Nuestra familia

Capítulo 5 - Lo que no me dijeron

Lucian Roy

Nunca había pensado demasiado en las mentiras.

No porque nunca hubiera mentido.

Sino porque siempre había considerado que algunas cosas simplemente no necesitaban decirse.

Pero aquella mañana había sido diferente.
Había mirado a un abogado a los ojos y le había dicho que no estaba casado.

Y sí lo estaba.
Desde hacía seis meses.

Miré a Daniela mientras conducía.
Seguía con el teléfono entre las manos. El mensaje de Tristán continuaba abierto en la pantalla.

"No confíen en ese documento. Necesito hablar con ustedes cuanto antes."

—¿Crees que descubrió algo? —preguntó.

—Sí.

—¿Algo malo?

—No lo sé todavía.

Daniela suspiró.

—Eso no me tranquiliza.

Sonreí ligeramente.

—A mí tampoco.

Durante unos segundos solo se escuchó el ruido del motor.

—¿Te arrepientes? —preguntó de pronto.

—¿De qué?

—De haber dicho que no estás casado.

La miré brevemente.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Volví la mirada hacia la carretera.

—No quería que ese hombre supiera nada sobre nosotros hasta que Tristán entendiera qué está pasando.

Daniela bajó la mirada.

—Me sentí horrible cuando lo dijiste.

Apreté suavemente su mano.

—Jamás negaría nuestro matrimonio, Dani.

Ella me miró.

—Lo sé.

—Pero tampoco voy a poner en riesgo lo que tenemos por responder una pregunta que no necesitaba ser respondida todavía.
Daniela sonrió un poco.

—Eso sonó bastante a estudiante de Administración.

—Estoy aprendiendo.

Soltó una pequeña risa. Y por unos segundos, el peso que llevábamos encima pareció desaparecer. Pero solo por unos segundos. Porque cuando llegamos a casa, el teléfono de Daniela volvió a sonar.

Esta vez era Tristán.
Ella contestó.

—¿Tío?

Escuchó en silencio. Su expresión cambió.

—Sí... acabamos de llegar.

Otra pausa.

—¿Qué encontraste?

La observé atentamente.

—¿Estás seguro?

Su rostro se puso serio.

—Entiendo.

Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la mesa.

—Quiere que vayamos a su oficina.

—¿Ahora?

Asintió.
—Dice que encontró algo importante en la documentación.

No pregunté nada más. Media hora después estábamos nuevamente frente a la oficina de Tristán. Entramos directamente. Esta vez no hubo bromas. La secretaria nos indicó que pasáramos. Tristán estaba de pie detrás de su escritorio. Había varias carpetas abiertas y documentos organizados en diferentes grupos. Cuando nos vio entrar, levantó la mirada.

—Cierren la puerta.

Daniela lo hizo. Nos sentamos frente a él. Tristán tomó aire antes de hablar.

—Estuve revisando la documentación que pude obtener.

—¿Y? —pregunté.

Tristán colocó tres documentos sobre el escritorio.

—Primero quiero que quede claro algo.
Lo miré.

—No estoy suponiendo.

Señaló los documentos.

—Estoy hablando de lo que pude comprobar.

Eso consiguió toda mi atención.

—Encontré el testamento que consta como documento principal de la sucesión.

Sentí que Daniela se tensaba a mi lado.

—¿El original? —pregunté.

—Tengo acceso a una copia certificada del instrumento notarial. El original permanece en el protocolo correspondiente.

Asentí.

—¿Y qué dice?

Tristán deslizó la primera hoja hacia mí.

—Tu nombre aparece como heredero principal.

Sentí un extraño alivio.

—¿Y la edad?

—Veintiún años.

Miré a Daniela.
Eso coincidía con lo que mi antiguo abogado siempre me había dicho. Por primera vez en mucho tiempo, una parte de aquella historia parecía tener sentido. Hasta que Tristán tomó otro documento.

—Pero aquí es donde las cosas cambian.

Lo dejó junto al primero.

—Las condiciones de matrimonio y descendencia no aparecen en el testamento que he podido verificar como documento principal.

El silencio fue inmediato.

—¿Qué? —pregunté.

—No aparecen ahí.

Daniela frunció el ceño.

—Entonces, ¿de dónde salieron?

Tristán señaló el segundo documento.

—De este instrumento posterior.

Lo observé.
Había una fecha.

—¿Esto fue después?

—Sí.

—¿Después de que mis abuelos murieran?

—Después.

Sentí un vacío en el estómago.

—Entonces esas condiciones no estaban en el testamento original.

Tristán negó lentamente con la cabeza.

—No en el testamento principal que he podido verificar.

Daniela habló con cuidado.

—¿Y ese documento posterior es válido?

—Eso es lo que estoy determinando.

Tristán tomó otra hoja.

—Pero hay algo que sí puedo decirles con seguridad.

Esperé.

—El documento donde aparecen las condiciones no es el mismo instrumento en el que tus abuelos te nombraron heredero principal.

Me quedé inmóvil. Todo lo que había escuchado durante los últimos dos meses empezó a encajar de una manera diferente.

—Entonces el abogado de hoy...

—Está trabajando con el expediente que recibió —dijo Tristán—. Y ese expediente contiene ambos documentos.

Daniela me miró.

—Eso explica por qué él estaba tan seguro de las condiciones.

Tristán asintió.

—Exactamente.

Tomó el tercer documento.
—Y todavía hay algo más.

Lo miré.

—El beneficiario sustituto también aparece en ese documento posterior.

Sentí que la mandíbula se me tensaba.

—Mi primo.

—Tu primo.

—¿Y en el testamento original?

Tristán negó.

—No aparece como sustituto en el instrumento principal que he revisado.

Aquello me dejó sin palabras. Durante dos meses había pensado que mis abuelos habían dejado aquellas condiciones.

Que habían decidido que debía casarme.
Que debía tener un hijo.
Que, si no lo hacía, mi primo recibiría lo que me correspondía.




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