Nubes en la memoria

Capítulo 5. El sueño, marcas y café party

Me levanto de golpe, sudando frío. Las palpitaciones a mil, los músculos tensos y un dolor punzante en la garganta, como si hubiese gritado hasta quedarme sin voz. Mi habitación se ve borrosa, ajena. Busco el teléfono: son las tres de la mañana.

Tuve una pesadilla horrible. Soñé que peleaba con Lauren. No una discusión cualquiera: escaló hasta los golpes. Nos habíamos citado de noche en un parque, “más seguro”, decía ella. Intenté calmar la situación, pero Lauren estaba impulsiva. Sus ojos mezclaban ira y miedo.

De repente, yo estaba encima de ella, apretando su garganta. Lauren pataleaba, desesperada; tomó una piedra y me golpeó la cabeza. Dolió tanto que la solté de inmediato. Me llevé las manos a la cabeza. Había sangre. Y en vez de miedo… me reí. Lo último que escuché fue un grito desgarrador.

Sigo aturdida. La garganta seca, el miedo y la confusión todavía me pesan. Hace tiempo que no sueño algo tan intenso. Solo quiero dormir.

La luz de la luna entra por la ventana, iluminando el pasillo. Camino descalza; el piso frío no me detiene. Sirvo un vaso de agua, tomo media pastilla y reviso el celular: llamadas perdidas de Lauren. Alzo la manga del pijama y descubro arañazos recientes en mi brazo. Quiero saber cómo me los hice, pero la pastilla hace efecto y todo se vuelve lento, espeso. Solo puedo pensar en dormir.

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Me levanto más tarde de lo esperado. Las pastillas me dejan pesada. Me ducho con agua fría para despejarme y cubro los arañazos con ropa. Llego veinte minutos tarde. Miranda, ocupada, apenas lo nota y acepta el postre que traje como compensación.

—Gracias. Hoy será un día movido. Espero que hayas descansado bien —dice, llevándose el postre a la boca.
—Sí, como un bebé —respondo, metiendo las manos en los bolsillos.

Decoro la librería con luces y adornos. Todo queda acogedor. Quisiera tirarme en un sillón a leer algo, pero debo estar lista para los clientes. Al abrir la puerta, la gente empieza a llegar. Durante la mañana saludo, asesoro y muestro la nueva mercancía y los obsequios; por la tarde intercambiamos roles con un compañero. La batería social se me agota rápido.

Dylan me envió un mensaje:
«Llegaré mañana a la ciudad. Tengo algo que te pertenece. ¿Dónde nos encontramos?»

No estoy segura de querer responder, pero mi madre insiste con ese álbum. Acordamos vernos en una cafetería cerca de casa. Ahorro lo más que puedo. Me pregunto si Dylan habrá cambiado. Con los años, todos maduramos, pero imagino que sus ojos seguirán brillantes, cargados de melancolía.

Todos tenemos un pasado sin resolver. A veces creemos que todo va bien, hasta que un día lloramos sin motivo. Lo que sentimos se queda atrapado en la garganta, en los pulmones, en la sangre y en el corazón. Vivir el presente a medias es desgastante; fingir poder es más cansado que poder.

No podemos elegir nuestra familia de sangre, pero sí podemos podar nuestro árbol genealógico. A veces no basta cortar ramitas; hay que arrancarlo desde la raíz y decidir qué sembrar: amor, tristeza, odio, venganza… o dejarlo vacío. Un vacío que llenamos temporalmente con alguna adicción. La mía es la soledad. No sé cuándo empezó, pero ahora no puedo seguir sin ella. Irónico: con la soledad no tengo nada, y aun así siento que lo tengo todo.

Quisiera quedarme despierta toda la noche, aprovechar esas doce horas que normalmente desperdiciamos en un coma temporal, dejando libre y sin control a la mente. No somos dueños de nuestros sueños. Y es ahí donde somos cien por ciento honestos.




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