Novio Por Venganza

CAPITULO II

La hora del almuerzo llegó antes de que pudiera entender una sola palabra de lo que el profesor había escrito en el pizarrón. Cuando finalmente sonó el timbre, el salón entero pareció recuperar la vida de golpe. Las sillas comenzaron a arrastrarse, las conversaciones se mezclaron unas con otras y, en cuestión de segundos, todos parecían tener mucha más energía que durante las dos horas anteriores.

Yo solo quería salir de ahí.

Apenas guardé mis cosas, Jeremías apareció a mi lado y me dio un pequeño golpe con el hombro.

—¿Sobreviviste?

—Apenas.

—Qué dramático.

—Tú no estabas prestando atención.

—Claro que sí.

Lo miré con incredulidad.

—Estabas jugando en el celular.

—Eso no significa que no estuviera escuchando.

—Estabas jugando un juego de carreras.

—Multitarea.

Solté una risa mientras me colgaba la mochila al hombro. Jeremías sonrió satisfecho, como si su único objetivo de la mañana hubiera sido conseguir que me riera al menos una vez.

Salimos del salón junto con el resto de los estudiantes. El pasillo estaba lleno de gente caminando en todas direcciones, algunos hablando a gritos, otros revisando sus celulares mientras avanzaban y unos cuantos intentando decidir dónde comer. Jeremías continuó molestándome durante todo el camino, haciendo comentarios sobre mi llegada tarde y asegurando que algún día el profesor terminaría cansándose de mí y me mandaría directamente a la dirección.

—Por cierto —dijo de repente—, ¿no tenías que encontrarte con tu novia?

Miré la hora en mi celular.

—Sí. Me está esperando.

—Entonces vete antes de que te haga otro drama por llegar tarde.

—No hace dramas.

Jeremías arqueó una ceja.

—Claro.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Jeremías.

—Gian.

—Hablas como si supieras algo.

—Yo siempre sé algo.

Negué con la cabeza y seguí caminando. Ya estaba acostumbrado a sus comentarios. Jeremías tenía esa forma de hablar que hacía difícil saber cuándo estaba bromeando y cuándo realmente quería decir algo. Y, cuando se trataba de mi relación, últimamente parecía tener demasiadas opiniones.

Nos despedimos cerca de las escaleras y tomé el camino hacia el lugar donde mi novia me había dicho que la esperara. No estaba demasiado lejos, así que no tardé mucho en llegar.

La vi antes de que ella me viera a mí.

Estaba de pie junto a una de las paredes del patio, hablando con alguien.

Al principio no le presté demasiada atención.

Hasta que reconocí al chico que estaba frente a ella.

Era uno de los estudiantes más conocidos de la institución. De esos que parecían conocer a todo el mundo, que siempre estaban rodeados de personas y que podían entrar a cualquier lugar sin que nadie les preguntara nada. Lo había visto varias veces, aunque nunca había tenido una conversación con él.

Me detuve unos segundos.

Mi novia estaba sonriendo.

No era una sonrisa pequeña ni una de esas que utilizaba cuando hablaba con cualquier compañero. Parecía realmente entretenida. Él decía algo y ella se reía, inclinando ligeramente la cabeza mientras lo escuchaba.

No sé por qué me quedé observándolos.

Quizá porque nunca había visto esa escena desde fuera.

Quizá porque, por primera vez, me pregunté cómo se veía mi novia cuando estaba con alguien que no era yo.

Sacudí la cabeza y continué acercándome.

—Amor.

Ella levantó la mirada.

Su expresión cambió apenas me vio.

—Gian.

El otro chico se giró hacia mí. Hubo un segundo de silencio antes de que él me dedicara una sonrisa breve.

—Nos vemos después —dijo.

Mi novia levantó una mano para despedirse.

—Sí, hablamos más tarde.

El chico comenzó a alejarse y ella siguió mirándolo durante unos segundos antes de volver su atención hacia mí.

—¿Quién era? —pregunté.

Intenté que sonara casual.

No funcionó demasiado.

—¿Él? Un amigo.

—¿Un amigo?

—Sí, Gian. Un amigo.

Asentí lentamente, aunque algo dentro de mí seguía sintiéndose incómodo.

—No sabía que eran amigos.

—Porque no tienes que saberlo todo.

La respuesta me tomó un poco por sorpresa.

Ella se acercó y me dio un pequeño beso en la mejilla, como si con eso bastara para cerrar la conversación.

—Tengo hambre.

La miré.

—¿No habíamos quedado en comer juntos?

—Sí, pero quiero algo de la cafetería.

Señaló hacia el edificio.

—¿Me traes algo?

Por un momento estuve a punto de decirle que fuera conmigo.

Pero terminé asintiendo.

—¿Qué quieres?

Me dijo lo que quería y, después de asegurarme de haberlo entendido bien, me alejé hacia la cafetería.

No sabía por qué seguía pensando en el chico.

Quizá estaba exagerando.

Probablemente sí.

Era solamente un amigo.

Eso había dicho ella.

Y yo confiaba en ella.

O al menos eso creía.

La cafetería estaba mucho más llena que los pasillos. Había estudiantes ocupando prácticamente todas las mesas, algunos haciendo fila para comprar comida y otros simplemente aprovechando el descanso para hablar. Avancé entre la gente hasta que escuché una voz conocida.

—¡Gian!

Giré la cabeza.

Jeremías estaba sentado con un grupo de amigos en una de las mesas del fondo. Tenía una bebida en la mano y estaba riéndose de algo que acababan de decir. Al verme, levantó la mano a modo de saludo.

Yo hice lo mismo y continué caminando.

No tenía tiempo para quedarme.

Pero Jeremías pareció entenderlo de otra manera.

Se despidió rápidamente de sus amigos y se levantó.

—¡Eh, esperame!

Lo escuché acercarse detrás de mí.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por comida.

—Eso ya lo veo. Pregunté por qué tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No tengo ninguna cara.

Jeremías caminó a mi lado y me observó durante unos segundos.




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