Nubes en la memoria

Capítulo 3 - Voces del pasado

He terminado mi turno.

Al llegar a casa, lo primero que hago es encender el televisor. No para verlo, sino para que haga ruido. Como los radios de antes. Tuve uno durante años; me gustaba porque daba la hora exacta. Cuando se dañó, intenté conseguir el repuesto, pero ya no existía. Demasiado viejo. Obsoleto.

Así que ahora el televisor cumple esa función: llenar el silencio.

Me costó acostumbrarme, pero aquí estoy.

Dejo las llaves sobre la mesa y me quito los zapatos. Apenas tengo tiempo de sentarme cuando suena el teléfono. Miro la pantalla.

Mamá.

Parece que ya se aprendió mi horario, como buena madre.

Contesto.

—Hola, hija. ¿Ya llegaste a casa? —pregunta con ese tono cálido que siempre logra atravesarme.

—Sí, acabo de llegar —respondo, dejando el celular en altavoz mientras me cambio la ropa por el pijama—. ¿Cómo estás?

Escucho cajas moviéndose al otro lado de la línea. Mi madre nunca se queda quieta.

—Agotada, como siempre —responde—. Pero quería decirte algo.

Su tono cambia apenas. Me enderezo un poco. Cuando dice “quería decirte algo”, suele venir acompañada de una sorpresa… o de una idea peligrosa.

—Dime —respondo, intrigada.

—Encontré un álbum de fotos de cuando eras pequeña —dice, y sé que está sonriendo—. Creo que te gustaría tenerlo.

—Ah… sí —murmuro, genuinamente interesada.

—Y además —continúa—, me encontré con Dylan en el mercadito.

Mi estómago se tensa.

—¿Te acuerdas de él? —sigue—. El chico que te gustaba en el bachillerato.

Refunfuño.

—Mamá…

No era exactamente así. Me atraía, sí, pero de una forma más mental que física. Como si quisiera descifrarlo, entenderlo.

—No voy a caer en esa conversación —añado—. Pero sí quiero el álbum. Cuando vaya a visitarte…

No termino la frase.

—Dylan vendrá a la ciudad en estos días —me interrumpe—. Le pedí el favor de que te lo entregue.

Suspira, como si supiera que me estoy tensando al otro lado del teléfono.

—Por Dios, mamá… —digo—. No lo he visto en años. ¿No crees que será incómodo?

No me gusta deber favores. Nunca me ha gustado.

Dylan, en la escuela, era inteligente, reservado y decidido. Por fuera parecía duro, inaccesible. Yo sospechaba que por dentro era todo lo contrario.

Me equivoqué… a medias.

No era alguien de fiar a primera vista, pero si lograbas atravesar sus capas —su evasión, su ironía, su forma hiriente de hablar— podías encontrarte con alguien honesto. Leal, incluso.

Sus ojos azules no transmitían calma. No eran un mar sereno, sino una ola creciendo, a punto de romper.

Lo observaba desde mi puesto en el salón de clases. No era popular, ni parecía importarle. Aun así, siempre estaba con los mismos tres chicos. Nunca supe si eran amigos o solo compañeros de supervivencia.

Como yo, parecía no encajar del todo en ningún sitio. Y aun así, necesitaba compañía.

Eso siempre tiene un precio.

Supe que algo no iba bien el día que lo encontré en un pasillo apartado de la escuela, a punto de encender un cigarrillo. Dudé en acercarme, pero él levantó la mirada y me sostuvo los ojos.

No pude irme.

Me acerqué y me quedé a su lado, en silencio.

El cigarro se consumió lentamente. No encendió otro. Nos quedamos allí, observando a la gente pasar, durante más de una hora.

Hasta que soltó una risa breve, frustrada.

—Esto es ridículo —dijo, pasándose la mano por el cabello.

—Lo sé —respondí, mirándolo, esperando que hablara… o que se fuera.

En su lugar, me extendió la mano.

—Me llamo Dylan.

—Megan —respondí, estrechándola.

Me pareció demasiado formal después de compartir un silencio casi íntimo.

Empezamos a hablar de banalidades. De cómo el mundo ya estaba perdido. De que no había salvación. Nunca me contó qué había ocurrido ese día.

Pasamos tiempo juntos. Lo suficiente para que mi madre pensara que había algo entre nosotros. No lo hubo. Aunque entiendo por qué lo creyó.

Había química. Complicidad.

Pero eso no siempre termina bien.

Después del bachillerato, dejamos de hablarnos.

Y, para ser honesta, no me provoca volver a verlo. No es personal. Solo quiero mantener distancia de todo lo que venga de ese lugar.

—No tienes que verlo mucho tiempo —dice mi madre, devolviéndome al presente—. Solo será un momento.

Suspiro.

—Está bien —respondo—. Pero solo por el álbum.

Ella ríe, satisfecha.

—Sabía que aceptarías.

Cuelgo poco después.

El televisor sigue sonando. Me dejo caer en el sofá y miro el techo.

Algunas voces del pasado deberían quedarse donde están.

Dormidas.




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