Nuestra Estrella

Capitulo I

Capítulo 1

Caminar por las calles puede ser divertido... claro, siempre y cuando no termines completamente desorientada, como me pasó a mí.

Vagaba sin rumbo fijo por las avenidas de una ciudad ajena, recién llegada y con el corazón encogido. La noche ya comenzaba a caer, oscura y envolvente, y cada paso que daba era como alejarme más del camino a casa. Mi celular estaba sin batería, no conocía a nadie, y los mapas mentales que había hecho antes de salir simplemente no servían.

De hecho, ni siquiera sabía por qué estaba ahí en ese momento.

Estaba por comenzar mi primer año en la universidad en Londres y, oh sorpresa, me había perdido en mi primer día en la ciudad. Y para empeorar las cosas, no entendía ese maldito acento inglés.

Finalmente, como Dios me dio a entender, llegué a un pequeño parque. Sentía que mis pies iban a explotar en cualquier momento; ya podía imaginar todas las ampollas que tendría al quitarme las botas. Busqué consuelo en las pocas estrellas que se alcanzaban a ver en el cielo, como una niña pequeña aferrándose a algo absurdo.

«Por favor, que aparezca una estrella fugaz para pedirle que me muestre el camino a casa».

Pero mi pensamiento fue interrumpido por una melodía. Un violín.

Y quizá el cielo sí me había escuchado. No lo sabía aún, pero estaba a punto de encontrar a mi propia estrella fugaz.

Seguí el sonido casi por instinto. Me habían dicho que Londres y París eran la sede de los artistas callejeros, así que fue lo primero que pensé. Al acercarme, vi a un joven de cabello castaño y liso sentado en una banca mientras tocaba el violín. Debía admitir que lo hacía de maravilla para ser un simple artista callejero.

Había algo en él... algo tranquilo, casi melancólico.

De pronto, sus dedos dejaron de moverse sobre las cuerdas y la melodía se apagó.

—¿Te ha gustado? —preguntó, con una leve sonrisa.

Lo miré sorprendida al notar que no tenía ese maldito acento inglés que ya me tenía al borde de la locura.

—Sí... —respondí, más por reflejo que por valentía.

Él asintió, satisfecho, mientras guardaba su violín en el estuche con movimientos cuidadosos, como si se tratara de algo sagrado.

—Eres nueva en la ciudad, ¿cierto?

—¿Muy obvio, cierto?

No sé por qué, pero terminé sentándome a su lado en la banca. Tal vez porque ya estaba harta del mundo en general y, sinceramente, me importaba muy poco lo que pudiera pasar después.

—Tu mirada lo dice todo. Estás perdida —me sonrió.

Me sorprendió notar lo largas que eran sus piernas al estirarse; ya podía imaginar lo alto que era de pie.

—Tú tampoco eres de aquí. No tienes ese acento tan... —hice una pausa, intentando tragarme todo lo que realmente quería decir— característico de la zona.

Él soltó una risa inmediata, como si hubiera dicho lo más gracioso del mundo. ¿Qué demonios tenía de gracioso eso?

—¿Qué te da tanta risa?

—Nada, nada —dijo, levantando las manos mientras seguía riendo.

Y debía admitirlo: esa risa hizo que toda la tensión de mi día empezara a desaparecer.

—Y respondiendo a tu pregunta, acertaste. No soy de aquí, solo llevo tiempo viviendo por esta zona.

—¿De dónde eres entonces?

Me acerqué un poco más. Creo que eso era un hábito mío: cuando quería conocer más a alguien, necesitaba observarlo de cerca. Él me miró con una sonrisa ladina.

—Yo vengo... de las estrellas.

Solté un suspiro frustrado.

—Uy, vaya. Qué gracioso. La comedia revivió hoy.

—Vaya, ¿no me crees?

—Es imposible que vengas de las estrellas.

Tss... bueno, no me crees si no quieres.

Se puso de pie y, sinceramente, pude confirmar que debía medir al menos un metro ochenta. Era alto. Muy alto.

—Bueno, fue divertido ver tu cara irritada, pero estoy cansado y quiero irme a dormir. Suerte encontrando lo que sea que buscas.

Lo vi alejarse unos segundos. No era mi mejor idea, pero sí la única que me sacaría de este desastre.

—Oye.

Se giró apenas.

—Dime.

—¿Podrías ayudarme a encontrar una dirección...?

Vi cómo una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro.

—Claro. Dime cuál.

Saqué un pequeño papel arrugado de mi bolsillo y se lo entregué. Él lo leyó, frunció el ceño y luego hizo un esfuerzo casi sobrehumano por no reírse.

—¿Qué pasa ahora?

—Esta dirección... —me miró y luego señaló una calle cercana— está a dos cuadras de la escuela.

Sentí mis mejillas arder. No sabía si era vergüenza o furia, probablemente ambas. Él seguía riéndose.



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En el texto hay: romance juvenil humor

Editado: 31.07.2026

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