Nubes en la memoria

Capítulo 4 - El espejo

Mi domingo no pudo empezar peor.

Caminé como zombi hacia la cocina por un poco de agua en la madrugada y, en mi torpeza, dejé caer el teléfono dentro de la jarra. El método del arroz no funcionó.

Joder.

No tengo el lujo de dañar cosas. Ni de comprar cosas.

Me lleva… la vida del salado no tiene descanso.

Después de desayunar decidí ir por un teléfono nuevo. No tengo más remedio. Me tocó ser parte del consumismo porque, después de sopesarlo, al parecer es importante mantener la comunicación con el exterior, donde, a decir verdad, solo me importa mi madre.

¡Me lleva!

Por suerte hay un pequeño lugar comercial donde venden todo tipo de teléfonos: desde los más caros, de diez millones —lo cual me parece la forma más tonta de botar el dinero—, hasta celulares buenos y económicos. Mucho más razonable.

No busco mucho. Solo necesito acceso a llamadas, datos y cámara.

Claro, porque amo tomarme fotos.

Se acerca una vendedora amable.

—Buenos días, estoy para ayudar. Cuéntame, ¿qué buscas? —dice con una gran sonrisa que me perturba. Está mostrando todos sus dientes.

Nadie puede ser tan feliz.

—Hola. Busco un celular básico, no necesito mucho —intento sonreír amablemente—. El más barato.

Espero que no intente amarrarme a una conversación infinita para convencerme de que necesito el celular de diez millones.

—Por supuesto, por aquí, sígame, por favor —dice mientras me muestra una vitrina con varios modelos.

Al lado hay un espejo que llama mi atención.

Siento la necesidad de acercarme. Su madera luce antigua; la textura del marco es áspera. La voz de la chica se vuelve lejana, llena de ecos. Mi entorno se torna borroso. Solo puedo enfocar el espejo.

Mi reflejo.

Llevo los dedos al vidrio y, para mi sorpresa, no se siente como cristal.

No.

La sensación es como tocar agua. Agua espesa.

Qué extraño…

Puedo atravesar mis dedos dentro del espejo.

¿Qué está pasando…?

Está frío.

¿Esto es real?

La voz de la chica vuelve, cada vez más cerca.

—¿Señorita, está bien? —pregunta, desconcertada.

Salgo de ese estado —sea lo que haya sido—. Sonrío un poco para evitar preguntas. Tomo aire. Me obligo a parecer tranquila.

—Sí, sí —respondo.

Miro los celulares que sostiene en sus manos y, sin pensarlo demasiado, señalo el de la derecha.

—Me llevaré este.

Ella sonríe y me conduce a la caja para cancelar.

Ha sido una semana ajetreada. Estoy agradecida de tener un empleo, sobre todo después de hacer una compra que, aunque no compulsiva, casi vacía mis ahorros.

No hay mejor motivación para trabajar que una deuda por pagar.

Se acerca la temporada de fin de año y, por lo general, en la librería se realizan eventos: exposiciones de libros, reuniones de editoriales para encontrar al siguiente autor del año y, mis favoritas, los grupos de lectura.

Muchos estudiantes que salen de vacaciones pasan su tiempo aquí. Puedo ver cómo toman esta actividad con seriedad y la convierten en su ritual.

Envidia.

Aún recuerdo qué postres pedíamos para acompañar el café mientras mi grupo de lectura decidía cuál sería la siguiente historia. Lauren y yo solíamos quedarnos un rato más luego de las reuniones. Amábamos tener nuestro espacio para seguir leyendo las historias que más nos gustaban.

Un capítulo más.

En ocasiones, la dueña del lugar nos lanzaba indirectas: apagar las luces, limpiar, cerrar caja, suspirar fuerte para echarnos. Nos reíamos al salir, sin notar que éramos nosotras quienes estaban de vacaciones, mientras el resto del mundo seguía en su rutina laboral.

Este fin de semana tenemos un evento de entrada libre. Llegaron nuevos libros y a mi jefa le gusta dar a conocer su mercancía con pequeñas reuniones: café, descuentos, ambiente.

Luces y decoración.

“Café party”, le suele llamar.

Por cada compra de un libro te llevas un café de regalo y un separador de páginas tejido. Este tipo de eventos suele llenarse y cerramos más tarde de lo habitual.

Mi parte favorita es decorar.

Mi parte menos favorita es llenarme de escarcha.

No importa si no la utilizo, igual quedo llena de escarcha.

He invitado a Lauren. Llevamos días sin escribirnos desde que me dejó plantada. Seguro tiene una explicación; en estas temporadas todos estamos demasiado ocupados.

Al igual que yo, debe estar deseando terminar turno, ir a casa y dormir más de once horas.




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