Capítulo 4
DIOS MÍO, ¿por qué dije eso?
Genial. Ahora seguramente pensará que soy un maldito sensible que se deja llevar por sus sentimientos. O sea... sí lo soy, eso era verdad, pero ella no tenía por qué saberlo. Se suponía que debía mantener esa imagen de chico misterioso e interesante, alguien difícil de descifrar, no un idiota romántico que le pone significado emocional hasta a las estrellas.
Bravo, Mike. Realmente brillante.
Ahora solo quedaba esperar a que se burlara, que pusiera esa cara de «¿hablas en serio?» y me dejara claro que acababa de arruinar cualquier oportunidad de parecer mínimamente atractivo frente a ella.
Pero no pasó.
—Nuestra estrella... —murmuró mientras levantaba la vista al cielo—. Bueno, al menos ahora no me sentiré sola en este lugar enorme.
Después me dio un pequeño codazo, casi juguetón, y volvió a concentrarse en aquella estrella que brillaba más que todas las demás.
Me quedé quieto por un segundo, observándola en silencio. Pensé que se reiría, que haría alguna mueca de desagrado o que diría que era una tontería demasiado cursi incluso para escucharla. Pero no.
Le había gustado.
Y por alguna razón, eso hizo que algo dentro de mí se sintiera extrañamente en paz. Como si, por primera vez en mucho tiempo, no tuviera que fingir ser alguien más. Como si con ella pudiera bajar todas esas barreras absurdas que llevaba años construyendo.
Pude sentir cómo mi sonrisa crecía sola, inevitable, y tuve que mirar hacia otro lado para que no lo notara demasiado.
—Es hermosa... —dijo con una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios.
—Sí... lo es.
Ella seguía mirando aquella estrella, completamente hipnotizada por su brillo.
Y yo... yo había encontrado la mía.
La verdad, hacía mucho tiempo que había decidido no crear nuevos lazos. Había aprendido que encariñarse demasiado rápido casi siempre terminaba mal, así que prefería tomar distancia, ir con calma, no permitir que nadie entrara demasiado. Era más fácil así. Más seguro.
Y sí, Andrea era hermosa. Demasiado, si me preguntaban. Y sí, tenía esa clase de presencia que te obliga a mirar dos veces, esa mezcla extraña entre caos y ternura que resultaba imposible de ignorar. Pero no podía decir que me gustaba... ¿o sí?
Apenas la había visto dos veces en toda mi vida.
Dos.
Eso no era suficiente para sentir algo real. O al menos eso era lo que intentaba repetirme.
Aunque también existía esa maldita frase que decía que, a veces, una persona podía marcarte más en cinco minutos que alguien en cinco años. Y odiaba admitirlo, pero tal vez ella era exactamente eso.
Tal vez Andrea tenía esa clase de peligro. La clase de persona que llega sin avisar y cambia el orden de todo.
Pero no quería apresurarlo. No quería idealizar algo que apenas comenzaba ni arruinarlo antes de entender qué era realmente. Sobre todo, no quería volver a cometer el error de involucrarme demasiado rápido.
Así que tomé una decisión: no sería el caso. No me involucraría emocionalmente. No me involucraría emocionalmente. Definitivamente no lo haría.
PERO MIERDA, DE NUEVO LA CAGUÉ HORRIBLE. UGH.
Porque antes de que pudiera darme cuenta, ya estábamos caminando juntos, lado a lado, como si aquello hubiera sido lo más natural del mundo. Ella seguía hablando sin parar, contándome cosas pequeñas, desordenadas, divertidas, y yo... yo seguía escuchando como un idiota completamente atrapado.
Ahora sabía su nombre: Andrea.
—Verás, con el tiempo te vas a acostumbrar a Londres. Es un lugar increíble... caótico a veces, pero increíble —la miré de reojo mientras caminábamos y la noche nos envolvía con ese frío suave tan típico de la ciudad—. Y si no es indiscreción... ¿por qué venir aquí?
Ella bajó un poco la mirada, como si buscara la respuesta correcta entre todos sus pensamientos.
—Bueno, siempre me llamó la atención este lugar, y cuando me ofrecieron la beca no pude rechazarla.
Asentí despacio, aunque sabía que esa no era toda la verdad. Había algo en su tono, en la forma en la que evitó sostenerme la mirada, que me decía que había más.
Sonreí apenas.
—Genial... pero no respondiste mi pregunta.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿No?
Negué con la cabeza.
—No. Me dijiste cómo llegaste aquí, no por qué. Y no hablo de la beca ni de Londres como ciudad. Hablo de qué fue eso que te hizo pensar: «sí, necesito irme, necesito empezar de nuevo».
La miré directamente esta vez.
—¿Qué te motivó a venir?
Noté cómo se quedó en silencio por un momento, pensando demasiado la respuesta, como si estuviera decidiendo cuánto quería contarme y cuánto prefería guardarse. Su mirada se perdió un segundo en las luces de la calle y entendí que quizá no quería hablar de eso. Al menos no todavía.