Nuestra historia en notas

10 - Mamarracho

17 – Nov – 25

Darek Alexander

—¿Y tú? —preguntó ella suavemente— ¿Tienes novia actualmente?

El tiempo se detuvo. Juro que escuché cómo las olas dejaban de romper por un segundo. Sus ojos tenían ese brillo de curiosidad, tal vez de esperanza, o tal vez yo estaba proyectando lo que quería ver. Iba a decirle que no. Iba a decirle que mi corazón estaba en remodelación, pero que ella acababa de traer los planos para construir algo nuevo. Que estoy pensando, como se me ocurre eso, si la acabo de conocer y tiene novio y yo menos tengo que pensar en esas cosas.

Abrí la boca para responder, pero el destino, que tiene un sentido del humor bastante cruel, decidió interrumpirme con el rugido de un motor.

Una moto negra se clavó frente a nosotros. Y la magia se rompió.

El tipo se quitó el casco. Jeremy, si no mal recuerdo su nombre desde la primera vez que lo vi en aquel restaurante a él engreído y por eso lo bauticé en mi mente: El Mamarracho.

La interacción fue un desastre. No por mí, yo puedo manejar a un tipo con complejo de superioridad. Fue por ella. Ver a Aurora, que minutos antes brillaba hablando de música, encogerse ante él... eso me hirió el orgullo más que cualquier insulto.

—...lo tuyo es estar mirando a las chicas de los demás, popsito.

Popsito.

Sentí la sangre hervir en mis sienes. Apreté los puños tan fuertes que las uñas se me clavaron en las palmas. Si Vladi no hubiera llegado, probablemente le habría bajado los dientes ahí mismo, sin importar la "cordialidad de la casa".

Pero Aurora intervino.

—Me tengo que retirar —dijo con un hilo de voz, sin atreverme a mirar atrás— Gracias por todo, Darek.

La vi subirse a esa moto, sumisa, apagada. Vi cómo él arrancaba acelerando innecesariamente, marcando territorio como un perro. Me quedé allí parado en la acera, viendo las luces rojas traseras desaparecer en el tráfico de la Avenida José María España.

—Maldito mamarracho —escupí al suelo.

Vladi se paró a mi lado, mirando también hacia la avenida.

—Ese tipo es un imbécil, Darek.

—Lo que me arrecha no es lo que me dijo a mí —murmuré, pateando una piedra— Es cómo la trata a ella. ¿Viste cómo se puso? Le tiene miedo, Vladi. Le tiene pánico.

—Lo sé, hermano. Pero bájale dos —Vladi me puso una mano en el hombro— No eres el Capitán América para salvarla. Ella tiene que darse cuenta sola. Vámonos a la casa, que una buena cena nos quita este mal sabor de boca. Mateo ya tiene el carro encendido.

Respiré hondo, tragándome la rabia, y caminamos hacia el estacionamiento.

El camino de regreso a Caracas fue, al principio, silencioso.

Mateo manejaba concentrado, maniobrando para salir de Caraballeda y tomar la rampa hacia la autopista. Vladi iba atrás, con los audífonos puestos, probablemente revisando la mezcla que acababa de hacer, moviendo la cabeza suavemente.

Yo iba de copiloto, con la frente apoyada en el vidrio frío.

En el estéreo del carro sonaba un beat instrumental de Lo-Fi, algo suave, solo bajos y sintetizadores atmosféricos que Mateo ponía para relajar la mente después de un día de ruido.

El carro empezó el ascenso. Dejamos atrás las palmeras y el calor pegajoso de la costa. A medida que subíamos, la temperatura bajaba y la ciudad de La Guaira se convertía en un tapiz de luces amarillas allá abajo.

Entramos al Túnel Boquerón 1. El sonido del mundo se apagó, reemplazado por el zumbido de los ventiladores gigantes y el eco de los motores. Las luces naranjas del techo pasaban rítmicamente sobre el capó.

Cerré los ojos tras mis lentes oscuros.

¿Qué estoy haciendo?, pensé.

Quizás es mi culpa. Si no me hubiera entrometido tanto, si no hubiera insistido en el tour, en la comida, en meterla en la Gala... ella no estaría ahora en medio de una pelea. Yo provoqué ese disgusto.

Vengo de un mal de amor, de un desastre con Gaby, y como fue que me lance directo a Aurora, ¿que hizo ella para que yo me comportara así?, no lo entiendo, pero...

Salimos del túnel y cruzamos el Viaducto. A mi derecha, el abismo oscuro; a mi izquierda, la pared inmensa de la montaña. El aire ya se sentía más ligero, más frío. Caracas estaba cerca.

La imagen de Aurora pidiendo perdón se mezcló con otro recuerdo. Gaby.

Gaby... mi ex. La chica que me enseñó lo que era el cielo y luego me arrastró por el infierno. Todavía sentía el eco de esa relación, las cicatrices de una ruptura que casi me cuesta la carrera. La quería, sí. Todavía guardaba un cariño inmenso por los momentos lindos, por la musa que fue. Pero regresar a eso, o empezar algo nuevo con esa intensidad... no estaba listo.

No puedo ser el héroe, reflexioné viendo las luces de los ranchitos que adornaban los cerros como pesebres infinitos. Ella ya tiene a alguien. Es un patán, sí, pero es su patán. Tienen historia, tienen años. Yo soy solo el tipo que conoció ayer, soy un estúpido que vive de ilusiones.

Involucrarme con alguien que tiene pareja es un error. Es buscar problemas gratis. Y yo necesito paz. Necesito enfocarme en mi música, en el 4º Año. No puedo permitirme otro drama como el de Gaby. A menos que... que idiotez pienso, no tengo que involucrarme, ya un tercer trauma no lo quiero, suficiente con dos, y el ultimo esta fresco y el primero vive en mi memoria por siempre.

El letrero verde sobre la autopista anunció: "CARACAS - DISTRIBUIDOR METROPOLITANO".

Habíamos llegado al valle. Las luces de la capital nos recibieron, millones de puntos brillantes bajo la sombra imponente del Ávila.

Rompí el silencio del carro.

—Lo pensé bien —dije, sin girarme, mirando la ciudad.

Mateo bajó un poco el volumen de la música. Vladi se quitó un audífono.

—¿Qué cosa? —preguntó Mateo.

—Lo de Aurora —Suspiré, empañando un poco el vidrio— Voy a dejar eso así. No me voy a meter.




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