Nuestras noches en silencio

Capítulo 16: Sombras en la rutina (Parte 3)

El silencio del apartamento, que hasta hace unos instantes se sentía como un abrazo tibio y reconfortante, cambió de frecuencia en un solo segundo. Estaba sumergida en esa dulce modorra de la espera, disfrutando del roce de la tela suave de la camisa de Ren contra mis piernas y del eco lejano del agua de la tetera que ya había apagado, cuando un destello azulino cortó la penumbra de la sala. Sobre la superficie de madera pulida del escritorio, la pantalla de mi teléfono celular se iluminó, vibrando dos veces con un zumbido seco que pareció resonar con una fuerza desproporcionada en la quietud del hogar.

​Estiré la mano sin prisa, pensando que se trataría de algún mensaje de Ren avisándome que ya había salido de su jornada de soporte técnico o que el tráfico en el bulevar de San Pedro Sula estaba más pesado de lo habitual. Sin embargo, al sostener el dispositivo y desbloquear la pantalla, el remitente borró de inmediato la calidez de mi rostro. No había nombre, solo la misma secuencia numérica desconocida que había bloqueado semanas atrás en la montaña, un detalle del sistema que mi mente intentó registrar como un error técnico, pero que mi intuición rechazó al instante.

​Mis ojos recorrieron las líneas de texto flotante y un escalofrío helado, fino como una aguja, me recorrió la espina dorsal, disolviendo toda la paz que tanto nos había costado construir:
​“Qué hermosa te ves esperando en el sofá con esa camisa de hombre que te queda tan grande. Te sienta bien la vida doméstica, pero ambos sabemos que tu talento no pertenece al anonimato de esa sala. Nos vemos pronto, Lyra”.

​El aire se atascó en mi garganta. La pantalla táctil del teléfono comenzó a sentirse helada entre mis dedos, y por un instante, la habitación pareció perder toda su temperatura. La paranoia, ese monstruo invisible que Ren había enterrado con tanta paciencia bajo capas de pintura digital en Krita y caminatas bajo la neblina, arañó las paredes de mi mente con una saña renovada. No era spam. No era una cadena publicitaria defectuosa de la compañía telefónica, ni un error de marcación de un extraño. La especificidad de las palabras cortó mi respiración como un bisturí: el acosador sabía exactamente lo que llevaba puesto en este preciso segundo, conocía la disposición de mis muebles y me estaba observando desde alguna sombra invisible fuera de las ventanas del apartamento.

​El pánico latente amenazó con desbordarse, haciéndome sentir pequeña e indefensa dentro de la ropa de mi esposo. La sensación de invasión era absoluta; era como si las paredes de nuestro refugio seguro se hubieran vuelto de cristal transparente ante los ojos de un intruso. Mis manos comenzaron a temblar de forma casi imperceptible, el mismo temblor espasmódico que me asaltaba en la oficina corporativa antes del colapso. Miré hacia el gran ventanal que daba a la calle, sintiendo que cada sombra exterior albergaba una mirada enferma y obsesiva que pretendía corromper la normalidad que con tanto amor habíamos recuperado.

​Apreté el teléfono contra mi pecho, justo encima del corazón que latía desbocado, debatiéndome en una angustia desgarradora. ¿Debía decírselo a Ren en cuanto cruzara la puerta? Él había estado trabajando tan duro, cargando con el peso económico de la casa y curando mis heridas con una ternura tan pura, que la sola idea de contaminar su paz con mis fantasmas me hacía sentir una culpa insufrible. No quería ver la línea de preocupación regresar a su frente; no quería romper la ilusión de la cena que aguardaba en la cocina ni arruinar la noche de reconexión íntima hacia la que avanzábamos con tanta ilusión.

​Justo en ese instante de absoluta zozobra, el sonido metálico y familiar del tintineo de unas llaves resonó al otro lado de la cerradura. El pestillo de la puerta principal comenzó a girar lentamente. Con el corazón en la boca y los ojos empañados por una capa delgada de lágrimas contenidas, bloqueé la pantalla del celular a toda prisa y lo deslicé debajo de uno de los cojines del sofá, ocultando el veneno en el fondo del tejido. Me tragué el nudo de terror que me asfixiaba, forcé una sonrisa temblorosa en mis labios y me puse de pie para recibir al hombre que amaba, sin sospechar que la estática del pasado ya se había infiltrado de forma irreversible en nuestro presente.




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