Capítulo 7
Había pasado una semana desde el concierto de Mike. En realidad, nada había cambiado desde aquel día. Yo seguía en la residencia de Londres, completamente embobada con mi teléfono, hasta que...
Okey, antes de que saquen conclusiones, quiero dejar algo claro: yo no tenía planeado darle mi número. En serio. Pero una cosa llevó a la otra y, al final, terminó convenciéndome. Y no, tampoco crean que desde entonces hablamos todo el tiempo.
Al abrir el chat, me encontré con varios mensajes de Mike. Llevaba dejándolo en visto desde hacía dos días, creo, pero en mi defensa, de verdad no tenía intención de hablar con él.
—Mike: YA DEJA DE IGNORARME, POR DIOS.
—Andrea: Que te haya dado mi número no significa que tengamos que hablar todos los días. Solo te lo di porque eres demasiado insistente.
—Mike: Pensé que me ignorabas porque estabas ocupada con tu novio. Pero luego recordé cómo les deseabas el mal a todas las parejas que estaban en la fila el otro día, así que asumí que estabas soltera y simplemente me estabas ignorando.
—Andrea: No estás tan equivocado. Sí, te ignoro... y no estoy soltera. Tengo novio.
—Mike: ¿Ah, sí? Vaya noticia. Y... ¿dónde está ese novio tuyo, si se puede saber?
—Andrea: No tengo por qué decírtelo... pero bueno, lo haré. Se quedó en Madrid. Se llama Matías y llevamos tres años juntos; pronto cumpliremos cuatro.
—Mike: JASDFSJFHDFSJDFGHJSD. Solo te pregunté dónde estaba, no que me entregaras un informe completo.
—Andrea: ¿Qué demonios? ¿Acaso te golpeaste la cabeza contra el teclado?
—Mike: Es una risa, boba.
—Andrea: Créeme, me estoy acostumbrando a esto de hablar con amigos y ninguno se ríe así.
—Mike: Porque ninguno es yo.
—Mike: Eyyyyyyyyyy.
—Mike: Andy????
—Mike: ¿Puedo llamarte así?
—Mike: ...
—Mike: Bueno, vuelve a ignorarme.
—Mike:ANDYYYYYYYYYYY, RESPONDEEEEEEEEE!
No respondí. Al principio solo fueron unos minutos, pero luego me distraje y, cuando volví a mirar el teléfono, ya habían pasado un par de horas. Para ese entonces, Mike ya había hecho lo que mejor sabía hacer: llenar el chat de mensajes.
Cuando por fin me decidí a responder, después de ignorar los doscientos stickers de gatitos llorando que me había enviado, alguien tocó a la puerta del dormitorio. Fruncí el ceño; era raro, no esperaba a nadie y mi nueva roomie ni siquiera había llegado todavía.
Abrí la puerta y, por un segundo, mi cerebro dejó de funcionar. No podía creer lo que estaba viendo.
—Sorpresa. No te lo esperabas, ¿verdad? —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Antes de que pudiera articular una sola palabra, me lancé a abrazarla con todas mis fuerzas. ¡Era Nat! Al preguntarle qué hacía allí entre risas, ella me devolvió el abrazo y soltó la bomba:
—Me matriculé en la misma universidad que tú. Sorpresa... soy tu nueva roomie.
Me separé apenas unos centímetros para asegurarme de que no era una alucinación. Mi mejor amiga había cruzado medio continente para venir hasta Londres. Seguía sin creerlo, pero tal vez, al final, Londres no había sido una tan mala idea.
El grito de emoción que solté debió escucharse en todo el pasillo de la residencia.
Le agarré los hombros, mirándola fijamente como si estuviera intentando descifrar si era un holograma o un producto de mi imaginación hambrienta.
—¡Estás demente! —exclamé entre risas, volviendo a abrazarla antes de hacerla pasar a rastras hacia la habitación junto con sus maletas—. ¡Demente total! ¿Cómo hiciste para organizar todo esto sin que se me escapara nada? ¿Cómo no me enteré?
Nat dejó caer su mochila pesada sobre la cama vacía del fondo y se cruzó de brazos, luciendo ridículamente orgullosa de sí misma.
—Por favor, Andrea. Soy tu mejor amiga, la logística secreta es mi especialidad. Llevo un mes haciendo el papeleo del traslado. Tenía que ver tu cara cuando abrieras la puerta o todo esto no habría valido la pena.
—Todavía no me lo creo... —dije, dejándome caer en mi cama y llevándome las manos a las mejillas. Una ola de alivio inmensa me recorrió el cuerpo. Londres seguía siendo enorme y abrumadora, pero la sola idea de no tener que enfrentar este lugar sola cambiaba las cosas por completo.
Entonces, el teléfono en mi mano volvió a vibrar.
Bzz. Bzz. Bzz.
El sonido constante interrumpió el momento. Miré la pantalla de reojo por un segundo: la barra de notificaciones era una cascada interminable de mensajes de un mismo contacto.
Mike: ANDYYYY.