Capítulo 2
El violín siempre había sido mi refugio.
Desde niño, incluso cuando crecer significaba aprender a convivir con ausencias, carencias y silencios incómodos dentro de casa, la música era lo único capaz de hacer que todo desapareciera por un momento. Cada nota tenía el poder de colarse entre mis pensamientos y silenciar el ruido del mundo. Cuando tocaba, no existían los problemas, ni el pasado, ni esa constante sensación de no pertenecer a ningún lugar.
Pero aquella tarde fue diferente.
Esa vez, la música no hizo que el mundo desapareciera.
Esa vez, hizo que existiera.
O al menos hizo que ella existiera dentro del mío.
Aquel pequeño parque en Londres era mi lugar favorito precisamente porque no tenía nada especial. No era famoso, no aparecía en postales ni estaba lleno de turistas con cámaras colgando del cuello. Era solo un rincón tranquilo donde el ruido de la ciudad parecía llegar más bajo, donde podía sentarme durante horas a tocar sin sentir que alguien esperaba algo de mí.
Era un lugar silencioso.
Y, de cierta forma, también era mío.
Por eso, cuando llegué y vi a una chica sentada justo en mi banca favorita, no pude evitar fruncir el ceño.
Desde lejos parecía completamente perdida. No era solo por la forma en que observaba todo a su alrededor, como si intentara memorizar cada calle antes de que desapareciera, sino por esa expresión en su rostro. Esa clase de mirada que solo tiene alguien que está tratando de no derrumbarse en público.
Por un segundo pensé en acercarme y decirle algo como: «Ey, tú, quítate de mi banca».
Seguramente habría sido divertido.
Pero algo en ella me detuvo.
Parecía tener uno de esos días en los que una sola palabra basta para romperte por completo, así que decidí no hacerlo. Simplemente me alejé unos pasos, dispuesto a sentarme en cualquier otro lugar y fingir que no me importaba.
Entonces la escuché murmurar.
Fue apenas un suspiro, una frase tan baja que casi se perdió con el viento:
—Solo una... una estrella.
Me detuve sin querer.
Giré apenas la cabeza y la vi mirando hacia el cielo gris de Londres, como si realmente esperara encontrar una respuesta entre las pocas estrellas que apenas lograban asomarse.
Debí ignorarlo.
De verdad debí hacerlo.
Pero terminé sentándome en una banca cercana y saqué mi violín.
Tal vez fue simple curiosidad. Tal vez quería entender qué clase de persona le pedía favores al cielo como si todavía creyera en esas cosas. O tal vez, por primera vez en mucho tiempo, alguien había logrado llamar mi atención de verdad.
Apoyé el instrumento sobre mi hombro y dejé que mis dedos hicieran lo único que siempre sabían hacer bien: tocar.
Las primeras notas salieron suaves, casi tímidas, como si no quisieran romper el silencio del parque. Después fueron creciendo poco a poco, envolviendo el aire frío, mezclándose con el sonido lejano de los autos y el murmullo de la ciudad que seguía existiendo más allá de nosotros.
No necesité mirarla para saber que ella lo había notado.
Hay una diferencia enorme entre cuando alguien escucha música y cuando realmente la siente. Algunas personas solo oyen el sonido; otras dejan que la melodía les atraviese el pecho.
Ella era de las segundas.
Lo supe cuando levanté la vista y la encontré de pie frente a mí, observándome como si por un instante hubiera olvidado todo lo demás.
Y entonces confirmé algo peligroso: era hermosa.
Pero no de esa forma simple y superficial que cualquiera podía notar a primera vista. Había algo más, algo difícil de explicar. Era como si cargara una tormenta entera detrás de los ojos, como si hubiera llegado a esa banca arrastrando más cosas de las que decía.
—¿Te ha gustado? —pregunté finalmente.
Fue lo único que pude decir, porque cualquier otra frase habría sonado estúpida.
Ella parpadeó, como si apenas estuviera regresando a la realidad.
—Sí... sí, mucho.
Su voz sonó más honesta que segura, y por alguna razón eso me hizo sonreír apenas mientras guardaba el violín en su estuche.
—Eres nueva en la ciudad, ¿cierto?
Ella soltó una pequeña risa cansada, de esas que salen cuando ya no queda energía ni para fingir.
—¿Muy obvio, cierto?
—Sí. Bastante.
Todo en ella gritaba «no pertenezco aquí».
Pero no era su ropa, ni su forma de caminar, ni siquiera su acento. Era su mirada: esa mezcla extraña entre cansancio, nostalgia y desorientación que yo conocía demasiado bien.
Yo también la había tenido alguna vez.
Quizá todavía la tenía.
—Tu mirada lo dice todo —respondí—. Estás perdida.