atrás y preguntarme cómo diablos habíamos terminado así.
Porque todo empezó con una mentira.
Una bastante estúpida.
Una que ninguno de los dos pensó que duraría demasiado.
Y, sobre todo, una en la que existía una sola regla que jamás debíamos romper:
No enamorarnos.