Capítulo 8
Desde pequeño, la música había sido una parte fundamental en mi vida. Aprendí a tocar diferentes instrumentos, pero mi favorito siempre fue el violín; por eso me enfoqué en mejorar.
También usaba el violín como un escape en mi día a día. Cuando necesitaba desconectarme un momento de todo lo que me rodeaba... el violín siempre estaba esperándome. Si tenía un mal día o una nota baja en un examen, tocar una melodía suave siempre me hacía olvidar todo.
Nunca me destaqué por ser el más popular o sociable; era selectivo con quiénes conocía. En realidad, no quería darle acceso a cualquiera por miedo a salir herido... Aunque hubo alguien que rompió por completo esa barrera, tal vez porque la conocía desde que era un niño o simplemente porque era de esas personas que te cautivan con solo estar ahí.
—Eres muy bueno con eso para ser un niño.
Con eso empezó todo. No se presentó, no preguntó... Solo llegó y se quedó.
Debí alejarme, tal vez, pero no pude. No sabía que ella me llevaría a este vacío.
Necesitaba ruido ahora. Necesitaba algo para callarme, necesitaba el sonido, necesitaba...
Su voz.
Su risa.
Sus quejidos.
La necesitaba a ella de verdad, pero lo había arruinado por ser un idiota insistente. Lo más seguro es que ahora Andy me odiara totalmente y por eso no me respondía. Porque es verdad: soy demasiado insistente y pegajoso cuando alguien me importa.
—¿Qué te sorprende? Lo sabes muy bien.
No... Esa voz no. No ahora.
—Por eso te dejé, ¿no? Porque no sabes controlarte y medirte.
Lo vi. Su reflejo en ese espejo seguía ahí, detrás de mí.
No, no, no.
—¿Por qué sigues aquí?
—Porque tú no me olvidas. Estaré contigo hasta que tu cabeza así lo decida.
—Bien, entonces ya no te quiero aquí. Vete. Mi cabeza decidió que debes irte.
—¡Ups! Corazón... Yo sigo viviendo aquí y jamás me sacarás de ahí...
Quería negarlo, quería sacarla, pero ella tenía razón... Nunca la podía sacar de mi cabeza. Ella era la viva imagen de todos mis miedos, era la representación de mi remordimiento... Ella era mi depresión.
Porque al final del día lo arruino todo... Je, siempre es lo mismo, la misma mierda, Mike. Nada cambiará de verdad. Porque nunca nadie te querrá como para quedarse y lo sabes, no sé por qué te sigues engañando a ti mismo...
No lo soporté más y golpeé la pared, haciendo que el espejo cayera rompiéndose en varios fragmentos. Ver mi reflejo así... roto, fue de lo más real que había visto, porque era la verdad: yo estaba roto. Yo no podría estar con nadie porque ni siquiera puedo estar para mí mismo cuando me necesito.
—Entonces eso pasó... No sé por qué siempre que empiezo a sentirme feliz, ella... ella vuelve a aparecer.
El doctor guardó silencio unos segundos antes de responder.
—¿Qué sentiste cuando la viste?
Mike soltó una risa amarga.
—Miedo... y culpa. Como si no tuviera derecho a seguir adelante.
El psicólogo asintió con calma.
—Eso es exactamente de lo que hemos hablado estas últimas sesiones. No es ella quien aparece para arruinar tu felicidad; es tu mente la que todavía asocia el ser feliz con la posibilidad de perderlo todo otra vez.
Mike desvió la mirada hacia el suelo.
—Lo sé... lo entiendo en teoría. Pero quiero que deje de pasar. Recéteme algo más fuerte si hace falta. Ya sabe que el dinero no es un problema.
El doctor negó despacio con la cabeza.
—Mike, si esto fuera una infección, bastaría con cambiar el medicamento. Pero no estamos tratando una enfermedad que desaparezca con una pastilla —hizo una breve pausa antes de continuar—. Los fármacos pueden ayudarte a disminuir la ansiedad, a dormir mejor o a estabilizar ciertos síntomas, pero no pueden convencer a tu cerebro de que ya estás a salvo. Ese trabajo solo puede hacerse enfrentando aquello de lo que llevas años huyendo.
Mike apretó la mandíbula.
—¿Y cuánto tiempo más va a tomar?
—No puedo darte una fecha. La mente no sana siguiendo un calendario. Sana cuando deja de sobrevivir y aprende, poco a poco, que ya no necesita defenderse de un peligro que terminó hace mucho.
Hubo un silencio en aquella pequeña consulta. Mike mantenía la vista fija en el techo, mientras el psicólogo lo observaba con paciencia. Era uno de esos silencios incómodos, cargados de dudas e inseguridades.
—Tienes un concierto este fin de semana, ¿verdad?
—Sí.
—¿Piensas invitar de nuevo a esa chica?
Mike dejó escapar una risa sin humor.
—No puedo. Debe odiarme por lo fastidioso y pegajoso que fui.
El psicólogo negó con la cabeza.
—Eso no lo sabes. A veces las personas simplemente necesitan espacio, y eso no significa que nos odien. Significa que tienen sus propios tiempos.