La mayoría de las veces que me despierto son las tres de la madrugada.
Sí, la hora del terror.
Casi siempre estoy sudando frío, temblorosa y con la respiración agitada pero no recuerdo haber tenido una pesadilla. De hecho no recuerdo haber soñado en absoluto.
Es como si mi mente se apagara sin avisar y regresara sin explicación.
Creo que las migrañas están afectando mis neuronas, y la única que me queda funcionando es la más floja de todas.
¿Dónde he dejado mis pastillas para dormir?.
Busco en la mesita de noche, tanteando a ciegas. Nada. Tal vez se acabaron. Supongo que tendré que comprar más cuando vaya a la librería.
Esto debe parar.
Necesito dormir.
La mañana está fría. Tanto que casi me tiemblan los dedos de las manos al momento de llevar mi café a mis labios.
El primer sorbo siempre es exquisito.
Si tuviera dinero, montaría mi propia cafetería. Pasaría los días preparando cappuccinos y leyendo mientras llegan clientes que también vienen a leer. Un lugar silencioso, con aroma a café y papel viejo.
Pero mientras eso no ocurre, debo arreglármelas para pagar el alquiler.
Tengo suerte de trabajar en una librería a unos veinte minutos de aquí. Amo caminar escuchando música, observar a los demás tan absortos en sus vidas, como si el mundo dependiera de ello. Todos parecen ir a algún lugar importante.
Yo solo voy al trabajo.