Hoy hay niebla.
No logro detallar bien mi entorno; el clima se parece demasiado a mi mente: nublado, espeso, gris hasta la médula.
—¿Qué mierda…? —murmuro cuando mis audífonos se atoraron en mi cabello—. Genial.
Intento desenredarlos, pero están atascados. Debí haberme hecho una trenza.
Siento una mirada fija en mi.
Levanto la vista de inmediato y miro alrededor. La niebla lo cubre todo; apenas puedo distinguir las siluetas de los edificios. Me digo que no es nada.
Pero…
¿Qué es?
¿quién es?.
A lo lejos, entre el blanco espeso, distingo una figura alta. Está quieta. Demasiado quieta.
Solo está ahí.
Mirándome.
OK, esto empieza a ser extraño.
Tengo el impulso absurdo de cruzar la calle e ir hacia ella, como si algo me empujara desde dentro. Doy un paso al frente y, de pronto, el sonido de una bocina rompe el aire.
—¡Hazte a un lado, eres pendeja! —grita una voz masculina.
Freno en seco. Cuando giro la cabeza hacia el lugar donde estaba la silueta, ya no hay nada.
Nada.
Exhalo con fuerza.
Parece que sí… soy una pendeja después de todo.
—
Saludo a mi jefa al entrar a la librería. Me quito los audífonos, los enrollo con cuidado y los guardo en el bolsillo del abrigo.
—Hola, Megan. Toma, estos libros llegaron ayer —dice Miranda, medio sonriendo. Es demasiado temprano para una verdadera actitud de servicio al cliente—. Y ya hay café recién hecho en la cafetera. Intenta no tomártelo todo.
Me mira, suspira y vuelve al mostrador.
Observo la caja llena de libros.
Me gustaría quedarme toda la jornada leyendo y que me pagaran por eso. Una millonada, si es posible.
La campanita de la puerta suena.
Entra una chica morena, de cabello oscuro recogido. Cuando me ve, su rostro se ilumina con una sonrisa espontánea.
—Aquí tengo las pastillas que me encargaste —dice, entregándome una bolsa.
—¿Ah… sí?
Juro que no recuerdo haberle pedido nada. La miro, confundida. Ella suspira y hace una pequeña mueca.
—No me digas que lo olvidaste. Me escribiste como a las cuatro de la mañana. Lo vi a las seis, así que pasé por ellas y quise traerlas.
Me da una palmada en el hombro y se dirige a la caja de libros.
Lauren.
¿Cómo pude olvidar haberle pedido ese favor a mi mejor amiga?
Aunque, bueno… no he dormido bien estos días. No debe ser importante.
—Veo que tienes mucho trabajo —retoma—. Me gustaría ir al restaurante italiano a almorzar. A la una, ¿te parece?
Se queda mirándome, esperando respuesta.
—Sí, claro, vamos —respondo, metiendo las pastillas en mi bolso.
¿Debía pagarle ahora o lo habría dejado a mi nombre? Me da pena preguntar.
Lauren se despide con una sonrisa y sale de la librería. La observo perderse poco a poco entre la niebla de la calle.
Por alguna razón, siento que algo acaba de empezar.