Nubes en la memoria

Capítulo 10 - Dosis

El vaso está lleno hasta la mitad.
El agua es transparente, inofensiva. Podría ser cualquier cosa.

Las pastillas descansan en mi palma: pequeñas, blancas, redondas. Siempre iguales. Siempre pocas. Siempre suficientes.

Brian está frente a mí, apoyado contra la pared. No cruza los brazos. No parece tenso. Observa, como si este momento fuera solo un punto más en una gráfica invisible.

—Es importante que hoy sí las tomes —dice—. Después de lo ocurrido.

No pregunta si quiero.
Nunca lo hace.

Lauren está cerca de la puerta. No me mira. Sus manos están juntas, entrelazadas, como si también estuviera esperando algo. No sé qué es peor: su silencio o el cuidado con el que se mantiene a distancia.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —pregunto.

Mi voz suena más firme de lo que me siento.

Brian ladea la cabeza, evaluando.

—Un episodio —responde—. Un retroceso esperado.

—¿Esperado por quién?

Una pausa mínima.
Sonríe apenas.

—Por nosotros.

Miro las pastillas.
Luego el vaso.
Luego mis manos.

—Lauren —digo sin mirarla—. ¿Cómo estás?

Ella tarda en responder.

—Bien —dice al final—. Todo está bajo control.

Control.

La palabra se desliza por la habitación y se pega a las paredes blancas.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunto.

Brian da un paso al frente.

—El tiempo necesario para ayudarte.

—No —corrijo—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

No responde de inmediato.

—Desde que el juez firmó la orden —dice finalmente—. El intento de homicidio fue… determinante.

Mi estómago se encoge.

—Lauren…

Ella cierra los ojos un segundo. Solo uno.

—Sobreviví —dice—. Eso es lo que importa.

No sé qué decir después de eso.
No hay disculpa que alcance.
No hay palabra que repare.

—¿Y mi mamá? —pregunto, casi en un susurro.

El aire cambia.
No sé cómo, pero lo hace.

Brian deja de sonreír.

—Fue informada del tratamiento —dice—. Aceptó los términos.

—Quiero verla.

Silencio.

Lauren aprieta los labios.

—Megan… —empieza.

—No —la interrumpo—. Dímelo.

Brian exhala lentamente, como si se rindiera a algo inevitable.

—Tu madre ya no forma parte del proceso.

La frase es limpia.
Demasiado limpia.

Entiendo antes de que alguien lo confirme.

Las pastillas tiemblan en mi mano.

—No me lo dijeron —susurro.

—No era conveniente —responde Brian—. La culpa altera los resultados.

Lo miro.
De verdad lo miro.

—¿Resultados de qué?

—De tu estabilidad —dice—. De tus detonantes. De tu capacidad para convivir con la realidad sin romperla.

Me río.
Una risa breve, seca.

—¿Y la librería? —pregunto—. ¿Miranda?

—Parte del entorno controlado.

—¿La soledad?

—Un factor clave.

—¿Lauren?

Brian no responde.

Ella levanta la vista entonces. Me mira por primera vez desde que entré en esta habitación.

—Yo me ofrecí —dice—. Para que no te perdieras del todo.

El espejo está frente a mí.
No lo había notado hasta ahora.

Me levanto despacio y camino hacia él. No hay distorsión. No hay agua espesa. No hay grietas.

Solo yo.

Más delgada.
Más cansada.
Más vacía.

—Si no las tomo —pregunto—, ¿qué pasa?

Brian se acerca, queda a mi lado, reflejado también.

—Volvemos a empezar.

Asiento.

Tomo el vaso.
Trago las pastillas una por una.

El agua baja fría por mi garganta.

—¿Funcionan? —pregunto.

—A veces —responde—. Cuando cooperas.

Me siento nuevamente en la cama. El cuerpo empieza a pesarme. No lucho. No hoy.

Antes de que mis ojos se cierren del todo, digo:

—Esta vez sé dónde estoy.

Brian no responde.

Lauren tampoco.




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