Casi es la hora de mi cita con Lauren.
El día ha sido ajetreado; se me fue medio turno sin darme cuenta. Aviso a mi jefa que saldré a almorzar y cierro la librería con llave. El sonido metálico resuena más de lo normal en la calle silenciosa.
La niebla se ha disipado un poco. Camino hacia el restaurante y veo a un grupo de niños jugando cerca de la acera. Me resulta extraño verlos fuera tan temprano, hasta que recuerdo que es sábado.
Día libre para ellos.
No para mí.
Una niña del grupo llama mi atención. Está apartada, sentada en el suelo, leyendo un libro pequeño mientras los demás corren y gritan. Apuesto a que no quería salir, pero sus padres la obligaron a “socializar”. Su condición fue llevar un libro. Y funcionó.
Me recuerda a mí.
Solo que a mis padres no les importaba lo que hiciera, siempre y cuando sacara buenas notas. Todo lo demás era secundario.
Aunque el cielo está más despejado, el frío sigue calando. Creo que llevar solo un abrigo no fue suficiente, pero era el único limpio. Mañana es mi día libre.
Es decir, el día en que me convierto en mi propia sirvienta.
El restaurante italiano me recibe con su calor habitual. Luces tenues iluminan el lugar como pequeñas llamas de velas. El ambiente me resulta familiar, reconfortante. Me recuerda las noches en mi cuarto, en la casa de mis padres, leyendo a la luz de una vela durante la madrugada.
Silencio.
Tranquilidad.
Sin bullicio.
Ese era mi lugar seguro.
Elijo la mesa junto a la ventana. Aún no llega Lauren, así que aprovecho el tiempo para hacer algo que disfruto: observar a la gente e imaginar sus vidas. Me pregunto qué piensan, hacia dónde van, qué los preocupa. Creo pequeñas historias con completos desconocidos.
Romance.
Comedia.
Terror.
Supongo que depende de mi estado de ánimo.
Intento no incomodarlos. A veces alguien me devuelve la mirada con extrañeza y siento que es un reflejo de lo que yo misma transmito. Quizás quiero saber más de lo que debería.
Eso ya me ha traído problemas antes.
Pero hoy no.
Hoy no quiero pensar en eso.
Hoy es un día de disfrute.
Cita con mi mejor amiga.
Día de chismes y risas.
Lauren y yo nos conocimos en la universidad por un trabajo en grupo. De no ser por eso, mi introversión jamás me habría permitido acercarme a ella. Conectamos rápido: libros, películas, series. Pasábamos horas inventando teorías, imaginando finales alternativos.
Eran buenos tiempos.
Tiempos donde solo importaban las notas, estudiar y crecer. Ahora todo es más lento, más pesado. Para hacer lo que uno ama, primero hay que sobrevivir.
Así es la vida.
Ni modo.
La primera vez que Lauren tuvo una cita formal, debo admitir que no me agradó ese sujeto. Había algo que no encajaba, pero preferí no decir nada. Las personas necesitan vivir sus historias. Los amigos solo acompañamos, celebramos o sostenemos cuando todo se cae.
En su caso, todo salió bien. Años después siguen juntos, así que supongo que mis sospechas no significaban nada.
Suelo preocuparme demasiado.
Mi teléfono vibra sobre la mesa. Es un mensaje de Lauren.
«No podré llegar. Lo siento. Te lo compenso».
No me sorprende. Hay días en que su trabajo la absorbe por completo. Aun así, la decepción se instala en el pecho. Necesitaba este rato. Hablar. Distraerme.
Pero está bien.
Pediré algo rico y luego le cobraré la plantada.
Reviso el menú. Se me antoja una lasaña de pollo personal. Es irónico que me guste tanto este tipo de comida siendo intolerante a la lactosa, pero nunca he podido negarme a algo con mucho queso.
Luego veré cómo me las arreglo.
Como siempre.
De beber pido vino blanco. No sé mucho del tema, pero hace tiempo que no lo pruebo y quiero sentirme un poco elegante.
Mientras espero la comida, miro de nuevo por la ventana.
Y entonces la veo.
La silueta de la mañana avanza lentamente hacia mí.
Me froto los ojos para asegurarme de no estar imaginándolo. Está más cerca. Mi respiración se acelera; siento las palpitaciones subir por el pecho.
Me inclino hacia el vidrio para ver mejor.
De pronto, el sonido de platos sobre la mesa me hace sobresaltar.
—Aquí está su pedido, señorita. Que lo disfrute —dice el mesero con una sonrisa antes de retirarse.
Regreso en mí. Toco el plato. Está caliente. Real.
Aspiro con fuerza y doy un sorbo de vino. Vuelvo a mirar hacia la ventana.
Ya no está.
O quizás nunca lo estuvo.
Me invade una vergüenza absurda.