Nuestra historia en notas

11 - Secreto

18 – Nov – 25

Omnisciente

El silencio en la exclusiva residencia de Los Palos Grandes era distinto al de cualquier otro lugar. No era paz; era un vacío costoso, climatizado a 18 grados centígrados.

En la habitación principal, la luz de la luna se filtraba a través de los ventanales blindados, iluminando la figura de Jeremy Adrián Bristol, quien dormía profundamente boca abajo. La sábana de seda blanca apenas cubría la mitad de su cuerpo, dejando sus piernas al descubierto, relajado, satisfecho, ajeno al mundo.

Aurora, en cambio, no podía dormir.

Se levantó de la cama con movimientos lentos, arrastrando consigo una manta de color crema. El piso de mármol estaba helado bajo sus pies descalzos, enviando un escalofrío que subió por sus tobillos hasta su columna, pero no le importó. Caminó hacia el ventanal panorámico que ofrecía una vista privilegiada del valle de Caracas dormido.

Se detuvo allí, de espaldas a la cama. La manta apenas se aferraba a su pecho, dejando al descubierto su espalda desnuda. Era una espalda perfecta, esbelta y tonificada, con la línea de la columna marcada suavemente como el mástil de un violonchelo. La luz plateada delineaba su silueta, mostrando las curvas de una mujer que parecía una escultura griega, hermosa pero fría.

Aurora abrazó la tela contra su cuerpo, sintiendo un nudo en la garganta. Había cumplido. Había "compensado" el mal rato, tal como él lo exigió. Pero lo que antes, hace años, podía confundirse con pasión, ahora se sentía como una transacción. Un pago por su libertad condicional.

Sus pensamientos volaron, traicioneros, hacia la tarde. Hacia la brisa salada, las hamburguesas grasientas y la risa escandalosa de Darek.

"Es un buen chico", pensó, viendo las luces parpadeantes de la autopista a lo lejos. "No merece que lo arrastre a mi desastre".

Pero había algo más. Algo que la inquietaba profundamente. Cuando estaba cerca de Darek, sentía una seguridad absurda, una calidez en el pecho que le resultaba inquietantemente familiar. Era como escuchar una canción que no recordaba haber aprendido, pero cuya letra sabía de memoria. No tenía lógica. Apenas lo conocía, y, sin embargo, su presencia llenaba huecos que ni siquiera sabía que tenía.

—Tengo que olvidarlo —susurró para sí misma, empañando el cristal con su aliento—Ya tengo pareja. Estoy aquí para cantar, para cumplir mi sueño, no para jugar a la casita. Nadie puede interponerse. Ni siquiera él...

En ese instante, el zumbido de su celular sobre la mesa de noche rompió el silencio como un disparo.

Aurora se tensó. Giró la cabeza, verificando que Jeremy no se hubiera movido. Él solo soltó un ronquido suave. Ella caminó de puntillas, con el corazón acelerado, y tomó el dispositivo.

La pantalla iluminó la oscuridad: Notificación de: Mami "Mi vida, ¿estás despierta? ¿Puedo llamar?"

Miró la hora. 3:30 AM en Caracas. En Viena eran las 8:30 AM. Su madre, puntual como un reloj suizo, ya estaba iniciando su día mientras ella ni siquiera había terminado el suyo.

—Lo suponía —murmuró con resignación.

Deslizó el dedo para desbloquear, pero no contestó el mensaje. Sabía que un texto no sería suficiente. Abrió con cuidado la puerta corrediza del balcón y salió al aire fresco de la madrugada caraqueña, cerrando tras de sí para no despertar a su guardián.

Marcó el número. Un tono. Dos tonos.

Aurora, Schatz (tesoro) —la voz de su madre sonó cristalina, dulce, pero con ese subtono de acero que Aurora conocía bien— Sabía que contestarías. Siempre has tenido el sueño ligero.

—Hola, mamá. Buenos días —respondió Aurora, apoyándose en la baranda fría, mirando la ciudad que parecía un mar de estrellas caídas— ¿Cómo están todos por allá?

Todos bien. Tu padre ya se fue al bufete. Pero no hablemos del clima de Viena. Cuéntame lo importante. ¿Ya está hecho? ¿Estás inscrita en... ese lugar?

—Sí, mamá —Aurora suspiró, enrollando un mechón de cabello en su dedo— Fui ayer. Firmé los papeles, entregué las credenciales. Todo quedó tal cual lo solicitaste en el contrato. No hubo ningún problema.

Excelente. Espero mucho de ti, Aurora. Sabes que movimos cielo y tierra, y bastantes influencias, para permitirte este capricho. Tenías el Conservatorio Real, tenías París, tenías Londres... pero decidiste irte a Venezuela, a esa academia tropical —Hizo una pausa dramática— Espero que valga la pena y no me decepciones.

—Es una institución prestigiosa, mamá. Tienen convenios internacionales y...

Sí, sí, lo que digas —la cortó su madre, restándole importancia— Lo importante es que cumplas con tu parte. ¿Y Jeremy? ¿Cómo está él?

Aurora cerró los ojos, sintiendo la punzada de control a miles de kilómetros de distancia.

—Bien. Él está bien. Ya se estableció en la casa. Ayer empezó a trabajar en la sucursal de los negocios de su familia aquí.

Qué muchacho tan centrado. Es una joya, Aurora. Hizo un sacrificio enorme al acompañarte a un país tan... complicado, solo para cuidarte. Espero que lo estés tratando como se merece. Hazle caso en todo, hija. Jeremy sabe lo que es mejor para ti. Él tiene la visión que a ti a veces te falta.

La sumisión de la noche anterior le quemó en la piel. Aurora apretó el teléfono con fuerza.

—No, mamá —soltó de repente, con un destello de rebeldía— Yo soy autosuficiente para tomar mis decisiones. No necesito que nadie piense por mí. Estoy aquí para estudiar, no para ser su sombra.

Hubo un silencio gélido al otro lado de la línea. Cuando su madre volvió a hablar, la dulzura había desaparecido por completo.

Escúchame bien, Aurora Elizabeth. No te confundas. Si haces algo que no esté acorde al trato, si te desvías un milímetro del plan de vida que trazamos para tu bien, habrá consecuencias graves. Te cortaré los fondos, cancelaré tu matrícula y te traeré de vuelta en el primer vuelo. Y entonces, no tendrás alternativa alguna. ¿Me entiendes?




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