Nuestra Estrella

Capitulo III

Capítulo 3

Esta vez sí estaba preparada para mi aventura en Londres. Mi teléfono tenía suficiente batería, llevaba una pila portátil en el bolso y hasta había comprado uno de esos mapas de papel que prácticamente nadie usaba ya. No pensaba repetir el ridículo del primer día; definitivamente, esta vez no iba a perderme.

Estaba de pie frente al Big Ben, observándolo como una turista más, aunque en realidad seguía sintiéndome como una intrusa en una ciudad que todavía no terminaba de aceptar como mía. Y era enorme, mucho más de lo que imaginaba. Levanté la vista hacia el cielo gris que parecía cubrir Londres todos los días. Seguía nublado, como si el sol fuera solo un rumor inventado por otros países. Aun así, no me molestaba. Había algo en ese clima melancólico que me resultaba extrañamente cómodo, como si la ciudad no intentara fingir alegría cuando claramente no la sentía.

Caminé durante horas. Pasé por calles llenas de gente, compré algo de comida en un pequeño puesto cerca de una plaza y tomé más fotos de las que probablemente volvería a ver. Fue una buena tarde, una de esas en las que logras olvidar por completo que estás sola en un lugar desconocido. Por primera vez desde que había llegado, no me sentí una extranjera. Quizá era porque estaba rodeada de turistas igual de perdidos que yo, o quizá porque, en el fondo, prefería mil veces el ruido de la gente a enfrentarme al silencio de un lugar vacío.

El día comenzó a apagarse lentamente y la ciudad empezó a llenarse de luces. Las estrellas aparecieron tímidamente entre las nubes y la luna se abrió paso sobre los edificios como si también quisiera observar Londres desde arriba. Fue entonces cuando decidí que, para cerrar bien el día, debía subir al London Eye. Siempre me había parecido una de esas cosas que debían vivirse al menos una vez, aunque me sorprendió descubrir que no había tanta gente como esperaba. Pensé que estaría repleto, pero apenas había unas cuantas personas en la fila. Tal vez porque era lunes. Tal vez porque Londres guardaba su magia para quienes sabían buscarla.

Mientras esperaba, no pude evitar observar a las parejas que estaban delante de mí. Algunas se abrazaban, otras se tomaban fotos ridículamente felices y otras simplemente se miraban como si el resto del mundo no existiera. Confieso que sentí un poco de envidia. No de la cursilería, sino de la compañía. Aunque rápidamente me consolé con mi pensamiento favorito: de todas formas, algún día iban a terminar.

—Si les estás deseando el mal mentalmente, recuerda que existe el karma.

La voz detrás de mí era más grave de lo que recordaba, pero igual de suave. Me giré de inmediato y ahí estaba él. El violinista de la noche anterior. El chico que decía venir de las estrellas. Aún no sabía su nombre, pero ya empezaba a sospechar que aparecer de la nada era uno de sus talentos principales.

—¿A qué viene ese comentario tuyo? —pregunté, alzando una ceja mientras lo observaba de arriba abajo.

Esa vez no llevaba el violín. Sin él parecía menos artista callejero y más problema emocional con bonita sonrisa.

—Quizá porque tu mirada y ese ceño fruncido dicen claramente: «Qué envidia, desearía tener una pareja y no estar sola en esta gran ciudad».

Antes de que pudiera responder, extendió la mano y puso un dedo justo entre mis cejas.

—Además, deberías dejar de fruncir tanto el ceño.

Aparté su mano inmediatamente.

—Yo no estaba pensando eso. Y mi ceño es culpa de esta fila eterna, llevo bastante tiempo esperando; para tu información sí tengo pareja, pero no está aquí, está en Barcelona.

Lo miré con sospecha.

—Y a todo esto... ¿cómo demonios es que coincidimos de nuevo?

Él sonrió. Esa sonrisa suya que parecía saber cosas que yo no.

—Recuerda, vengo de las estrellas. Cada vez que deseas algo con suficiente fuerza o se lo pides a una estrella, aparezco en cuestión de segundos.

Rodé los ojos.

—Da igual.

Avancé cuando finalmente llegó mi turno para subir, y para mi sorpresa, él subió conmigo como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.

La cápsula comenzó a elevarse lentamente, y durante unos segundos ninguno dijo nada. Solo observamos. Londres de noche era otra ciudad. Las luces parecían derramarse por las calles como pequeños ríos dorados, el Támesis reflejaba fragmentos de luna y todo allá abajo parecía más tranquilo, más lejano, como si los problemas no pudieran alcanzarte desde esa altura. Debía admitirlo: era hermoso.

—Es linda la vista desde aquí —dijo él, apoyándose ligeramente en el cristal—. Además, ves las estrellas más cerca.

Lo miré de reojo.

—Me hablas como si me conocieras de toda la vida.

Él soltó una pequeña risa.

—No necesito conocerte de toda la vida para saber que me siento cómodo a tu lado.

La forma tan tranquila en que lo dijo me dejó sin respuesta. Como si fuera la cosa más simple del mundo. Como si no acabara de desordenarme el corazón con una sola frase. Desvié la mirada hacia la ciudad.

—Ni siquiera sé tu nombre.

—Mike.



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En el texto hay: romance juvenil humor

Editado: 31.07.2026

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