Nubes en la memoria

Capítulo 8 - El hallazgo

El bosque no responde cuando le hablo.
Ni siquiera cuando intento gritar.

Mi garganta emite un sonido áspero, roto, como si no hubiera sido usada en mucho tiempo. El aire es pesado, húmedo, y se me queda pegado a la piel. No sé cuánto tiempo llevo aquí. El sol se filtra entre las ramas, pero no puedo decir si está saliendo o cayendo. Todo parece suspendido.

Sigo de pie, o al menos eso creo. Mis piernas tiemblan, pero no caigo. Mi cuerpo está rígido, ajeno, como si alguien más lo estuviera usando. Frente a mí, los árboles se repiten, idénticos, interminables. Siento que si doy un paso más, desapareceré entre ellos.

—Lauren… —murmuro, sin saber por qué.

El nombre pesa. Siempre pesa.

Algo cruje a lo lejos. Al principio pienso que es mi imaginación, otro truco de mi mente cansada, pero el sonido vuelve a repetirse. Voces. No las distingo bien, llegan fragmentadas, como si estuviera bajo el agua.

—…por aquí…
—…no contesta…
—…llamé toda la tarde…

Mi cabeza late con fuerza. Me llevo una mano a la sien y siento el vendaje húmedo. No recuerdo haberme lastimado ahí.

Las voces se acercan.

Una silueta emerge entre la niebla. Luego otra. Me esfuerzo por enfocar, pero mis ojos no obedecen. Veo colores oscuros, movimiento, figuras humanas que no deberían estar aquí.

—Megan.

Alguien dice mi nombre. Lo pronuncia con cuidado, como si pudiera romperme.

Intento responder. Siento los labios secos, partidos. El ramo de flores sigue en mi mano. No recuerdo cuándo lo traje conmigo. Los lirios están marchitos, algunos pétalos manchan mis dedos con un color pálido.

—Dios… —susurra una voz femenina—. Está aquí.

Me mareo. El mundo me da vueltas.

—No la toquen de golpe —dice otra voz, más firme—. Megan, ¿me escuchas?

Asiento apenas. O creo que lo hago.

Alguien se acerca más. Puedo oler su perfume, algo dulce, conocido. Me tranquiliza y me inquieta al mismo tiempo.

—Te estuvimos llamando —dice—. No contestabas. Pensé que… —su voz se quiebra—. Pensé lo peor.

Miranda.

Intento decirle que lo siento, que solo necesitaba aire, pero las palabras no salen. En su lugar, una risa breve se me escapa sin permiso. No es mía. No puede serlo.

Ella retrocede un paso.

—Está en shock —dice alguien detrás—. Llamen a emergencias.

Siento manos sujetándome los brazos. No me resisto. No tengo fuerzas. El suelo parece alejarse cuando me sientan, o tal vez soy yo la que se hunde.

—No… —susurro al fin—. No fue así.

—Tranquila —responde Miranda—. Ya pasó. Estás a salvo.

¿A salvo?

Cierro los ojos. Una imagen se impone con violencia: paredes blancas, olor a desinfectante, una ventana alta. Un jarrón marrón con lirios frescos.

Abro los ojos de golpe.

—No —repito, más fuerte—. No me dejen aquí.

Las voces se aceleran. Alguien habla por teléfono. Alguien más me cubre con una chaqueta. Siento el roce de la tela y el peso del cansancio cayendo sobre mí de golpe.

Antes de perder la noción del tiempo, distingo una figura al borde del claro. No se acerca. Solo observa.

Alta. Inmóvil.

No puedo verle el rostro, pero siento su mirada clavada en mí, analítica, paciente.

Como si esto fuera exactamente lo que estaba esperando.




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