Arrugué la carta que sostenía en mi mano mientras sentía un dolor punzante en el pecho, ese tipo de dolor que te quita el aire de golpe. Miré a mi alrededor y noté que ya era tarde. El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo de un tono grisáceo que encajaba perfectamente con cómo me sentía.
La casa de al lado estaba completamente a oscuras, Vacía..
A mis trece años, todavía era una tonta que creía en los finales felices y en las promesas de jardín de infantes. Thomas, un año mayor que yo y el chico con el que había compartido cada maldito recuerdo de mi vida, se había ido. Sin un abrazo. Sin un adiós en persona. Solo me había dejado un trozo de papel arrugado con una caligrafía apurada:
Emily:
Nos tenemos que ir. No sé a dónde, ni cuándo voy a volver. Solo sé que te voy a extrañar más de lo que imaginas. No me olvides, por favor.
— Thomas.
"No me olvides", decía. Como si fuera posible olvidarte del chico que te enseñó a andar en bicicleta, el que se ganaba los regaños de nuestras familias por seguirme en mis locuras y el único que lograba calmar mis ataques de pánico con solo mirarme.
Todo el mundo decía que éramos los mejores amigos de la infancia. Los inseparables. Pero mientras las lágrimas finalmente resbalaban por mis mejillas y veía la ventana de su habitación cerrada, supe que no era solo amistad lo que se me estaba rompiendo adentro. Era algo mucho más profundo, algo que ni siquiera teníamos edad para entender, pero que dolía como si nos perteneciera desde siempre.
Él se había ido. Y me había dejado con la duda de qué éramos, justo cuando empezábamos a descubrirlo.