Despierto con un pitido constante, regular, como un reloj que no puedo ver.
Abro los ojos lentamente. La luz me duele. No es la luz del sol, es distinta, más dura, más honesta.
Blanco.
El techo es blanco. Demasiado blanco.
Las paredes también. Lisos, sin grietas, sin cuadros, sin ventanas a la vista. El aire huele a limpio, a químico, a algo distinto al hogar.
Trago saliva. Mi garganta arde.
Intento moverme y siento resistencia. No es dolor, es peso. Mis brazos están pesados, mis piernas también. No estoy atada, pero tampoco soy libre. Como si mi cuerpo hubiese decidido quedarse quieto por su cuenta.
—Tranquila —dice una voz—. Despertaste bien.
Giro la cabeza con dificultad.
Ella está sentada en una silla, al lado de la cama.
Lauren.
O eso creo.
Lleva el cabello recogido, más ordenado de lo que recuerdo. Viste de blanco. No como antes. No como en mis recuerdos. Su expresión es neutra, contenida, profesional. No hay reproche. No hay miedo. No hay rabia.
—¿Dónde…? —mi voz sale quebrada.
—Estás a salvo —responde—. Eso es lo importante.
Esa frase.
Otra vez.
Mis ojos recorren la habitación. Una mesa metálica. Un vaso con agua. Un pequeño frasco con pastillas. Y, junto a la pared, un jarrón marrón.
Con lirios.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
—No —susurro—. No otra vez.
Lauren sigue mi mirada. Asiente levemente, como si confirmara algo que ya sabía.
—Te alteraste —dice—. Era esperable.
—¿Esperable…? —repito.
Mi cabeza comienza a latir con fuerza. Las imágenes llegan sin orden: el bosque, la piedra, la sangre seca, las cartas, la camilla, los tubos. Mi cuerpo empieza a temblar.
—¿Cuánto tiempo…? —pregunto.
—El necesario.
Cierro los ojos.
El pitido sigue ahí.
—Mi mamá —digo de pronto—. ¿Dónde está mi mamá?
El silencio cae como un objeto pesado.
Cuando abro los ojos, Lauren ya no me mira directamente. Observa el suelo, sus manos, cualquier cosa menos a mí.
—Luego hablaremos de eso —responde.
Luego.
Siempre luego.
—Quiero verla —insisto—. Necesito verla.
—Megan —dice, y esta vez mi nombre suena distinto—. Descansa.
No me gusta cómo lo dice. No es una súplica. No es un consejo. Es una instrucción.
La puerta se abre suavemente. Entra un hombre alto, bata blanca, postura recta. No sonríe. Sus ojos se mueven rápido, atentos, como si yo fuera un gráfico que cambia de forma.
—Buenos días, Megan —dice—. Soy Brian.
El nombre me resuena.
No sé por qué.
—¿Cómo te sientes? —pregunta, acercándose un poco más.
Quiero decir confundida.
Quiero decir asustada.
Quiero decir culpable.
Pero digo:
—Cansada.
Él asiente, satisfecho.
—Es normal —responde—. Has pasado por mucho.
Se acerca a la mesa, toma el frasco de pastillas y lo gira entre sus dedos.
—Notamos que no estabas siguiendo la dosis indicada.
—No me gustan —digo—. Me hacen soñar.
Brian levanta la vista, interesado.
—¿Y qué sueñas?
Aprieto los labios.
No respondo.
Él no insiste. Solo sonríe levemente, como si el silencio ya fuera una respuesta suficiente.
—Por ahora —dice—, vamos a volver a la rutina.
La palabra me resulta familiar. Demasiado.
—¿Rutina? —repito.
—Sí —afirma—. Te hace bien. Te da estructura.
Miro nuevamente las paredes blancas.
El jarrón.
Los lirios.
Todo encaja con una precisión aterradora.
—¿Puedo irme a casa? —pregunto.
Brian y Lauren se miran brevemente.
—Estás en casa —responde él.
El pitido se vuelve más fuerte.
O tal vez soy yo la que empieza a escucharlo de verdad.
Cierro los ojos.
Esta vez, no sueño.