—¿Qué me dijiste?
Jeremías me miró como si necesitara asegurarse de haber escuchado correctamente.
—Creo que oí mal.
—¿Qué?
—¿Qué acabas de decir?
Suspiré.
—Que seas mi novio.
—¿Qué?
—Que seas mi novio.
—Pero… ¿cómo? ¿Por qué? ¿Tú estás bien?
Comenzó a tartamudear y por primera vez parecía completamente perdido. Lo miré durante unos segundos antes de responder.
—Porque eres el único maniático que conozco capaz de aceptar cualquier cosa. Hasta besarías a un sapo si te lo propusieran.
—¡Eso es diferente!
—¿Por qué?
—Porque tú eres mi amigo.
—Sí. ¿Y eso qué tiene? —le solté—. Además, te besaste con media institución. Uno más no importa.
Abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Bueno —dijo finalmente—, si relativamente aceptara eso, entonces debemos establecer algunos acuerdos.
—Sí —respondí—. A ver, ¿qué pueden ser…?
Regla 1: No enamorarse.
Regla 2: Nada de celos.
Regla 3: No confundir la actuación con la realidad.
Regla 4: El trato termina cuando Gian consiga demostrarle a su ex que la ha superado.
Regla 5: Nadie puede romper las reglas.
Terminamos de acordar y por un momento pensé que habíamos terminado. Me equivoqué.
Jeremías me miró con una expresión extraña. Una pregunta muy fuerte, incluso para mí.
—Entonces, tú deberás ser el de abajo —me dijo.
—¿Qué? —respondí.
—Tú tienes que ser la novia —dijo de nuevo—. Tú vas a ser quien recibe, ¿entiendes?
—¿Que cómo que recibir? ¿Qué demonios…? ¿Por qué yo?
—Porque a ver, cómo te explico —empezó Jeremías—. Para que tu ex se sienta mal, tienes que darle una probada de su propia medicina. Algo así como: mira esto tengo y tú no tienes. Además, si tú eres la novia, se me hace más sencillo a mí, ya que siempre fui el hombre en la relación —dijo con una sonrisa mientras yo giraba los ojos al escucharlo.
—Nadie rompe las reglas.
—Trato hecho.
Nos miramos unos segundos.
Aquello era una locura.
Pero, de alguna manera, ambos acabábamos de aceptar que era una buena idea.
O al menos eso queríamos creer.
Jeremías extendió la mano.
—¿Trato?
La estreché.
—Trato.
—Bien.
Pensé que habíamos terminado.
Me equivoqué.
Jeremías me miró con una expresión extraña.
—Aunque tengo una pregunta mas.
—¿Qué?
—¿Quién va a interpretar cada papel?
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso. Si vamos a fingir que somos pareja, a parte de loque ya decidimos, tenemos que decidir cómo vamos a presentarnos.
—Ah.
—Y creo que tú deberías ser quien interprete el papel de la parte más tranquila y romántica.
—¿Por qué yo?
—Porque ya tienes práctica.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Práctica?
—Sí. Siempre has sido el más romántico de los dos.
—¿Y tú qué serías?
Jeremías sonrió.
—El novio problemático.
—Eso no tienes ni que fingirlo.
—Exactamente.
Puse los ojos en blanco.
—No sé por qué acepté esto.
—Porque me necesitas.
—No te emociones.
Jeremías soltó una carcajada.
—Relájate. Solo tenemos que convencer a unas cuantas personas de que estamos juntos.
—Y asegurarnos de que mi ex lo vea.
—Exacto.
—Y después todo termina.
—Exactamente.
Volvió a sonreír.
Ninguno de los dos tenía idea de que acabábamos de establecer un trato que, irónicamente, sería mucho más difícil de terminar de lo que imaginábamos.
—Entonces tendremos que practicar.
—¿Practicar qué?
—Ser novios.
Lo miré con incredulidad.
—¿Ahora?
—No ahora. Desde mañana.
Jeremías comenzó a contar con los dedos mientras explicaba su brillante plan.
—Primero, en vez de dejarte cerca del instituto como siempre, te llevaré directamente hasta la entrada.
—¿Y eso qué cambia?
—Todo. Si vamos a fingir que estamos juntos, tenemos que empezar desde que llegamos.
—Está bien.
—Cuando entremos, iré contigo hasta el salón y entraré contigo a clase.
—Eso va a llamar la atención.
—Precisamente.
—Jeremías…
—Gian, se supone que somos novios. Tenemos que comportarnos como novios.
—Ya entendí.
—Además, así tendrás una excusa para llegar temprano.
—¿Y desde cuándo tú te preocupas por que llegue temprano?
—Desde que decidí ser tu novio ejemplar.
—No eres ejemplar ni aunque te esfuerces.
—Eso dolió.
Sonrió.
—Después, a la hora del almuerzo, voy a saludar a mis amigos y luego almorzaremos juntos en la cafetería.
—¿Y si mi ex está ahí?
—Mejor.
—¿Por qué?
—Porque podrá vernos.
Me quedé pensando.
Tenía sentido.
Odiaba admitirlo, pero tenía sentido.
—Está bien.
—Y después solo tienes que seguirme la corriente.
—¿Con qué?
Jeremías se encogió de hombros.
—Con todo.
—Eso no explica nada.