Hoy no hay nubes, lo cual es extraño para esta época del año. Se me antoja ir a la playa, pero el único lugar al que puedo permitirme ir es al mercado, en busca de provisiones.
Envidio a las aves. Pueden abrir las alas, tomar un leve impulso y volar a donde quieran. Yo solo puedo moverme del trabajo a casa, o de casa al mercado. Me siento encerrada, como en una pecera.
No recuerdo la última vez que viajé.
A lo largo del camino percibo un olor muy fuerte a lirios y lavanda. Lo sigo hasta entrar a uno de los pasillos del mercadito. El aroma se mezcla con canela y, con cada paso, se vuelve más intenso.
Me detengo frente a un puesto de flores.
La vendedora está tan ocupada que no nota mi presencia. Aprovecho y tomo un ramo. Su olor es refrescante, pero algo más ocurre: me transporta a un recuerdo que no es mío.
Veo un hospital.
Es un lugar frío, lleno de paredes blancas. El color está en todas partes. Hay una mujer acostada en una camilla, entubada. Solo puede mover los ojos. Su mirada se posa en mí. No logro descifrar qué me transmite: ¿miedo?, ¿descontento?
Giro hacia una ventana. Sobre una mesa hay un jarrón marrón con un ramo de lirios. Me acerco, estoy a punto de tocarlo…
Una palmada en el hombro me sobresalta.
Brinco del susto.
La vendedora ha terminado sus quehaceres y me sonríe, dándome la bienvenida.
—¡Hola! ¿Te gustó alguna flor en específico? Puedo mostrarte más. ¿Buscas algo en particular? —dice con un tono alegre, señalando distintos ramos.
Sigo algo desconcertada por lo que acaba de pasar. Esa imagen… Me siento avergonzada, así que pido un ramo de lirios y lavanda. Pago y me marcho rápido, acelerando cada vez más el paso.
Camino sin rumbo. Mi cuerpo va en automático. Sé que debería detenerme, pero no controlo mis pies.
Choco con alguien. Mi hombro recibe un golpe seco.
Reconozco la voz.
—Hey, ¿a dónde vas?
Recupero el control. Me detengo y giro.
Dylan.
Me mira con extrañeza, un poco sorprendido. Había olvidado por completo nuestra cita. Sin darme cuenta, llegué a la cafetería que habíamos acordado.
Me limpio las manos y sostengo con más fuerza el ramo. Dylan baja la mirada hacia las flores y sonríe levemente.
—No era necesario, pero gracias —dice en tono jocoso, intentando romper el hielo.
—Ya quisieras que fuera para ti —respondo, siguiendo su juego mientras me acomodo el cabello. No tengo idea de cómo me veo.
Entramos a la cafetería. Está medio vacía: dos parejas en mesas separadas y una chica en la barra pagando su consumo. Lleva un café para llevar. Puedo deducir que es un nevado de arequipe; lo reconozco porque solía tomarlo cuando era niña, antes de que mi intolerancia a la lactosa me lo arruinara.
Dylan se adelanta y elige una mesa al fondo, casi escondida. Yo suelo preferir mesas junto a ventanas o salidas, pero no me sorprende su elección.
Así era en el salón de clases: apartado de todos, incluso de sí mismo.
Me pregunto cómo fue su vida en la universidad. Estar rodeado de personas y sentirse completamente solo.
Hace un leve gesto con las manos, indicando que este es el mejor lugar. No estoy de acuerdo —me siento rodeada de paredes, incluyéndolo a él—, pero no digo nada. Me encojo de hombros y me siento.
Llega una mesera con uniforme rosa. Me gusta; le da un toque femenino al lugar.
—Hola, ¿ya tienen algo en mente para tomar? —pregunta con una sonrisa amable.
—Un café negro, espresso —responde Dylan sin levantar la vista del celular.
—Un nevado con leche de almendras, por favor —digo.
Los tiempos han cambiado. Puedo disfrutar sin remordimiento, sin dolor.
La mesera asiente y se dirige a la barra. Se escucha música de fondo, muy baja, indistinguible.
Dylan suspira con una sonrisa socarrona.
—Quién lo diría… nosotros aquí, charlando después de tanto tiempo.
Solo sonrío de forma forzada. No quería estar aquí. No es que me caiga mal, es solo que… ahora mismo no me siento cómoda. Hace tiempo que no me siento yo.
—¿Estás tomando tu dosis diaria de realidad? —continúa, mirándome fijamente.
Frunzo el ceño, confundida. En su mirada hay preocupación.
La mesera llega con los pedidos. Dylan se apresura a tomar su café; está caliente y sopla para disipar el vapor. Yo pruebo el nevado. Sabe igual de bien que la primera vez.
Al no obtener respuesta de mi parte, Dylan baja una mochila negra al suelo. No me había dado cuenta de que la llevaba. Normalmente soy observadora, pero hoy… fallé.
Saca una caja, la coloca sobre la mesa y la desliza hacia mí.
—Este debe ser el álbum que mencionó mi mamá —digo, abriéndola con cuidado.
Levanto la vista. Dylan parece desconcertado, como si mis palabras no tuvieran sentido.