Nuestra Melodia

Capitulo 1:El arte de no buscarte

𝗘𝗺𝗶𝗹𝘆 𝗟𝗲𝗻𝗻𝗼𝘅

Cinco años, dos meses y cuatro días. Ese era el tiempo exacto que había pasado desde que la casa de al lado se había convertido en un fantasma de madera y ventanas cerradas.

—Emily, si no dejas de morder el capuchón de ese bolígrafo, vas a terminar tragándotelo —bromeó de repente mi mejor amiga, dándome un leve empujón con el codo.

Parpadeé, saliendo de mis pensamientos, y miré el libro de literatura que tenía abierto sobre la mesa de la cafetería. Llevaba media hora atrapada en la misma página, pero mis ojos no estaban leyendo; estaban fijos en el gran ventanal que daba a la calle principal. Era un sábado por la tarde perfecto, el sol brillaba con fuerza y la ciudad estaba llena de ruido, justo el tipo de ambiente que solía encantarme. Me gustaba salir, reír con las chicas y fingir que mi mundo era de lo más normal.

Pero la verdad era que, a mis diecisiete años, todavía guardaba un secreto bajo el colchón de mi cama: una carta arrugada que me sabía de memoria.

—Lo siento, me distraje —mentí, regalándole una de mis sonrisas más ensayadas mientras acomodaba un mechón de pelo detrás de mi oreja—. ¿De qué hablábamos?

—De que la nueva banda del club de música va a tocar el próximo viernes y tenemos que ir —respondió ella, con los ojos brillándole de la emoción—. Dicen que el nuevo guitarrista es increíble. Un chico misterioso que acaba de mudarse al vecindario.

Sentí un vuelco extraño en el estómago, una corazonada helada que intenté ignorar de inmediato. Me reí de mi propia paranoia. El mundo era enorme. Las probabilidades de que él regresara eran una en un millón.

Recogí mis cosas, me despedí de las chicas una hora después y caminé de regreso a casa con los auriculares puestos, dejando que la música tapara mis pensamientos. Sin embargo, al cruzar la esquina de mi calle, me detuve en seco. Los auriculares casi se resbalan de mis oídos.

Frente a la casa de al lado, estacionada en la acera, había una camioneta de mudanza con las puertas traseras abiertas. Y apoyado contra la cerca de madera, sosteniendo una funda de guitarra negra sobre el hombro, estaba un chico alto, de espaldas a mí. Traía una chaqueta de cuero desgastada y el cabello oscuro un poco revuelto.

Mi corazón se detuvo. El aire se volvió pesado.No necesitaba que se diera la vuelta para saber exactamente quién era.

Thomas había vuelto.

El chico de espaldas pareció sentir mi mirada fija en su nuca, porque se tensó sutilmente antes de girarse con lentitud.

Cuando sus ojos conectaron con los míos, el mundo pareció perder todo el sonido. Las facciones de su rostro eran más maduras, la mandíbula más marcada y sus ojos oscuros tenían una intensidad que me heló la sangre.

Ya no era el niño de trece años que corría descalzo por el jardín; el chico frente a mí tenía diecisiete, vestía con un aire rebelde y cargaba esa guitarra como si fuera su único escudo contra el mundo.

Me quedé completamente quieta, con los pies clavados en la acera y la respiración suspendida en la garganta.

Esperaba un parpadeo de sorpresa, una sonrisa a medias, tal vez un "hola, Emily". Cualquier cosa que me demostrara que el pasado todavía significaba algo para él.

Pero no hubo nada.

Me sostuvo la mirada durante dos segundos interminables. Sus ojos me recorrieron con una frialdad absoluta, vacíos de cualquier reconocimiento, como si yo fuera una completa desconocida que casualmente caminaba por su calle. Luego, simplemente desvió la vista, se acomodó la funda de la guitarra al hombro y pasó de largo por mi lado para entrar a su casa, cerrando la puerta principal tras de sí con un golpe seco.

Un dolor agudo y punzante me atravesó el pecho, pero apreté los dientes y tragué saliva, obligándome a respirar. Si él podía actuar como si yo no existiera, yo también podía hacerlo. Ignoré el nudo en mi garganta, caminé los pocos pasos que me separaban de mi porche y entré a mi casa, cerrando la puerta con fuerza a mis espaldas.

Subí las escaleras corriendo hasta mi habitación, directo hacia mi cama. Con las manos temblorosas, levanté el colchón y saqué la pequeña caja de madera donde guardaba mis cosas más preciadas.

Ahí estaba.

Desdoblé el trozo de papel arrugado que me sabía de memoria, leyendo una vez más esas palabras que ahora se sentían como una maldita mentira: "𝗡𝗼 𝗺𝗲 𝗼𝗹𝘃𝗶𝗱𝗲𝘀, 𝗽𝗼𝗿 𝗳𝗮𝘃𝗼𝗿".

Un par de lágrimas rebeldes rodaron por mis mejillas, pero las limpié con rabia. Thomas Benoit había vuelto, sí, pero el chico que me había escrito esa carta parecía haber desaparecido para siempre.




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