Nuestra pequeña tregua

PRÓLOGO

PRISCILA.

Roma por la noche de fiesta es un caos. Música demasiado alta, gente pegada, copas que se derraman y nadie prestando atención a nada que no sea pasarlo bien. Aunque no sea mi mundo, es justo lo que necesito.

Estoy con mis amigas, en el centro de la pista, moviéndome sin muchas ganas, pero lo suficiente como para que no me arrastren otra vez a la barra. Ellas están a lo suyo, riéndose, gritándose cosas al oído, tirando de mí cada dos segundos, y yo sigo sin desconectar del todo.

Miro alrededor, ubico caras, movimientos y salidas. No es algo que haga a propósito, simplemente no sé estar de otra forma.

Entonces mi mundo se defiende durante unos segundos. Lo veo, lo estoy viendo.

No puede ser, no debería estar aquí.

Él trabaja en Florencia, su vida está allí. Y aún así hoy Antón Bianchi está en medio de la sala VIP en una discoteca de Roma un jueves cualquiera a media noche.

Está parado a unos metros de mí, mirando el lugar con esa actitud arrogante que lo caracteriza, como si estuviera evaluando el sitio en vez de disfrutando de la noche.

No está solo. La mujer que tiene al lado es exactamente el tipo de mujer que encaja con alguien como él; Alta, pelirroja, vestida de negro, elegante, segura, con una mano ligeramente apoyada en su brazo como si no quisiera que se alejase.

Le habla al oído y le sonríe, acercándose lo justo, pero él no le devuelve la atención de la misma forma. No la aparta, pero tampoco está con ella del todo. Su mirada sigue en el ambiente, buscando entre la gente, en todo lo que nos rodea.

Sin darme cuenta aprieto el vaso un poco más fuerte de la cuenta.

—No me digas que te has quedado así por qué al fin has visto a algun bombón que te interese —dice Bianca, acercándose a mi oído mientras intenta seguir el ritmo de la música.

—No es un bombón —respondo sin apartar la vista—, estoy viendo a Antón Bianchi…

Bianca me mira un segundo para luego desviar la mirada hacia dónde yo. No tarda nada en encontrarlo y arquea una ceja.

—Vale, ahí está tu karma —sonríe— y viene acompañado, eso mejora bastante está aburrida noche.

—No la mejora nada.

—Un poco sí. Es curioso ver tus cambios de humor cuando ese hombre está cerca.

—Mi humor no es cambiante. Lo único que pasa es que no lo aguanto.

Se ríe, pero yo no. Porque no es solo verlo.

Estoy viéndolo con alguien en un lugar en el que claramente no encaja, y actúa como si estuviera en otro lugar.

La mujer se inclina hacia él, de nuevo le dice algo al oído y sonríe. Observo como Antón responde con una frase corta sin siquiera mirarla. Ella le pasa la mano por el brazo, con una breve caricia y eso me irrita más de lo que tendría que hacerlo.

—¿No te gusta lo que ves? —dice Bianca, mirándome de medio lado.

—No me importa, puede hacer lo que le dé la gana.

—Claro. Por eso se te ha puesto cara de limón.

Intento pasar del tema, me giro, sigo bailando acercándome a mi otra amiga, Martina. Ella me agarra de las manos y me obliga a dar una vuelta que me hace reír, pero la sonrisa me dura poco, porque justo cuando soy la vuelta, sé que me ha visto.

Lo noto sin tener que comprobarlo, aunque acabo haciéndolo igual. Levanto la vista y ahí está.

Me mira fijamente. Por mi parte, le sostengo la mirada porque, por supuesto que no voy a ser yo quien la baje.

La mujer que estaba con él sigue a su lado, pero ahora también mira en mi dirección, evaluando con una sonrisa ligera que no termino de interpretar. Antón le dice algo entonces, breve, y ella asiente antes de apartarse, dejándolo solo.

Eso me pone de peor humor todavía.

Martina tira de mí otra vez, pero en cuanto parpadeo él ya no está donde estaba y segundos despues lo tengo frente a mí.

—Hola, doctora... —dice, como si estuviéramos en el hospital —que agradable sorpresa.

—Doctor Bianchi —ladeo la cabeza— lamento no poder decir lo mismo. —Su mirada apenas cambia, pero es suficiente para mí. —Es raro es que un día cualquiera no estés en Florencia.

—Me gusta Roma, no es tan raro que este aquí.

—No, claro que no —sonrío burlona. —Es normal que estes a tres horas de tu casa un jueves y en compañía. —Nada más decirlo me arrepiento.

—Antes venía muchos fines de semana. ¿Lo has olvidado? Y... No creo que sea asunto tuyo con quien esté. ¿No?

—No. Claro que no. Solo me ha llamado la atención que estés tan lejos de tu casa.

Retrocedo un par de pasos, viendo como su acompañante vuelve a entrar al VIP.

—Parece que te distraes con facilidad...

—No tanto como crees. —Digo alzando mi copa hacia un moreno que me observa desde la barra.

Martina nos mira, mira a la barra y nos vuelve a mirar. Luego, duda un momento y se escapa con una excusa poco creíble. Bianca aguanta unos segundos más pero también termina yéndose supongo que a pedir otra copa, dejándome sola con él.

—¿Qué haces aquí, Antón? —pregunto seria.

—Lo mismo que tú, bonita. Estaba aburrido y he salido a tomar una copa.

—No te creo —entrecierro los ojos.

—Vaya novedad, la dama Klein no me cree —se inclina para hablarme al oído. —Si no me vas a creer, entonces no preguntes.

—Si no vas a decir la verdad, entonces no contestes. —Se queda mirándome tranquilamente durante un momento mientras yo no dejo de bailar.

—Sigues igual de simpática.

—Tanto como tú.

Me dispongo a irme, pero cuando voy a pasar por si lado, alguien me agarra la cintura por detrás y me giro automáticamente, quitándome la mano de encima.

—Suéltame —grito iracunda al darme cuenta que no es Antón sino un chico rubio que claramente ha bebido de más. —No me toques.

El tipo insiste, se acerca más de la cuenta y empieza a decir algo que no termino de escuchar porque Antón ya se ha metido entre los dos, colocándose delante de mí y empujándolo.

—Largo amigo. Ella ha dicho que no.

El rubio, lo mira, duda y se va negando sin insistir, cosa que agradezco.




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