Capítulo 5
No terminé de entender por qué estaba arreglándome para ir a ver lo que sea que Mike estuviera planeando, pero bueno, ¿qué más daba? Ya lo estaba haciendo. Al final, cualquier cosa era mejor que quedarme encerrada en mi dormitorio.
Ya me había visto unas diez veces al espejo y aún seguía pensando si me veía bien o no.
Vamos, Andy, no le des más vueltas a esto. Solo vas por curiosidad y aburrimiento. ¿Qué más da lo que lleves puesto?
Bueno, a empezar con esto. Gracias a Dios, sabía cómo llegar a ese teatro.
Seguía dándole vueltas al asunto. ¿Por qué querría ver una orquesta con Mike? Sí, entendía que a él le gustaba por lo del violín, pero ¿por qué invitarme a verla siendo casi una desconocida? ¿De verdad le había ofendido lo de «artista callejero»? De ser así, el chico tenía un orgullo enorme.
Al llegar, esperé fuera del teatro para ver si aparecía o algo por el estilo. No lo vi por ningún lado. El tiempo pasó y ya casi era la hora, así que pensé que quizá ya estaba adentro.
El teatro era hermoso por fuera, pero por dentro... no tenía palabras para describirlo. Me encantaba ese diseño que parecía haberse quedado atrapado en el tiempo. Un enorme candelabro adornaba el lobby del lugar y me dejó completamente pasmada. Y ni hablar de los vitrales, que parecían contar una historia a través de sus colores.
Al entrar a la sala donde todo ocurriría había demasiada gente; a pesar de que odiaba el maldito acento inglés, logré entender lo que decían:
—Muero de ganas por ver a ese gran artista. Es de los mejores de su generación.
—De verdad, esta orquesta es de las mejores de Inglaterra. Me atrevería a decir que incluso es una de las mejores del mundo.
—Me alegra haber conseguido entradas. Aún había algunas disponibles. Tuve que pagar una fortuna, pero valió la pena.
¿Dónde demonios se suponía que estaba? Boletos que costaban una millonada, una orquesta superconocida... Ahora la duda rondaba mi mente: ¿quién rayos era Mike?
Mientras pensaba en eso, noté que no había asientos vacíos a ninguno de mis lados. Entonces, ¿dónde debía sentarse Mike? ¿Acaso me había dado su único boleto? Pero... ¿por qué? En ese momento, las luces se apagaron y el silencio se apoderó de la sala. Poco a poco, el telón se abrió, dejando al descubierto a la orquesta.
Y entonces lo vi.
Mike sí había llegado, pero no de la forma en que imaginaba. Estaba allí, sobre el escenario, sosteniendo su violín con una serenidad que contrastaba con el torbellino de pensamientos que había en mi cabeza.
En cuanto el director de la orquesta se inclinó hacia el público empezaron los aplausos. Pensé que sería algo como las orquestas de siempre, pero qué equivocada estaba...
El director levantó la batuta y, durante un segundo, el tiempo pareció contener la respiración.
Entonces llegó la primera nota.
Fue tan suave que pensé que apenas la había escuchado, pero enseguida otra la siguió, y otra más, hasta que el teatro entero quedó envuelto en un mar de melodías. No era solo música; era como si alguien hubiera abierto una puerta invisible frente a todos nosotros.
Cerré los ojos por un instante.
Podía sentir el viento de un bosque que nunca había visitado, el aroma de la lluvia cayendo sobre calles antiguas y el calor de un atardecer que no recordaba haber vivido. Cada instrumento parecía contar una historia distinta y, aun así, todas encajaban como si hubieran nacido para encontrarse.
Los violines pintaban el cielo con pinceladas doradas; los violonchelos eran el murmullo tranquilo de un río; las flautas sonaban como aves cruzando un amanecer, y los metales despertaban montañas enteras con la fuerza de una tormenta.
No veía un escenario: veía recuerdos.
Algunos eran míos: tardes de infancia, el olor del café que preparaba mi mamá, las noches en las que miraba la luna desde la ventana de mi habitación. Otros no me pertenecían en absoluto, pero aun así se sentían familiares, como si la música pudiera prestarte los recuerdos de alguien más durante unos minutos.
Nunca había pensado que un lugar pudiera desaparecer sin moverse de sitio.
Seguía sentada en aquella butaca, rodeada de cientos de personas, pero mi mente viajaba por bosques, ciudades iluminadas, campos interminables y mares que parecían no tener fin.
Y entonces comprendí algo: la magia de una orquesta no estaba en tocar las notas correctas. Estaba en lograr que cada persona escuchara una historia diferente... usando exactamente la misma música.
La música seguía creciendo, envolviendo cada rincón del teatro como si respirara por sí sola. Cada instrumento tenía un lugar, una voz, una historia que contar. Era imposible decidir a cuál prestar atención... hasta que ocurrió.
Poco a poco, el resto de la orquesta comenzó a bajar la intensidad, como si todos estuvieran cediendo el escenario a alguien más.
Entonces el violín de Mike rompió el silencio.
No fue una nota especialmente fuerte ni rápida. Fue una sola, larga y cristalina, capaz de atravesar el teatro entero.