Punto de vista de: Elizabeth
— Elizabeth, ¿te puedes apurar? Que ya es tarde —exigió mi madre desde la puerta.
— Ya voy, no me presiones —le contesté, terminando de guardar mis cosas.
— Recuerda que tu primo también irá. Me alegro mucho de que los dos salgan, y más si es para ir a un campamento —dijo ella acomodándose el delantal con una sonrisa.
— ¿Y te alegra que vayamos los dos a un campamento al que ninguno de los dos quiere ir? —alegué, cruzándome de brazos.
— Tranquila, solo serán dos meses. ¡Por fin tendré paz y silencio por aquí! —admitió con una sonrisa, como si me estuviera haciendo una broma.
— Se nota muchísimo que me vas a extrañar —le dije con tono irónico, mientras tomaba mi mochila pesada.
— Ya, ya, deja de quejarte y apúrate, que el carro que te va a llevar ya esta afuera —dice mi mamá, fijándose por la ventana.
— Ya me tengo que ir, adiós mamá —digo dirijiendome a la salida.
— ¡Adiós, cariño! Nos vemos después —grita mi mamá para que la escuche bien.
Camino hacia el coche, entro y me siento al lado de mi primo, que ya está en el carro sentado jugando con su celular. Él me devuelve el saludo con una sonrisa.
— Por poco no llegas y te quedas en tu casa, eso si habría sido suerte para mí —se queja él, con tono de burla.
— Tranquilo... Además, si me hubiera quedado, ¿con quien harías tus travesuras y bromas? —le digo con una sonrisa, sabiendo que tengo razón.
— Bueno... En eso si tienes razón. ¿Ya tienes pensada alguna nueva broma? —me pregunta, sonriendo también, ya emocionado.
— ¡Claro! Yo siempre tengo ideas para nuevas bromas... Y además, ahora estaremos en el lugar perfecto para ponerlas en práctica —respondo, con esa sonrisa que nos caracteriza a los dos.
— Un campamento y habrá muchas más víctimas —agregó con una sonrisa maliciosa y divertida.
— Esto va a ser muy interesante —dice él, mientras que chocamos los puños como un trato secreto.
Durante todo el camino, ambos nos quedamos dormidos; el viaje fue muy largo y el cansancio nos venció.
— Chicos, ya llegamos, ya pueden bajar —nos avisa el conductor.
Me despierto frotándome los ojos con las manos y volteo de inmediato para ver a Ángel, quien sigue profundamente dormido.
— ¡Oye, ya llegamos! ¡Despierta, cabeza hueca! —le grito mientras lo sacudo para que reaccione.
Ángel abre los ojos despacio, también se frota los ojos, para quitarse el sueño y me mira con cara de pocos amigos.
— Ya, ta me desperté... No tienes por que gritarme, loca —dice con voz ronca y refunfuñando.
— Pues ponte de pie y ayúdame —le reclamo, mientras que camino hacia la cajuela para sacar las maletas.
Lo veo salir del auto con esa cara de mal humor que lo caracteriza al despertar, y no puedo evitar que se dibuje una sonrisa en mi cara.
— ¿Que? —me dice él refunfuñando.
— Nada, solo ayúdame con las cosas —le contesté con una sonrisa.
— Bienvenidos, soy la persona que estará a cargo de ustedes —nos dice el chico que se nos acerco, con una sonrisa amable.
— Hola... ¿Tú estarás a cargo de nosotros? ¿No cres que eres un poco...? —intento decir.
— ¡Idiota! —dice Ángel interrumpiendome, mientras que se ríe con un tono burlón.
— Yo iba a decir joven —aclaro, poniendo los ojos en blanco.
— Sí, eso también... Y tú, ¿cómo te llamas? —pregunta Ángel, ahora con curiosidad.
— Me llamo Adolfo y seré su consejero. Y ustedes son Elizabeth y Ángel, ¿verdad? —nos dice mientras revisa una carpeta que trae en las manos.
— Sí, esos somos nosotros —respondo con una sonrisa amable.
— Bien, entonces síganme, los guiaré hasta su cabaña —dice, mientras que nos ayuda con las cosas y camina hacia una de las contracciones de madera.
— Estos van hacer los dos meses más aburridos de todos —se queja Ángel, mientras que caminamos detrás de Adolfo.
— Bien, aquí es donde se van a quedar —nos dice Adolfo al llegar.
Al entrar, nos damos cuenta de que se ve mucho mejor por dentro que por fuera. La cabaña tenía tres camas; una litera de dos camas y una cama individual normal.
— Ángel y yo dormiremos en la litera y tú en la cama normal... O si prefieren, ustedes duerman en la litera y yo me quedo en la cama normal —nos pregunta Adolfo.
— No, mejor yo me quedo con la cama normal —respondo rápido, sin dudarlo.
— Bien, los dejo para que se acomoden. Yo tengo que ir a hacer unos trámites y papeleo —agrega Adolfo, mientras se gira para irse.
— Yo dormiré en la cama de arriba —suelta Ángel con una sonrisa, ya eligiendo su lugar.
— Haz lo que quieras, yo ya tengo mi propia cama y estoy a gusto. Además, hay que desempacar, porque ya es tarde y después podremos dormir tranquilos —le digo, animándolo a moverse.
— Bueno... Estuvimos todo el camino dormidos, pero aún tengo sueño. Aunque, si lo pienso dormi todo el trayecto, y fueron como cinco horas de viaje hasta llegar aquí —se queja Ángel, arrastrando las palabras.
— Ya, ya, deja de quejarte y apurate —, le digo con algo de molestia, porque siempre es lo mismo con él.
— Qué maldito aburrimiento... —susurra muy bajito, molesto.
— ¿Dijiste algo? —le pregunto, sospechando lo que dijo.
— No, no dije nada —responde de inmediato, con una sonrisa nerviosa que lo delata por completo.
— Ah, bueno —digo, sin darle importancia, y me pongo mis audífonos.
Ambos seguimos cada uno en lo suyo, arreglando y acomodando nuestras cosas hasta que terminamos todo y nos acostamos a dormir.
— Chicos, ¿ya terminaron? —pregunta Adolfo mientras entra a la cabaña, pero al vernos dormidos, sonríe suavemente. —. Fue un viaje muy largo, mañana también será un día largo —dice en voz baja, mientras se acomoda en su propia cama y se queda dormido también.
Editado: 07.06.2026