Nuestra historia en notas

8 - La Nueva

17 – Nov – 25

Aurora Elizabeth

Si Viena era silencio, orden y café negro, este lugar era color, ruido y salsa de tomate.

Después del recorrido por el campus, el grupo me llevó a lo que ellos llamaban "la zona de recarga". No era una cafetería estudiantil cualquiera; al extremo derecho de la academia, colindando con la avenida, había un complejo de restaurantes al aire libre que parecía tener vida propia. Había estudiantes por todas partes, mezclados con gente local que venía solo por la comida.

El olor a carne a la parrilla y papas fritas inundaba el aire salado de Caraballeda. Nos detuvimos frente a un local con un letrero amarillo y negro que decía "La Paisana Burguers".

—Bienvenida al templo del colesterol —anunció Vladi, frotándose las manos— Si no comes aquí, no eres estudiante de "La Poesía".

Nos sentamos en una mesa larga de madera. Adriana y Bella llegaron unos minutos después, cargando carpetas y con cara de haber corrido un maratón, pero sonriendo. Se sentaron junto a nosotros, creando un círculo ruidoso y alegre.

—¿Qué van a pedir? —preguntó Darek, sentándose a mi lado. Su cercanía me ponía nerviosa, pero de una forma que no me desagradaba.

—Yo quiero lo de siempre —dijo Mateo— Sin pepinillos, por favor.

Darek me miró, notando mi indecisión ante el menú gigante.

—Confía en mí —me susurró— Pide la Burger Delux XL. Es la especialidad de la casa. Carne, doble queso, tocineta, huevo... te cambia la vida.

—¿XL? —pregunté, dudosa. En Europa las porciones eran... prudentes.

—Sí. Y para todos también —ordenó Darek al mesero que se acercó— Cinco Delux XL con todo, y refrescos grandes.

La conversación fluyó rápido. Hablaban de música, de profesores, de chistes internos que yo no entendía pero que me hacían sonreír igual. Me sentía una extraña, sí, pero una extraña bienvenida. Veía cómo Bella se reía con Darek, tocándole el brazo con familiaridad. Sentí una punzada pequeña en el estómago —tal vez celos, tal vez inseguridad, pero que era lo que pensaba solo era un amigo—, pero la ignoré cuando trajeron la comida.

La hamburguesa era inmensa. Monstruosa. Pero al primer bocado, entendí por qué Darek la amaba. Era deliciosa.

Cuando terminamos y estábamos en ese estado de coma alimenticio, el mesero trajo la cuenta. Darek, con un movimiento rápido, sacó su tarjeta negra.

—Yo invito —dijo él.

Mi mano fue más rápida. Intercepté la cuenta antes de que el mesero tomara la tarjeta de Darek.

—No —dije firme, sacando mi propia tarjeta— Yo pago.

Darek me miró sorprendido, con la tarjeta en el aire.

—Aurora, no. Eres la nueva. Aquí el nuevo no paga, es descortesía. Nosotros te invitamos para darte la bienvenida.

—En Europa —repliqué, mirándolo a los ojos—, un trato es un trato. Y tú y yo hicimos un trato en el pasillo. Yo perdí la apuesta del tour, así que yo pago el almuerzo. Además...

Hice una pausa, mirando a Vladi limpiándose la salsa de la cara, a Mateo revisando su Tablet, y a las chicas que me miraban curiosas.

—Ustedes han sido increíblemente amables conmigo desde que llegué. Me han hecho sentir... que no estoy sola. Es mi forma de decir gracias.

Darek me sostuvo la mirada un segundo más, y luego sonrió, guardando su tarjeta.

—Está bien, europea. Trato es trato.

Se giró hacia el grupo y alzó los brazos.

—¡Señores! ¡Hoy comemos por cortesía de Aurora!

—¡Esa es! —gritó Vladi, aplaudiendo— ¡Ya me cae bien la catira! ¡Gracias, Aurora!

Todos rieron y agradecieron. Pagué la cuenta con una satisfacción extraña. Me gustaba esto. Me gustaba ser parte de algo.

Mientras nos levantábamos, Adriana revisó su reloj y soltó un grito ahogado.

—¡Son la 1:50! La reunión de comités es a las 2:00 PM. Tenemos que volar.

Todos empezaron a recoger sus cosas. Yo me quedé un paso atrás, lista para despedirme.

—Bueno, muchas gracias por todo —les dije— Nos vemos mañana.

Adriana se detuvo en seco.

—¿A dónde vas? Vienes con nosotros.

—¿A la reunión? —Negué con la cabeza— No, Adri. Yo todavía no soy alumna oficial hasta enero. No pinto nada ahí, me sentiría incómoda interrumpiendo.

Estaba lista para irme, cuando sentí una mano suave en mi hombro. Era Bella.

Me giré, esperando ver esa mirada territorial que me había lanzado en la oficina de Dalia, pero encontré una sonrisa genuina, cálida, casi infantil.

—Ay, por favor, Aurora —dijo Bella con dulzura— Ya firmaste los papeles, ¿no? Ya comiste la Burger Delux, ¿no? Entonces ya eres de la familia.

Me tomó del brazo con suavidad, jalándome hacia el grupo.

—Además, necesitamos opiniones frescas. Ya estamos hartos de las ideas de Vladi. —Me guiñó un ojo— Anda, ven. No te vas a arrepentir.

Su amabilidad me desarmó. No podía odiarla, ni siquiera podía tenerle celos si era así de linda, y además para que si ya tengo mi novio. Asentí, vencida.

—Está bien. Vamos.

Caminamos rápido de regreso al edificio principal y entramos al Salón de Artes Escénicas 3, un aula tipo anfiteatro con piso de madera y espejos cubiertos.

El lugar estaba lleno. Había unos treinta estudiantes divididos en grupos, discutiendo, revisando laptops y pegando papeles en pizarras. Al entrar nosotros, se hizo un breve silencio que luego se convirtió en saludos para Darek y los chicos.

Adriana y Bella se transformaron. Dejaron de ser las amigas risueñas y se convirtieron en Coordinadoras Generales. Se pararon frente al salón con una autoridad impresionante. Mateo se colocó a su lado, con una lista en la mano.

—¡Buenas tardes a todos! —dijo Mateo, proyectando la voz sin necesidad de micrófono— Gracias por la puntualidad. Antes de empezar, quiero dar la bienvenida oficial al equipo a Darek, que se reincorpora después de su gira.

Hubo aplausos y silbidos. Darek saludó con la mano, sonriendo, pero se quedó atrás, recostado en la pared junto a mí y Vladi.




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