Novio Por Venganza

CAPITULO IV

No.

Ella no.

Ella no debería estar aquí.

Lo pensé para mis adentros mientras comenzaba a acercarme lentamente hacia la mujer que se encontraba de espaldas a mí. Al principio quise convencerme de que estaba equivocado. Que solamente se parecía a ella. Que había demasiada gente y que, probablemente, mi cabeza estaba jugando conmigo.

Pero mientras más me acercaba, más reconocía cada detalle.

La ropa.

El cabello.

La manera en que se movía.

Era ella.

Sentí cómo algo dentro de mí comenzaba a romperse antes siquiera de tener una prueba. El corazón se me hacía pedazos con cada paso que daba.

Di otro paso.

Después otro.

Mi corazón latía cada vez más rápido y, por alguna razón, tenía la absurda esperanza de que en cualquier momento ella se giraría y me demostraría que todo aquello era un malentendido.

Entonces un hombre se le acercó por detrás y le dio un abrazo.

Ella volteó.

Y lo que ocurrió después terminó de destruir cualquier duda que pudiera haber tenido.

Ella le puso los brazos al hombro y lo besó.

Yo quedé frío en mi lugar.

No escuchaba la música.

No escuchaba a las personas a mi alrededor.

No escuchaba absolutamente nada.

Solo podía verla.

A ella.

La persona que durante meses había considerado mi lugar seguro.

La persona a la que había defendido cada vez que Jeremías intentaba advertirme.

La misma persona que unas horas antes me había dicho que aquel chico no era más que un amigo.

Sentí un vacío enorme en el pecho.

Jeremías tenía razón.

La idea me atravesó como un golpe.

Jeremías tenía razón.

No quería creerlo.

No quería que tuviera razón.

Quería que todo fuera una mentira.

Ella me estaba siendo infiel, tal como me lo dijo mi mejor amigo Jeremías.

Pero estaba ahí.

Frente a mí.

Y ya no podía seguir engañándome.

No supe qué hacer. Solo mis piernas respondieron más rápido que yo.

Solo sé que, cuando quise darme cuenta, ya estaba junto a ellos.

Ella fue la primera en verme.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—Gian…

El hombre a su lado se quedó completamente quieto.

—¿Qué haces aquí?

Me reí.

No porque fuera gracioso.

Fue una risa nerviosa, rota, que ni siquiera parecía mía.

—Podría preguntarte lo mismo.

—Espera, puedo explicarte…

—¿Explicarme qué?

Ella intentó acercarse.

—Gian, cálmate.

—¿Que me calme?

Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.

Varias personas comenzaron a mirarnos.

—Pero no, eso ya no tenía justificación y yo lo sabía.

—Te pregunté quién era ese chico y me dijiste que era solamente tu amigo.

—Lo es.

La miré sin poder creerlo.

—¿Tus amigos te besan así?

Ella guardó silencio.

Y ese silencio fue suficiente.

Me le enfrenté.

—¿Desde cuándo?

—No es lo que piensas.

—¿Desde cuándo?

—Gian…

—¡Dime desde cuándo!

Ella suspiró, como si el que estuviera causando problemas fuera yo.

—¿Quieres saber la verdad?

No respondí.

—Me cansé.

La miré.

—¿Qué?

—Me cansé de esta relación.

Aquellas palabras dolieron más de lo que deberían.

—¿Te cansaste de mí?

—Sí.

Me quedé callado.

Ella cruzó los brazos.

—Eres un buen chico, Gian, pero eso no significa que seas lo que quiero.

—Entonces podrías haber terminado conmigo.




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