Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue dejar las llaves sobre la mesa de la entrada y dirigirme a la cocina. Mi madre estaba ahí, preparando algo para la cena mientras escuchaba música desde su celular.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Cómo te fue?
—Bien. Cansado.
Me acerqué para darle un beso en la mejilla y después abrí la nevera buscando algo que pudiera comer antes de salir.
—¿Vas a cenar aquí?
—No creo. Voy a salir.
Mi madre levantó la mirada.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Ya me imagino con quién.
Me quedé quieto.
—¿Con quién?
Ella sonrió.
—Con Jeremías, ¿verdad?
—Sí.
—Últimamente están muy unidos ustedes dos.
—Somos amigos.
—Ajá.
—Mamá.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Ya se hicieron novios o qué?
Casi me atraganté con el agua que acababa de beber.
—¡No!
—¡Era una pregunta!
—Pues no. Obviamente no.
—Está bien, está bien.
Se rio otra vez mientras volvía a lo que estaba haciendo.
—Solo decía.
—Siempre dices cosas raras.
—Y tú siempre te pones nervioso cuando hablo de Jeremías.
—Porque dices tonterías.
—Claro.
La ignoré y subí las escaleras.
—¡Gian!
Me detuve antes de entrar a mi habitación.
—¿Qué?
—Cuídate.
—Sí.
—Y asegúrate de que Jeremías te traiga de vuelta a casa.
—Sí, mamá.
—No llegues demasiado tarde.
—Lo prometo.
Entré a mi habitación y cerré la puerta.
Entonces miré mi armario.
Y me arrepentí inmediatamente de haber aceptado ir.
Tenía ropa.
Mucha.
Pero, por alguna razón, en ese momento parecía que no tenía absolutamente nada que ponerme.
Saqué una camisa.
La miré.
Demasiado formal.
La devolví.
Otra.
Demasiado sencilla.
Otra.
Demasiado… yo.
—¿Qué demonios se supone que tengo que usar?
Recordé las palabras de Jeremías.
Vístete decentemente.
—Idiota.
Después de varios minutos de cambiar de opinión cada treinta segundos, finalmente escogí algo que no me hiciera sentir como si hubiera ido directamente de la biblioteca a una fiesta.
Dejé la ropa sobre la cama y entré a darme una ducha.
Cuando salí, me vestí, arreglé un poco mi cabello y revisé mi teléfono.
Nada.
Pensé que Jeremías probablemente se había olvidado de mí.
Hasta que el teléfono comenzó a sonar.
Su nombre apareció en la pantalla.
Contesté.
—Hola.
—¿Ya estás, Cenicienta?
—No empieces.
Su risa grave se escuchó al otro lado de la llamada.
—Ya llegó tu príncipe azul a buscarte.
—Eres insoportable.
—Y aun así me elegiste como acompañante.
—Yo no te elegí. Tú prácticamente decidiste por mí.
—Detalles.
Escuché un ruido de fondo.
—Estoy abajo.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la calle.
Ahí estaba Jeremías.
—¿Viniste en auto?
—No. Hoy traje la moto. El auto se lo quedó mi hermano.
—Bajo en un momento.
—Apúrate.
—Ya voy.
—Tu madre me abrió la puerta, por cierto.
—¿Cómo entraste?
—Tengo buena relación con ella.
—Eso no responde mi pregunta.
—Baja, Gian.
La llamada terminó.
Tomé mi celular, guardé la billetera en el bolsillo y salí de la habitación.
Cuando llegué a la sala, encontré a Jeremías sentado tranquilamente mientras mi madre colocaba algo sobre la mesa.
—Hola, mamá —dijo él.
—Hola, hijo. Hace días que no te veía por aquí. ¿Dónde has estado?
—He estado ocupado últimamente.
—¿Mucho?
—Demasiado.
Mi madre negó con la cabeza.
—¿Quieres tomar algo antes de irte?
Jeremías se encogió de hombros.
—Lo que usted me ofrezca está bien.
—Entonces espera.
Mi madre desapareció hacia la cocina.
Jeremías se quedó sentado, mirando alrededor de la sala como si estuviera en su propia casa.
Yo bajé las escaleras en ese momento.
—Ya estoy.
Jeremías levantó la cabeza.
Y me miró.
De arriba abajo.
No dijo nada durante un par de segundos.
Después asintió lentamente.
—Nada mal.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Que no pareces tan nerd como de costumbre.
—Eres un idiota.
Le di un golpe ligero en el hombro al pasar junto a él.
—Au.
—Te lo mereces.
Mi madre regresó con algo para beber y lo dejó frente a Jeremías.
—Toma.
—Gracias.
—De nada, hijo.
Esperamos unos minutos mientras terminaba su bebida. Después nos despedimos.
—No vuelvan demasiado tarde —dijo mi madre.
—Lo traeré de vuelta —respondió Jeremías.
—Más te vale.
—Sí, señora.
Salimos de la casa.
La puerta se cerró detrás de nosotros.
Mi madre permaneció unos segundos mirando hacia la entrada antes de regresar a la sala.
Mi padre estaba sentado allí, viendo la televisión.
Ella se sentó a su lado.
—No me sorprendería que esos dos terminaran saliendo algún día.
Mi padre apartó la mirada de la pantalla.
—¿Gian y Jeremías?
—Sí.
—Según nuestro hijo, él tiene novia.
—Ya lo sé.
—Entonces no entiendo.
Mi madre sonrió.
—Esa chica nunca me ha dado buena espina.
Mi padre soltó una pequeña risa.
—¿Y Jeremías sí?
—Jeremías me agrada.
—Eso es porque viene a visitarnos.
—No. Es porque cuando está con Gian, mi hijo parece diferente.
Mi padre la miró durante unos segundos.
Ella simplemente se encogió de hombros.
—Es una sensación.
—Bueno, veremos.
Mi madre volvió a mirar hacia la puerta cerrada.
—Sí.
Y ninguno de los dos podía imaginar cuánto iba a cambiar aquella amistad.
Caminamos unos metros hasta llegar a donde Jeremías había dejado la moto, estacionada frente a mi casa. Se subió primero y acomodó los pies sobre los apoyos mientras yo me quedaba parado frente a él, todavía preguntándome por qué había aceptado acompañarlo.