Nuestras noches en silencio

Capítulo 15: Bocetos de una Nueva Luz (Parte 2)

La interfaz oscura de Krita se desplegó por completo en el monitor principal, mostrando un lienzo digital completamente vacío que brillaba con una luz blanca e inmaculada. Al ver esa inmensidad vacía, Lyra dudó por un instante y me tendió el lápiz óptico con una timidez que me partió el alma. Sus dedos rozaron los míos; seguían un poco fríos, arrastrando todavía la brisa fresca que traíamos de la montaña. Comprendí de inmediato que la parálisis del lienzo en blanco era real para ella. Cuando estás acostumbrado a que cada acción sea evaluada bajo la lupa del rendimiento corporativo, empezar algo sin un manual de procedimientos se siente como caminar a ciegas.

—Inicia tú, Ren —me pidió con un hilo de voz, sentándose un poco más cerca de mí—. Dijiste que querías ver cómo funcionaba el sistema, así que haz el primer trazo. No tengo idea de qué dibujar hoy que no se sienta... que no se sienta como una obligación.

Tomé el lápiz digital con firmeza, aunque en mi vida había hecho algo más complejo que diagramar mapas de red o estructurar esquemas de bases de datos relacionales en una pizarra. Miré la tableta gráfica, apoyé la punta plástica sobre la superficie sensible a la presión y arrastré la mano con absoluta torpeza. Lo que pretendía ser una línea recta terminó convirtiéndose en un garabato tembloroso, una especie de espiral amorfa y desproporcionada que cruzó la pantalla de lado a lado, rompiendo de forma abrupta la pulcritud del lienzo digital.

—Bueno... creo que he corrompido el archivo antes de empezar —dije, soltando una carcajada franca y mirándola de reojo—. Definitivamente la precisión de mis manos se queda en el teclado de la laptop. Eso se supone que iba a ser la base de una montaña, pero parece más bien un cable de red mal enrollado en un rack de servidores.

Lyra se quedó mirando fijamente el garabato amorfo en la pantalla y, tras un breve segundo de absoluto silencio, una risa limpia y cristalina escapó de sus labios. Fue un sonido hermoso, una nota de alegría espontánea que terminó de disipar cualquier rastro de la estática pesada que había estado flotando en el comedor de nuestro apartamento durante toda la semana. Se llevó una mano a la boca para contener la risa, pero sus ojos ya brillaban con una picardía que creía perdida.

—¡Eso es un desastre total, Ren! —exclamó entre risas, quitándome el lápiz óptico de la mano con una mezcla de diversión y fingida indignación profesional—. Estás usando un pincel de opacidad dinámica con un grosor ridículo para hacer un paisaje. Has arruinado por completo la perspectiva del fondo en un solo movimiento. Déjame arreglarlo antes de que me dé un ataque de nervios de solo verlo.

—Soy un informático, mi amor, yo solo entiendo de unos y ceros, no de vectores ni de luces —le respondí, acomodándome mejor en la silla y apoyando los codos en el escritorio, disfrutando inmensamente del cambio radical en su semblante—. El lienzo es todo tuyo. Desbanca mi desastre.

Ella asintió, concentrándose de golpe en la pantalla. Sus dedos se movieron con una agilidad pasmosa sobre los atajos del teclado, cambiando el tipo de pincel, ajustando el tamaño de la brocha y seleccionando una paleta de colores cálidos de la esquina del software. Con unos cuantos trazos rápidos y decididos, la línea amorfa que yo había dibujado empezó a transformarse. Lyra usó mi garabato como la base de una sombra sutil, integrándola en el contorno de un árbol rústico que comenzó a cobrar vida bajo la punta de su lápiz óptico.

La observé de perfil mientras trabajaba. La rigidez de su postura había desaparecido por completo; su respiración se volvió pausada, rítmica y profunda. Ya no estaba la expresión de angustia que la dominaba cuando enviaba currículums de forma obsesiva, ni el pánico visceral que la había hecho tirar el vaso de agua durante la cena del día anterior. En este momento, mientras mezclaba tonos ocres, verdes y grises en la pantalla digital, Lyra estaba completamente desconectada del mundo exterior. No existía el desempleo, no existía el fantasma del Sr. Sterling, ni las preocupaciones económicas que yo ya había resuelto con mi nuevo puesto de soporte técnico. El arte había dejado de ser una tarea pendiente para convertirse en lo que siempre debió ser: su santuario absoluto.

Poco a poco, el lienzo empezó a reflejar algo familiar. No era un concepto abstracto, sino una recreación digital de la cafetería de la montaña donde habíamos estado horas antes. Los pinos altos, la neblina dispersa envolviendo los troncos y las siluetas de dos tazas de barro de las que simulaba salir un vapor espeso. Verla plasmar nuestra tarde de escape con tanta pasión y detalle me dio la certeza de que el monstruo de su trauma laboral estaba, al menos por ahora, completamente enterrado bajo toneladas de color y creatividad libre de culpas.




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